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CINE. OCIO Y CULTURA

Muere Jean-Claude Carrière, el gran escritor y guionista francés de Buñuel

Colaboraron en seis películas, entre ellas 'El discreto encanto de la burguesía', distinguida con el Oscar, y en la redacción de 'Mi último suspiro'

Jean-Claude Carriere. Festival de cine de Huesca/ Foto Fernando Paules[[[HA ARCHIVO]]]
Jean-Claude Carriere en 2016, en el Festival de Cine de Huesca, donde recibió el Premio Luis Buñuel.
Fernando Paúles.

"¿Cómo era el trabajo con Buñuel? Era largo, como todo trabajo de guionista, largo y lento, con días vacíos e irritantes, silencio, desasosiegos, vueltas a empezar, decepciones, descubrimientos, risas. (…) Consistía en seguir cada día un camino estrecho, rodeado de los precipicios de la banalidad. Había que evitar caer en lo ordinario, pero también en lo incongruente, en una feria ambulante, en lo gratuito (…) Era ante todo un autor moral", escribe Jean Claude-Carrière en su libro 'Para matar el recuerdo. Memorias españolas’ (Lumen), en respuesta a una de las preguntas que más veces ha tenido que contestar en la vida.

Se cruzaron cuando tenía 32 años y no se separaron hasta la muerte del cineasta. Colaboraron juntos en seis películas: ‘Diario de una camarera’ (1964), ‘Belle de jour’ (1967),‘La Vía Láctea’ (1969), ‘Belle de jour’, ‘El discreto encanto de la burguesía’ (1972), ‘El fantasma de la libertad’ (1973) y ‘Ese oscuro objeto del deseo’ (1977). Y fue el ‘amanuense’ que redactó las memorias que el cineasta le dictaba en ‘Mi último suspiro’. Estuvo solo una vez en Calanda (donde contó con Javier Espada como anfitrión principal y donde impartió una masterclass a la que acudió Genoveva Casanova en helicóptero, Jonás Trueba y Ángeles González-Sinde, entre otros) y varias veces en Zaragoza, y en 2016 recibió el Premio Luis Buñuel del Festival de Cine de Huesca. El escritor y actor ha fallecido en su casa de París a los 89 años de edad.

Carrière era “un contador de historias, un formidable narrador”, decía Gaizka Urresti; él y Javier Espada rodaron con Carrière y Juan Luis Buñuel ‘Mi último guión. Buñuel en la memoria’, un diálogo tras las huellas del autor de ‘Los olvidados’ que les llevó a Calanda, Zaragoza, Madrid, Toledo, París, Ciudad de México y Nueva York. Posee una valiosa y extensa obra literaria, ganaría dos Oscar por su trabajo de guionista, en 1962, por un cortometraje, y en 2014 por su toda su carrera. Era un personaje muy completo y versátil: descubrió con quince años el ‘Manifiesto surrealista’ de André Breton, y eso le marcó la carrera. "El inconsciente siempre resulta fundamental, también al escribir", solía decir.Trabajó con grandes cineastas como Milos Forman, Jean-Paul Rappeneau, Louis Malle, Costa Gavras, Jean-Luc Godard o Fernando Trueba, en ‘El artista y la modelo’, pero está claro que su colaboración con Luis Buñuel fue determinante. El cineasta aragonés le dictó ‘Mi último suspiro’, uno de los grandes libros de memorias de la historia del cine.

Carrière contó en varias ocasiones, a HERALDO, su encuentro con Luis Buñuel: “Cuando lo conocí, en Cannes, tenía 32 años, sabía mucho más que a los 15 y también me gustaba mucho el cine. Conocía las películas de Buñuel y conocía bastante de la literatura surrealista y de la otra. Me acuerdo que la primera vez que vine a España, Luis me llevó a Toledo a filmar una emisión para la televisión francesa y una de las preguntas del periodista francés fue: 'Monsieur Buñuel, en su opinión, ¿cuáles son las diferencias entre la cultura española y la francesa?'. 'Bueno, es muy fácil -dijo-, los españoles lo saben todo de la cultura francesa; por ejemplo, yo he leído a Balzac, Racine, Marcel Proust, y los franceses no saben nada de la cultura española. El señor Carrière, que acaba de llegar a España y que es profesor de Historia, hasta ayer creía que Toledo era una marca de motocicletas'. Ese era el humor de Buñuel”.

La complicidad nació con el vino: “Buñuel estaba buscando un joven guionista francés que conociera bien Francia y fui a verlo al hotel Montfleury. Y la primera pregunta que me hizo Buñuel, con una mirada muy precisa, profunda, fue: '¿Bebe usted vino?'. Cuando le contesté que no solamente bebía vino sino que venía de una familia de productores de vino del sur de Francia su cara se iluminó, y bebimos, bebimos...”

"Comiendo los dos, yo he calculado que he comido más de 2.000 veces con Buñuel, los dos solos, que es mucho más que muchas parejas, para llegar a un tipo de concentración único, de pensar únicamente en el guión del desayuno a la cena".

El entendimiento entre ambos, pese a los 31 años que había de diferencia de edad entre ellos, fue absoluto. Así la narraba Carrière: “Trabajar con Buñuel quería decir vivir con Buñuel, solos los dos en un lugar aislado, el Monasterio del Paular de Madrid, el parador de Cazorla. Los dos estábamos sin esposas y sin amigos; los dos totalmente concentrados durante semanas y semanas, seis, siete, ocho semanas. Comiendo los dos, yo he calculado que he comido más de 2.000 veces con Buñuel, los dos solos, que es mucho más que muchas parejas, para llegar a un tipo de concentración único, de pensar únicamente en el guión del desayuno a la cena. Y después, el trabajo consistía en reunirnos tres horas por la mañana y tres horas por la tarde, en mi cuarto siempre: actuábamos, improvisábamos, escribíamos un poco. A veces partíamos de una novela, a veces de una idea "original". Y después por la noche yo escribía la primera versión de las escenas sobre las cuales habíamos conversado durante el día”.

Reconocía siempre la fascinación que le provocaba Buñuel y lo mucho que había aprendido con él. “He aprendido dos cosas básicas con Buñuel. La primera es que la imaginación es el lugar sin límites: podemos inventar aquí mismo en este cuarto real mil historias a partir de dos o tres elementos. La segunda es que la imaginación humana siempre es inocente, no puede cometer crímenes, el pecado en intención no existe”. Y aprendió también que “un día sin risa era un día perdido”.

A su colaboración con Luis Buñuel, hay que sumarle sus trabajos con Peter Brook en la adaptación del ‘Mahabarata’, y la redacción de otros guiones de películas tan conocidas como ‘Tamaño natural’ de Luis García Berlanga, ‘El tambor de hojalata’ de Volker Schölondorff, ‘Cyrano de Bergerac’ de Rappeneau, o los títulos de Milos Forman ‘Valmont’ y Los fantasmas de Goya’, de 2006, que se rodó en parte en el monasterio de Veruela. Goya era un asunto constante en las conversaciones con el cineasta de Calanda: “A Buñuel no le gustaba mucho que le comparasen con Goya, algo que ocurría muchas veces porque son dos aragoneses, dos sordos y, solía añadir Buñuel, dos afrancesados. Buñuel fue el primero que me enseñó las 'Pinturas negras' en el Museo del Prado y también sabemos que el primer guión que escribió Buñuel en su juventud era un Goya. A mí me parece que en la historia de la cultura española Goya es más que un pintor: es un ojo extraordinario y un testigo incomparable, casi aislado en la historia de la pintura española”.

“He aprendido dos cosas básicas con Buñuel. La primera es que la imaginación es el lugar sin límites: podemos inventar aquí mismo en este cuarto real mil historias a partir de dos o tres elementos. La segunda es que la imaginación humana siempre es inocente, no puede cometer crímenes, el pecado en intención no existe”.

Como actor intervino en una treintena de películas, y especialmente, además de 'El último guión', donde era coprotagonista con Juan Luis Buñuel, en 'Buñuel y la mesa del rey Salomón', de Carlos Saura, con guión de Agustín Sánchez Vidal. El cineasta Javier Espada, codirector de 'El último guion', estuvo varias veces en su casa de París. "Carrière era un enamorado de Aragón y fue muy generoso con la Comunidad. Le encantaba hablar de nuestra tierra porque era la tierra de Luis Buñuel y le habla a menudo de ella con cariño, nostalgia y muchas anécdotas", dice.

Jean-Claude Carrière era un hombre vitalista, arrollador, simpático, con un inmenso carisma, había conocido a multitud de personajes, historias y secretos. Era un gran bibliófilo, toda su casa, los pasillos y las habitaciones, estaban forradas de libros, todo tipo de libros, incunables, primeras ediciones, lo más exquisito, lo más rato. Había escrito con Umberto Eco, 'Nadie acabará con los libros' (Lumen). Y tenía la picardía candorosa de los soñadores, de los palabristas, de los que lo dan casi todo por una bella historia. Se murió durante el sueño a los 89 años. Por algún lugar del tiempo seguirá alimentando las ficciones de ‘El círculo de los mentirosos. Cuentos filosóficos del mundo entero’, del que ha publicado dos volúmenes en Lumen y que resumen una de sus pulsiones esenciales: narrar y narrar con una inmensa sonrisa en los labios.

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