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La vuelta a la vida de las eras de trillar

En muchas localidades aragonesas los vecinos se conjuran para sacar a la luz el empedrado de estos espacios rurales que llevan décadas en desuso

Era restaurada en la localidad zaragozana de Azuara por uno de sus vecinos, José Román Roche
Era restaurada en la localidad zaragozana de Azuara por uno de sus vecinos, José Román Roche
José Román Roche

Desaparecida desde hace décadas una faena tradicional del campo como era la trilla, los espacios donde se realizaba, las eras, han dormido hasta ahora el sueño de los justos. Pero algo ha cambiado en los últimos años en el ámbito rural aragonés. De manera inadvertida, sin ninguna institución o administración que ayude a recuperarlas, muchos pueblos están restaurando sus eras gracias al empuje de sus vecinos.

Solo algunas, lógicamente, ya que el modelo económico que las sustentaba carece de vigencia. Pero cada vez es más habitual visitar una localidad y descubrir que al menos una de sus eras está en perfecto estado de revista. ¿Por qué? ¿Para qué?

«Las eras merecen ser conservadas y recordadas con agradecimiento hacia nuestros antepasados –señala José Román Roche, de la localidad zaragozana de Azuara–. Las generaciones actuales estamos aquí gracias al esfuerzo de nuestros abuelos que, con su trabajo en estos espacios de uso agrícola, sacaron adelante a sus familias. La era era un espacio que servía para separar el grano de la paja, pero hoy es mucho más: forma parte del patrimonio etnológico».

Y es que, además, las eras son muy estéticas según el gusto actual. Para que las piedras de pedernal del trillo pudieran separar el trigo de la paja tenían que pasar por una superficie dura, por eso casi todas están empedradas o enlosadas.

José Román Roche terminó en junio pasado de restaurar una era de su propiedad en Azuara. Quitó más de 150 carretillas de tierra y, después, con sus propias manos, repuso las piedras que faltaban siguiendo su disposición original. Su caso no es único. Quien visite hoy localidades como Albalate del Arzobispo, Trasobares, Aranda de Moncayo, Torrijo de la Cañada, Calcena, Purujosa, Jaraba o Jarque de Moncayo podrá ver eras en perfecto estado.   

Según el ‘Diccionario de la Real Academia’, una era es «un espacio de tierra limpia y firme, algunas veces empedrado, donde se trillan las mieses». Es decir, un espacio físico de lo más humilde. Sin embargo, últimamente se está poniendo en valor. Quizá la autonomía más adelantada en este sentido sea Extremadura, que hace poco más de cuatro años declaraba Bien de Interés Cultural las Eras del Lejío, un singular conjunto de 25 espacios empedrados construidos en bancales o terrazas, que los vecinos de Valle de la Serena, un pueblo al sureste de Badajoz, empezaron a restaurar voluntariamente y con sus propios medios. Justo igual que está pasando ahora en Aragón.

No son muchos los estudiosos que se han ocupado de este apartado del patrimonio etnológico. David Lamana es un gran aficionado a las piedras y en especial a las eras. Lleva años «buscando y estudiando los empedrados, por eso empecé a interesarme en ellas –relata–. Vivo en Talamantes, y allí, y en esos pueblos de alrededor (comarca Campo de Borja) había muchas. Cuando se dejó de trillar se fueron ocupando para otros usos o simplemente abandonando, con lo que muchas, aunque tienen empedrados preciosos, se fueron cubriendo de tierra».

Era restaurada en la localidad zaragozana de Purujosa
Era restaurada en la localidad zaragozana de Purujosa
Joaquín Adiego

El propio Lamana está en proceso de restauración de una de ellas en Talamantes. «El problema de las eras es que, aunque parezcan abandonadas, todas tienen su dueño. Y para restaurarlas, obviamente, hay que pedir previamente permiso a quien las posee. No se pueden poner en valor si su propietario no quiere o no le gusta el resultado final. También hay que pedir permiso al servicio forestal, porque, como están cubiertas de tierra y plantas, lo que haces al restaurarlas es un cambio de vegetación».

Las hay de muchos tipos y dimensiones: cuadradas o rectangulares, y también redondas, en función de la orografía del terreno. Pequeñas, si la familia que las poseía era humilde, y grandes, cuando era poderosa. «La parte empedrada de mi era tiene 18 metros de diámetro, ocupando el mayor espacio posible del solar –relata José Román Roche–. No es un espacio muy grande, pero era suficiente para los pequeños agricultores. Como casi todas, la construyeron realizando un trazado como una tela de araña para facilitar el trabajo de la cuadrilla encargada, y hoy podemos ver al detalle su estética, que refleja una auténtica obra de arte».

Por contra, la que quizá sea la más grande de todo Aragón, la de la finca agrícola ‘Torre de Mareca’, está en Épila. Es una superficie circular de unos 60 metros de diámetro, en una terraza fluvial del Jalón. Su superficie estimada es de 2.667 metros cuadrados.

Todas las eras, lógicamente, están orientadas al viento. En Aragón, la mayoría de ellas están empedradas o enlosadas. «Cuanto mejor enlosada o empedrada esté, mayor era el nivel económico de su dueño –relata David Lamana–. Habitualmente en cada una de ellas había o hay un granero. Había pueblos que tenían empedradores, y cuadrillas que incluso viajaban a otros pueblos para ofrecerse a hacer el trabajo. Existía una pequeña industria en torno a las eras porque entonces el cultivo de cereal era mucho más importante que hoy en día. En algunos pueblos, como los del valle del Huecha, se disponía de mucho canto rodado y por eso sus eras son empedradas. En Purujosa, por el contrario, todas son enlosadas. Desgraciadamente casi no queda gente mayor que recuerde de dónde se traían las piedras».

Muchas no tienen dibujo, pero algunas, y ahí su belleza, presentan trazos geométricos e incluso espigas perfiladas con piedras, en clara alusión a su destino. «Sería importante hacer un inventario de las que existen, si no en todo Aragón, sí al menos en algunas comarcas, como en la zona de Calmarza y Jaraba, donde hay eras de gran belleza –apunta David Lamana–. Y también hay que hacer catas, porque no todas las eras han conservado su empedrado. Recuperar algunas constituye una labor tremenda, que solo la acabas valorando cuando ves el trabajo que lleva. Pero otras no llegan a estar cubiertas por 20 centímetros de tierra».

«La recuperación de la era me ha resultado un trabajo lleno de satisfacción, sabía que el resultado final sería sorprendente y así ha sido –añade José Román Roche–. Durante 25 días, a ratos, limpiaba cada jornada unos metros cuadrados de superficie hasta que al final ha quedado todo el empedrado a la vista. Como colofón, he levantado una pared de piedra que realza todo el espacio empedrado». A finales de los años 70 del siglo pasado empezaron a construirse naves agrícolas sobre el espacio que ocupaban muchas eras en Azuara. Cambió el paisaje de una zona importante de la localidad. Algo parecido ha ocurrido en muchos otros pueblos.

Aunque sacarlas a la luz requiere mucho trabajo, luego el mantenimiento es relativamente sencillo. «Lo que tenemos comprobado es que, una vez que están limpias, lo único que requieren es que cada año se realice un desbroce y una fumigación ligeros. Con eso es suficiente para tener una era limpia todo el año», concluye David Lamana.

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