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"El aragonés está casi extinguido, dentro de una generación quizá no quede nada"

El filólogo británico Brian Mott, especialista en chistabino, publica ’Nuevas voces de Aragón’ y alerta del peligro que corren las lenguas pirenaicas

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Brian Mott, con una vista del ibón de Plan (La Basa de la Mora) entre las manos. Se la regaló la Colla de Charradors O Corrinche en 2018.
heraldo.es

Estudiante de la Universidad de Aberdeen, Escocia, Brian Mott (Londres, 1946) logró el dinero suficiente para realizar su primer recorrido por Aragón cargando camiones en una fábrica. Era verano de 1968 y aterrizó en Tardienta con una mochila, un saco de dormir y un magnetófono. Recorrió buena parte de la provincia de Huesca y se enamoró del valle de Gistau. Tras acabar la carrera de Estudios Hispánicos en Aberdeen se instaló en Zaragoza, en cuya universidad dio clases de inglés. Luego se trasladó a la ciudad condal y ha formado parte del profesorado de la Universidad de Barcelona hasta su reciente jubilación. Buena parte de sus investigaciones científicas las ha dedicado al chistabino y otras modalidades de aragonés. Ahora, la editorial Transiberiano está a punto de publicar ‘Nuevas voces de Aragón’, edición ampliada de una antología anterior de textos orales recogidos por el filólogo entre 1968 y 2004.

¿Qué es hoy el aragonés?

Desde una perspectiva histórica, un grupo de hablas en trance de desaparecer.

Pero en los últimos tiempos se ha avanzado en su conservación...

Ha habido muchos intentos de revitalizarlo y se han conseguido cosas, pero lo cierto es que muchos de esos intentos han nacido fuera de los lugares donde se habla. Cada vez hay menos habitantes que lo usan y los que lo dominan tienen menos interés en usarlo o, simplemente, se están muriendo. El aragonés está casi extinguido: me temo que en una generación más apenas quedará ya casi nada en los pueblos. La realidad es esa; no es que quiera que desaparezca.

Pero eso es un drama.

Por supuesto, y no solo para los hablantes, también para los lingüistas: cada año mueren algunas lenguas en el mundo. Cuando se pierde una, no solo perdemos buena parte de los conocimientos propios de una cultura, sino que también desaparecen datos de una gramática. Si una lengua tiene, por ejemplo, un gran número de consonantes, o una estructura gramatical distinta a las que ya conocemos, su pérdida, si no se ha estudiado a fondo, significa la desaparición de toda esa información lingüística. Las lenguas moribundas, como lo son las aragonesas, nos proporcionan datos sobre cómo van menguando y mueren las lenguas en general. En cuanto al léxico, es evidente que va desapareciendo el que ya no sirve para lo cotidiano.

¿Faltan estudios?

Sí, aunque desde la Universidad de Zaragoza especialistas como María Luisa Arnal o Javier Giralt, y muchos otros de fuera, han publicado trabajos excelentes. Pero todavía hay pueblos que merecen atención y monografías. Hace falta ir y hablar con sus habitantes.

¿Qué variantes del aragonés corren más peligro?

Existe el ansotano, pero se habla poco; el cheso se mantiene; el belsetán casi ha desaparecido; el chistabino se sigue hablando bastante y el benasqués mucho. No creo que haya nadie ya que hable habitualmente el panticuto. En el Aragón Oriental hay hablas fronterizas que se mantienen.

¿Era necesaria una segunda edición de su obra?

Creo que sí. He rellenado muchos huecos y ya son 20 capítulos frente a los 12 de antes. Ésta es una edición con más coherencia porque ahora tengo mucho más clara la adscripción de las hablas de transición del aragonés al catalán y del catalán al aragonés.

El libro incluye un mapa de zonas dialectales. Puede ser polémico.

Entiendo que en algunos puntos resulte complicado establecer las fronteras entre los dialectos catalanes y los aragoneses. Torres del Obispo, en la Ribagorza, por ejemplo, está en la frontera y podría adscribirse a cualquiera de los dos lados. En los años 90 Artur Quintana lo adscribió al catalán, pero allí se han perdido muchos catalanismos. Sin embargo un poco más abajo, en Azanuy, no ha sucedido así. En estas cuestiones, uno de los problemas es que muchas opiniones son políticas, no lingüísticas.

La política también influye en lo que se habla.

Siempre ha sido así. En Teruel, en La Codoñera, por ejemplo, se nota el avance del castellano. Vocablos catalanes que se usaban años atrás se están reemplazando por sus equivalentes en castellano. Y es que mucha gente allí no quiere que se le asocie con lo catalán.

¿Y en Zaragoza?

No se habla aragonés, pero gracias al esfuerzo de muchas asociaciones ha surgido un interés entre la gente joven por la lengua aragonesa. Naturalmente, si hablan entre sí mismos en esta lengua, nunca será el aragonés tradicional, sino un neoaragonés, basado en lo que se hablaba antes, pero supongo que eso es inevitable en cualquier intento de recuperación.

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