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'Zurrón', los aforismos inéditos de José Ramón Arana

Letras aragonesas. Rescate de los textos breves del autor de Garrapinillos (Zaragoza), autor de 'El cura de Almuniaced', exiliado en México tras la Guerra Civil

José Ramón Arana.
José Ramón Arana con la tercera compañera sentimental de su vida, Elvira Godás, y el hijo de ambos.
Archivo Arana/Quiñones.

La prosa ensayística formó parte insoslayable del quehacer literario de José Ramón Arana (Garrapinillos, provincia de Zaragoza, 13 de marzo 1905 – Zaragoza, 23 de julio de 1973). Si se rastrea con cierto detenimiento su obra, no es difícil que el lector se encuentre a menudo con sentencias muy cercanas al aforismo; no es que lo sean formalmente, pero por instantes se diría que la prosa adopta ese aire aforístico típico de la reflexión sobre un determinado tema.

A esos aforismos, que duermen en los párrafos de la prosa, escondidos, como esperando que alguien venga a rescatarlos y los individualice para que cobren brillo, se les suele llamar ‘aforismos intratextuales’.

En el blog que sostengo desde hace algunos años en la red, ‘De ahora en adelante’, publiqué en su día una entrada titulada ‘Los aforismos de Pedro Abarca’. Recogía allí, seleccionados por mí, una serie de aforismos del libro, publicado en México en 1968 por Alejandro Finisterre, ‘Cartas a las nuevas generaciones españolas’, que Arana firmó con el pseudónimo de Pedro Abarca. Era un conjunto de aforismos de signo político, histórico y también filosófico. Los traigo ahora a cuenta de estos otros, inéditos, que hoy quiero, desde las páginas de este periódico, HERALDO, que tanto se ha ocupado del escritor aragonés, ofrecer a los lectores.

Estos que ven hoy la luz impresa por primera vez no son intratextuales, sino aforismos escritos por Arana expresamente como tales. Se agrupan bajo el título de ‘Zurrón’, y es, como otras suyas, una obra inacabada. Ofrecemos al lector los aforismos que contiene el manuscrito mecanografiado que se conserva en el legado de Arana que su viuda, Elvira Godàs, donó al Arxiu Nacional de Catalunya.

El aforismo XII solo tiene el número escrito, pero ya no hay texto, lo que indica que Arana seguramente tenía planeado hacer la obra más extensa pero por razones que desconocemos, quedó truncada en ese número.

Siempre que la crítica ha mencionado esta obra, ‘Zurrón’, lo ha hecho como si fuera un relato, pero no lo es. Eso es lo que me llamó la atención, ver ese título entre el listado de originales conservado en el mencionado archivo. Después, cuando estuve ante los textos, entendí por qué Luis Antonio Esteve no los incluyó en su edición de ‘El cura de Almuniaced’, donde, además de la celebrada novela breve, editaba el conjunto de narraciones escritas por Arana. No lo hizo porque no era un cuento, sino una obra ensayística escrita en aforismos.

Brevedad, hondura, calidad

Nada quiero decir en cuanto a la temática de estos textos breves, seguramente escritos en la última fase de su producción literaria, esto es, a finales de los 70 o principios de los setenta del siglo pasado –aunque no hay ninguna indicación temporal en el manuscrito mecanografiado–, que sea el lector quien juzgue acerca de su calidad literaria y de su hondura temática. Con todo, me gustaría llamar su atención sobre el texto que, a modo de lema, los encabeza: es, o así lo considero, muy representativo de la personalidad de Arana y de su estilo literario.

Que sea la publicación de estos aforismos un paso más en la recuperación de la obra literaria del escritor aragonés.

José Ramón Arana.
José Ramón Arana, que tuvo una librería ambulante en México.
Archivo Arana/Quiñones.

‘Z U R R Ó N’

Me gusta la palabra zurrón. Como sisallo, candil, barbecho, paridera ¡y tantas y tantas!, la siento sonar hondo, en larga teoría de abuelos que ganaron timbres de sudor. Además, un zurrón es bueno para llevar cosas diversas. Hace ya muchos años, cuando niño, pude ver en el de cierto pastor, un gran cacho de pan, media cebolla, olivas negras, bien curadas; hilo y aguja, un manojillo de cordel…

Tarde, pues anochece, empiezo a meter en este mío algo de lo que pude allegar. Si valiera lo que aquellas pobrezas del pastor, sería mucho. Bien de verdad lo digo.

–[1] Es probable que el pensamiento absoluto, total –de ser posible–, produjera, en términos humanos, los mismos efectos que la ausencia absoluta, total, de pensamiento.

–[2] En mi creer, al menos, los tiranos no hacen esclavos, sino al revés; pero algo hay de esperanzador en que odien a la personificación de su vileza.

–[3] Pienso que conviene mirar en uno mismo lo que de bestia puede tener el hombre; en los demás, lo que puedan tener de humano.

–[4] Nada más lógico que el proceso intelectual de Sartre, ya que después de la náusea suele venir el vómito.

–[5] La figura fe monolítica es clara muestra de cuantos peligros encierra la retórica, incluso para los grandes popes del marxismo. En este caso, concretamente, la imagen tiene mucho de radiografía, solo oscura en un punto: ¿Se trata de fe petrificada o confunden hombres con peñascos?

–[6] Si la fe estriba en creer lo que no se ve, ¿en qué estribará el no creer lo que se está viendo? ¿Será el miedo al vacío?

–[7] Es más fácil matar a los dioses que enterrarlos. Porque solo en la grandeza de un nuevo dios cabe la del antiguo. Mientras el sucesor no llega, ¡cómo hiede a nada el corazón del hombre!

–[8] Frente al soberbio y al rapaz, siempre me he dicho que las manos del hombre acaban llenas del polvo de su propia carne.

–[9] No llega mi tontería al extremo de poner en duda la categoría intelectual de Nietzsche ni mi prudencia a la de callar cuando, en mi concepto, esta u otra figura se muestra muy por debajo de lo que es o parece ser su verdadera talla. Digo esto a propósito de la siguiente opinión suya: «En todo el Nuevo Testamento solo hay una figura digna de admiración: Pilatos, el gobernador romano. El noble desdén de un romano, ante quien la palabra verdad era desvergonzadamente traída y llevada, enriqueció el Nuevo Testamento con la única expresión valiosa de su texto: ¿qué es la verdad?».

Entre quienes con fanatismo o desvergüenza traían y llevaban la palabra verdad ante Pilatos, ninguno había, por lo visto, con dos dedos de frente. 

De otra manera, hubieran podido responderle con justificado desdén intelectual: «La verdad, ¿referida a qué?».

–[10] Conviene no echar en saco roto que entre lo que es y su imagen en la conciencia racional hay una fracción de tiempo, más el contemplador, su circunstancia, sus sentidos…

–[11] Ser hombre es una dignidad irrenunciable; cuando se ejerce, cara; si no se ejerce, arruinadora.

 

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