Ocio y Cultura

El primer autocine de España, un proyecto del aragonés Pepín Bello

En 1959, se inauguró un recinto ideado por el intelectual oscense y su hermano Severino, junto al abogado Antonio Garrigues y los arquitectos Fernando Chueca y Walter Whitawer: el primer autocine de España.

Pepín Bello muestra su proyecto de motocine
Pepín Bello muestra su proyecto de motocine, en 1953
Archivo HERALDO

Cuando se piensa en un autocine siempre vienen a la memoria las escenas de la película ‘Grease’ (Randal Kleiser, 1978) que transcurrían en una de aquellas instalaciones dedicadas al cine y el ocio familiar que tanto proliferaron en Estados Unidos en la década de los 50, aunque el primer cine para coches se inauguró unos años antes, en la ciudad estadounidense de Candem (Nueva Jersey), en 1933. Fue una invención de Richard Hollingshead y se trataba de un recinto al aire libre con capacidad para 600 espectadores que podían acceder en automóvil al precio de 25 centavos, por persona y vehículo, para ver una película.

El concepto no era nuevo pero fue Hollinghead quien patentó la idea y los autocines vivieron una auténtica eclosión a partir de la década de los 40, con innovaciones como la instalación de altavoces en el interior de los coches -hoy en día este sistema es aún más sencillo: basta con sintonizar el audio a través de la radio del utilitario-.

A finales de la década de los 50, existían más de 5.000 ‘Drive-in’ o autocines con capacidad para más de dos millones y medio de vehículos, que representaban casi el 40% de los espectáculos cinematográficos de la época. Eran algo tan novedoso que en la prensa española de la época se citaban así, con su voz inglesa: “los ‘Drive-in”, ya que probablemente no existía todavía un vocablo que definiera estos recintos al aire libre en los que se proyecta una película que se puede seguir desde el interior de un automóvil.

Fue en ese momento, a mediados del siglo XX, cuando el oscense José Bello Lasierra -Pepín Bello- promovió la creación del primer autocine de España, que a su vez sería el segundo construido en Europa tras el de Roma, y que se inauguró el 17 de abril de 1959 con el nombre de Motocine Barajas. José Bello Lasierra (Huesca, 1904 – Madrid, 2008), el último miembro en desaparecer de la Generación del 27 y catalizador del talento de Buñuel, Lorca, Dalí... era hijo del ingeniero Severino Bello Poëyusan, director de obras de los Riegos del Alto Aragón, del pantano de la Peña o el Canal de Isabel II.

“Puse un motocine en Madrid, pero tuvimos de socio a un norteamericano tan bestia que nos arruinó, a Antonio Garrigues y a mí".

Tras el fracaso de un negocio de peletería que había iniciado en Burgos, Pepín se asoció con su hermano, Severino Bello Lasierra, con el abogado Antonio Garrigues Díaz-Cañabete y con los arquitectos Fernando Chueca y Walter Whitawe para abrir un cine para coches que apenas duró ocho meses. Bello recordaba en el libro ‘Conversaciones con José ‘Pepín’ Bello’, de David Castillo y Marc Sardá (Anagrama, 2007) aquel episodio de su vida: “Puse un motocine en Madrid, pero tuvimos de socio a un norteamericano tan bestia que nos arruinó, a Antonio Garrigues y a mí. Después de aquel desastre ya me jubilé”.

La asociación cultural Barajas BIC destaca en un artículo que toma como fuente la publicación ‘Motocine Barajas, sueño truncado de modernidad’, de Enrique Armendáriz, que este negocio “tiene su germen a principios de los años 50, década en la que España, por la firma de los acuerdos bilaterales con Estados Unidos en 1953, el tardío Plan Marshall, y su entrada en la ONU en 1955, vislumbró por primera vez desde el final de la Guerra Civil el final de su aislamiento internacional. Severino Bello Lasierra, un ingeniero de caminos que había probado por sí mismo las bondades de los ‘Drive-in’ estadounidenses, atisbó el posible éxito de un recinto de similares características en un país que empezaba a imbuirse rápidamente de la cultura americana y a resurgir económicamente tras una posguerra de muchas privaciones. La presencia de soldados americanos en Torrejón y el aumento del parque móvil en una ciudad como Madrid parecían augurar el éxito”.

Sus impulsores fueron, quizá, demasiado optimistas, pues ni había tantos americanos en Torrejón con ganas de ir al autocine ni tantos coches en la capital como para llenar asiduamente el recinto, amén de las cuestiones morales que pudiera plantear qué hacían aquellos “moto-espectadores” en la oscuridad durante el visionado de películas dentro de sus vehículos.

“Vaya al cine igual que está vestido en casa”

Al acto inaugural asistieron distintas personalidades, entre ellas miembros del Gobierno y del Cuerpo diplomático, artistas de cine y toreros que fueron obsequiados con un aperitivo servido por Perico Chicote. Entre los invitados estaban la actriz Niní Montián y el torero Luis Miguel Dominguín, quien apadrinó la iniciativa y dijo ante el micrófono que a su esposa -Lucía Bosé- le gustaba porque le permitía ir al cine tal y como estaba en casa sin tener que arreglarse. De hecho, ese era uno de los reclamos publicitarios del Motocine Barajas “Descanse cómodamente en su coche. Vaya al cine igual que está vestido en casa. En coche, moto, bicicleta, autobús, en taxi o a pie, hay sitio para todos”.

La planta del autocine seguía la disposición más usual de este tipo de recintos, en forma de abanico, en cuyo vértice estaba ubicada la pantalla de 42 metros de ancho por 15 de alto y disponía de altavoces para colocar en el interior de cada vehículo y poder escuchar la película en español o en versión original.

Motocine Barajas
Altavoz del Motocine Barajas
CSIC

Los coches se distribuían en 13 filas colocadas radialmente y con una capacidad para 700 coches, con una distancia de 12 metros entre filas y tres entre cada coche. La entrada principal se situaba en la glorieta que confluía con la autopista de Barajas y el ramal de entrada al aeropuerto -que en la actualidad corresponde al final de la calle Pinos de Osuna-. La instalación disponía de dos cafeterías que contaban, además, con servicio de consumiciones a los vehículos estacionados. También disponía de un graderío cubierto, al fondo de la explanada, para quienes llegasen en motocicleta.

El recinto contaba con una nivelación gradual para la correcta visibilidad desde cualquier punto y aunque los materiales de construcción eran discretos por otra parte tenía “mucha importancia -según sus responsables- en el campo de la jardinería, pues ello puede constituir un ambiente agradable que redundará en la aceptación del espectáculo por parte del público. Lo que hasta hace poco era un lugar yermo y descampado, empieza a ser hoy, gracias a las praderas sembradas en derredor, a los grupos de árboles y a los arbustos y flores que adornan el contorno, un sitio ameno, fresco y atractivo a la vista. Y esto no es más que el comienzo, ya que, conforme la vegetación vaya adquiriendo desarrollo, estos alicientes serán cada vez mayores”.

Motocine Barajas
Motocine Barajas
CSIC

Pero ni aun así. Tras la última sesión del autocine, el 7 de diciembre de 1959, “el recinto sería utilizado durante la década de los sesenta para otras, ya escasas, actividades relacionadas con la industria de la automoción para caer, por fin, a partir de la siguiente en el más completo olvido y degradación que darían pie al actual desarrollo urbano que se levanta a ambos lados de la calle Obenque”, recoge la asociación cultural Barajas BIC en su publicación acerca del Motocine Barajas.

En la actualidad, en España existen este tipo de instalaciones en Madrid (Race), Gijón (Autocine Gijón), Getxo (Autocine Gexto), Valencia (Star), Torrelavega (Autocine Cantabria) y Alicante, en las localidades de Denia (Drive In); y Muchamiel (El Sur). En Barcelona funcionó uno entre 1977 y 1983 y dentro de poco la Ciudad Condal volverá a contar con un nuevo autocine. En Aragón, se han proyectado películas en recintos habilitados para coches en ocasiones puntuales pero hasta la fecha no ha abierto ninguno que funcione de manera estable.

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