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Exposición

La artesanía y el alma de los títeres

Helena Millán resume 30 años de trayectoria en el Torreón Fortea.

Antón Castro 14/06/2018 a las 05:00
'La bailarina', una pieza fechada en 2014-2015, que abre la exposición 'Marionetas'David Greco

Marionetas’ sin más se titula una de las más bellas exposiciones que podemos ver ahora en Zaragoza. Resume más de 30 años de trabajo de una mujer muy especial: Helena Millán (Zaragoza, 1957), que hace sus propios espectáculos, sola o con la ayuda de Soledad Giménez y otros, pero también ha colaborado con El Silbo Vulnerado, Viridiana, Che y Moche, con compañías catalanas o italianas y con cineastas como Paula Ortiz. Con ella trabajó en un corto muy sutil, ‘El hueco de Tristán Boj’, al que daban vida dos actores, el finado Álex Angulo y el joven Jorge Rodríguez Gascón, y una bailarina leve y el joven Tristán Boj, que se exponen.

Helena Millán vive en el campo en Garrapinillos y allí tiene su propio teatrillo y su almacén, su obrador de fábulas y seres y muchos libros. Conoce su oficio y siempre anda buscando. Y encuentra, sola, o con la colaboración de uno de los grandes expertos en títeres y marionetas en España: el escritor Adolfo Ayuso Roy, que es, con el pintor y grabador y escenógrafo Ignacio Fortún, el comisario de la muestra.

‘Marionetas’ ha sido muy pensada en todos sus extremos: en la puesta en escena, en la selección de muñecos, en la música, en la exhibición de detalles que acaban siendo muy amorosos (dos señoras llegan de Valencia, observan la exposición, la comentan con deslumbramiento y se dicen la una a la otra: "¡Qué exposición más bonita! Menos mal que hemos venido. Es preciosa") y en el concepto general del espacio.

En la entrada, lo primero que se ve es una espectacular bailarina, diríamos que gitana. En la pared se muestra todo su proceso de elaboración. Ahí, además, hay dos figuras que han sido capitales para el oficio y para la propia Elena: dos actores, dos soñadores, dos titiriteros inolvidables, Pepe Otal, compañero en sus últimos años de vida de la propia Helena Millán, y Javier Villafañe, aquel argentino que recorrió los caminos de Aragón con una fábula y una sonrisa en los labios o con sus títeres de La Andariega. Las dos marionetas de madera e hilos que los recuerdan son perfectas. "Esos seres imposibles" que solo "pueden ser descritos por la música, los versos o la pintura", como dice Ayuso, adquieren vida, intimidad y leyenda.

Quedémonos un instante aquí. Helena Millán es una estupenda dibujante, de veras -dice ella: "Mi devoción por dibujar y dar forma a la materia vive conmigo. Todo aquello que cambie de forma con la presión de los dedos o las gubias, me cautiva"-, y enseña, en diversos soportes e incluso en una vitrina plana, las primeras intuiciones y líneas, que dan pie a los bocetos, a las caras, a los cuerpos. Ahí también se muestra la metodología, la manufactura que tendrá un posterior desarrollo en madera, cartón, látex, terracota, telas, escayola, etc.

En la exposición hay todo tipo de seres: títeres de guante y de manipulación directa, títeres de hilos, de varillas, etc. Pasamos a la segunda sala y ahí, de entrada, vemos un evocador retablo de ‘Compadres’, una de las formas más clásicas de actuación, que hemos observado muchas veces, de pueblo en pueblo, con textos de creación propia, de autores modernos o de otros más clásicos como García Lorca, Valle-Inclán, Rafael Dieste, Daniel Rodríguez Castelao o Eduardo Blanco Amor, entre otros.

En esta estancia destacan la ‘Niña Jaula’, el ‘Zíngaro Escupefuegos’, así como el ya citado ‘Tristán Boj’, y otras tres criaturas: ‘Pinocho’, una obra de 2011, excepcional de hilos que Helena Millán hizo para Italia, el espléndido ‘Hombre Orquesta’, que define muy bien la personalidad y la imaginación de la marionetista de Garrapinillos, y el ‘Duende Tilo’, de varillas.

En la cripta del Torreón Fortea siempre suceden cosas. Al bajar por las escaleras nos encontramos de frente con una instalación y un personaje de ‘Cajal, el rey de los nervios’, quizá el montaje más conocido, elogiado y galardonado de Helena Millán: la escena del cura con los niños y sus pupitres, en la escuela, y el mismo Cajal. Otra visitante, al verlo, tan sereno y con ese perfil de pájaro, apuntó: "Es él. Cajal. Parece que tenga vida". La mañana parecía estar a favor de la muestra, y no es licencia de ficción. Una de las señoras valencianas, ante la ‘Brasileña de samba’, ligera de ropa y apabullante de hilos, comentó: "Qué pecho tan real. Se le ven hasta los pezones". En la cripta, a media luz, duerme un ‘Esqueleto niño’, se arrullan ‘Don Juan y Doña Inés’ y se ve un turbador ‘Nosferatu’, el del montaje de Che y Moche. Allí está también, como si fuera de un reino de ritmos y hechizos, la ‘Bailarina clásica’ que actuó en ‘Cabaret contratiempo’.

La exposición, que tiende más a la sugerencia que al apabullamiento, sirve para recordar y comprobar, sin ánimo acumulativo, la trayectoria de Helena Millán. Como es una muestra muy pensada, de esas que te contagian incitaciones y te hacen viajar en el tiempo, se ha incluido un banco de trabajo de carpintero. De él, o de la pared de enfrente, penden algunos figuras: un Pierrot de antaño o el rostro, más menudo y un tanto portátil, de Fidel Castro.

Mírese como se mire, ‘Marionetas’ es una exposición bien planificada, atenta a los matices, envolvente y plena de encantamientos. Quedan poco más de dos semanas. Si puede vaya a verla, sola o en una visita guiada con público. Estas criaturas esconden "un secreto imposible" (Ayuso). ¡Qué mejor que compartirlo!





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