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El coche de todos los veranos

Es la mejor época para los descapotables, como, por ejemplo, el Ford A de 1929 que salvó de la chatarra Agustín Hernández, un jubilado de Santa Fe amante de los cabrios.

Agustín Hernández, con su Ford A descapotable, ante el monasterio de Santa Fe, en Zaragoza.
Agustín Hernández, con su Ford A descapotable, ante el monasterio de Santa Fe, en Zaragoza.
Toni Galán

El descapotable es el coche del verano. No solo de este, sino de todos los veranos. También en Zaragoza, por supuesto, incluso a pesar del rigor y la fuerza con la que el sol ataca y calienta el asfalto de la ciudad en este tórrido agosto.

Conocido también con el nombre de cabrio –del francés ‘cabriol钖, los hay de todo tipo y condición. De dos o cuatro plazas, con capota de lona o rígida, algunos más caros y otros, simplemente, inalcanzables para el bolsillo del común de los mortales. Algunos tan guapos como el Fiat 124 Spider (23.100 euros), tan exclusivos como el Mercedes-Benz Clase S 500 (166.000 euros), tan resultones como el Opel Cabrio Sport Edition (28.750 euros) o tan pequeños y útiles para la ciudad como el Smart (14.200 euros).

Quien sabe de estos coches en Zaragoza es Agustín Hernández Vicente, un jubilado caspolino de 69 años, que cuenta en su casa de Santa Fe con una colección de cuatro viejos Ford –tres descapotables y un sedán– y un MG B, también con el techo desmontable.

El último Ford que ha restaurado, de forma artesanal, es el denominado A, un vehículo de 1929, una versión especial del Ford T, primer automóvil que se fabricó en cadena en los Estados Unidos. "No tiene ni un tornillo de estrella –inexistentes en aquella época–", presume su propietario. Es decir, es un coche original al 99% por el que Hernández pagó en 1999 la cantidad de 3.000 pesetas (unos 18 euros). "Se lo compré al Bombón, un chatarrero de Calatayud y hoy, por poner una cifra, podría costar unos 25.000 euros, aproximadamente", aunque su propietario ha invertido tantas horas en su restauración que es difícil saber el precio justo del coche.

Tras recuperarlo de la chatarra, Hernández fue poco a poco reconstruyendo su Ford A, de color amarillo. "Parte de la carrocería me la traje de un viaje a Nueva Jersey (EE. UU.) en 2008; otras piezas las importé de Argentina, donde también viajé en busca de piezas, y el resto, en el mercado de coleccionistas a través de internet", cuenta el propietario de esta joya de la automoción.

"La gente puede pensar que tener un vehículo descapotable es cosa de ricos, pero aquí me tienes, un trabajador de la Hispano Carrocera durante casi 40 años y, además, operado de la caja de cambios", dice tocándose con la mano el corazón. "Tener un descapotable no es un lujo si sabes y te gusta el motor, y, sobre todo, la mejor época para disfrutarlo es ahora en verano, donde siempre que puedo, salgo a dar una vuelta con él", cuenta Hernández. De hecho, en los próximos días tiene previsto llevar en su Ford A a una novia que se va a casar en Loarre.

Paseo por Santa Fe

Ponerlo en marcha resulta fácil. Llave, contacto, uno, dos, tres... A la tercera va la vencida y el Ford A arranca en su tercer intento sin problemas. Su dueño se disculpa, "a veces, si dejas de usarlo unos días, la gasolina se seca, pero normalmente se pone a la primera. Va como un reloj". Desde su casa en Santa Fe, sale de paseo hasta el monasterio, una mole arquitectónica de importante valor que pide a gritos una restauración urgente.

El Ford A es un cuatro plazas, aunque las dos traseras van ocultas por una tapa. Tiene un cambio de tres marchas y es capaz de alcanzar los 80 kilómetros por hora. La capota, de lona, se pone y se quita de forma manual, de modo sencillo. En marcha, este coche americano va suave, ligero, y llama la atención a su paso. Desde la tapicería a las maderas, desde los asientos a los embellecedores, Hernández lo ha ido reconstruyendo con paciencia, mimo y mucho amor.

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