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Ocio y Cultura

Los 192 reos del verdugo de Zaragoza

Se llamaba José González Irigoyen y fue uno de los verdugos más famosos de la España del siglo XIX. Su vida, llena de truculencias, daría para escribir un libro.

Hoy, una pequeña joya del periodismo. En 1895, poco después de la fundación de este diario, HERALDO publicaba un reportaje sobre el último verdugo de Zaragoza en el siglo XIX, José González Irigoyen. El reportaje se realizó entrevistando al hijo del verdugo, con su padre de cuerpo presente en el propio velatorio:

"A la puerta de una casa de la calle de Agustina de Aragón, hallábase ayer sentada, cosiendo, una mujer.

–¿Vive aquí el Sr. José? –le preguntamos–.

–Ya no vive.

–Sí, sabemos que ha muerto. Pero ¿vivió aquí?

–Sí, señor. En aquella casa de la persiana verde.

Subimos a la casa indicada. Era una escalera estrecha y obscura. Dimos frente a una sala en la que había cuatro o cinco personas. En medio, en el ‘reposer’ de la muerte, estaba el Sr. José; el ejecutor de la justicia. Vestía de negro; cubría su cabeza gorro negro de terciopelo. Los brazos estirados, rígidos. El rostro chupado. Aquel era el hombrecito que conocíamos. El obrero del patíbulo. Interrogamos al hijo.

–Algo puedo decir para satisfacer la curiosidad periodística –exclamó–. Mi padre refería muchas cosas. ¡Si recordase todas, qué historia tan interesante podría escribirse! Tenía 84 años. Fue ejecutor 56 años. Privó de la vida en el ejercicio de sus funciones a 192 personas entre mujeres y hombres. Se llamaba José González Irigoyen. Era natural de esta ciudad. Su padre fue ejecutor. Lo fue de un modo curioso. Era de Grisén. Un día hizo una apuesta. Se vino a la capital y esperó a Marco, el verdugo entonces, que por cierto murió de aprensión…

–¿Había ejecutado mal a alguno? –interrumpimos–.

–¡Cá! Murió de aprensión porque se casó muy viejo y su mujer era muy guapa y joven. Pues, como decía, se vino aquí y esperó a Marcos en la plaza del Mercado, cuando volvía de cumplir su misión. Se arreglaron y entró de ayudante. Al morir aquél, le substituyó. Su hermano Severo fue ejecutor en Barcelona; su otro hermano, el mayor, Ramón, murió de la impresión por una ejecución producida. Un primo hermano suyo fue ejecutor en Valladolid. Mi padre tuvo dos hijos: Pilar, que reside en León, y yo. Nunca se manifestó ni satisfecho ni disgustado de su profesión. Considerábase el ejecutor de la ley. Tenía una fuerza enorme. Ya muy enfermo, me abrazó un día y, agarrándome del cuello me vi negro para desasirme. Contaba casos curiosos, como llevo dicho. Entre ellos recordaba el de una quinquillera de Cinco Villas. Una noche de invierno se había marchado su marido y llamó a su puerta un contrabandista. Le pidió posada y le hizo pasar a su cuarto. Entablóse cierta confianza entre ambos y él le enseñó un bolsillo verde lleno de monedas de oro. Se acostó el contrabandista y, cuando estaba profundamente dormido, la quincallera le descargó un violento golpe de maza en la cabeza, abriéndosela. En la agonía se defendió el contrabandista arrancándola un mechón de pelo. Ella, furiosa, hizo pedazos a su huésped y lo metió en una artesa. Cada noche sacaba un trozo del cadáver y lo enterraba al pie de un monte próximo. Se descubrió el horroroso crimen y fue ella condenada a muerte en garrote vil. La ejecución hubo de suspenderse por hallarse la criminal encinta. Cuando la ejecución se iba a cumplir pidió dar el pecho a su hijo, al que quería ver por primera y última vez. Este favor se lo dispensó mi padre. Al tener al hijo en brazos, ella, que no había querido arrepentirse, notó que un rayo de sol entraba en el calabozo y, viéndolo, exclamó: “¡Dios no me niega el sol, es que me perdona!”. Al sentarse en el fatal banquillo pidió a mi padre que no la despeinase y fuese breve. Mi padre así lo cumplió. Sabía hacer las cosas… Otra vez, cuando debía ejecutar a dos en Ejea, mi padre estaba contento y así se lo dijo a un periodista, porque con ellos cumplía el número necesario para jubilarse. Se logró el indulto y el periodista fue a despertar a mi padre, gritándole: “Por esta vez se ha fastidiado usted, los reos están perdonados”. Mi padre se irritó. “¿Usted, cree, –dijo– que yo tengo deseos de matar?”. Le indignaba que nadie le creyese complacido en ejecutar reos. Recuerdo que una vez se obró un caso que parecía tener algo de providencial. A mí me criaron con mucho mimo por estar casi siempre enfermo. Volvíamos una noche del teatro y en el muro del jardín de mi casa, sita frente al cuartel de Pontoneros, vimos una paloma blanca con dorados reflejos. La paloma vino a posarse sobre mi cabeza que, entonces, por capricho de los que me dieron el ser, hallábase adornada por abundantísimas guedejas. Me asustó y quise pegar al animalito; lo cogió mi madre y discutimos si habríamos de anunciar el hallazgo para su devolución. Mi padre intervino y dijo: “No. La mataremos. Si el dueño aparece se le abonará. Tengo la corazonada de que el reo que he de ejecutar pasado mañana, será perdonado, matando la paloma”. En efecto, el indulto vino al día siguiente: hasta entonces no se lo había podido lograr a pesar de todos los esfuerzos imaginables.

Otros casos nos refirió el hijo de José González, que omitimos. De su relato aparece este hombre fuerte, generoso, convencido de que desempeñaba una alta misión social. Nosotros no podíamos convencernos de ello. Recordábamos las tribunicias imprecaciones de Víctor Hugo, y en aquella sala pequeña, frente aquel hombre inerte, elevándose en la cabecera un Crucifijo cuyos extendidos brazos parecían impetrar perdón, antojábasenos ver flotantes en el espacio el recuerdo de 192 seres, a quienes habían, aquellas manos muertas, hécholes expiar sus crímenes en nombre de la Justicia humana.

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