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Arranca la aventura africana de Álvaro y Cristina

El aragonés y su pareja relatan para Heraldo.es los primeros kilómetros de su periplo africano.

Comienza la vuelta a África de estos dos jóvenes
Arranca la aventura africana de Álvaro y Cristina

Tras tantos días de espera para conseguir arrancar el coche de las aduanas egipcias, por fin podemos comenzar el viaje. La primera canción que suena en nuestra radio de este largo viaje es al gran Frank Sinatra y su 'My Way'. Casualidad o no, nos hace arrancar una sonrisa y poner rumbo a El Cairo.

Lo primero que hacemos al llegar a al capital egipcia es perdernos por un camino secundario y contemplar sentados desde el capó de nuestro coche las pirámides. Espléndido punto de partida, inspirador como pocos lugares en el mundo, nos insufla fuerzas ante el largo camino que nos queda por delante. Todo el continente africano de norte a sur. Desiertos, ríos, selvas, lagos, tribus, animales salvajes... muchas cosas a ver antes de llegar a la punta del continente en Ciudad del Cabo.

Buscamos un camping en Cairo para poder ordenar todo el material que llevamos. El lugar no es lo más idílico del mundo, y es que parece que pocos viajeros se dejan caer por aquí. De hecho, somos los únicos huéspedes, además de hordas hambrientas de mosquitos en un lugar que parece sacado de una película de terror (¡especialmente los baños, que hace años que no catan algún producto de limpieza!) Tenemos la suerte de conocer a Taha, que habla castellano y nos invita a una 'fiesta de novios', una especie de pedida de mano, donde compartimos con la familia la fiesta, baile, petardos y nos tratan como a unos invitados más. ¡Una experiencia sin duda muy divertida!

Pero tenemos que continuar, que nos queda un largo camino por delante. Nos lleva toda un día poner a punto el coche y todo nuestro equipaje, y al día siguiente ponemos rumbo al oasis de Bahariya, a los pies del gran mar de dunas que se adentra en Libia y antaño parada obligada de las caravanas de camellos que partían con oro, marfil y esclavos de Sudán al Mediterráneo.

Aquí reponían fuerzas antes de emprender las siguientes 30 jornadas que les separaban del siguiente oasis en Siwa. Hoy en día es una polvorienta ciudad enclavada en un palmeral en medio del desierto que malvive de los pocos turistas que vienen por aquí, ya que es el punto de partida para visitar el desierto negro y el blanco, llamados así por el color de sus formaciones rocosas.

Nos alojamos en un agradable hotelito-camping a 5 km del pueblo, en un palmeral, donde somos los únicos huéspedes y disfrutamos durante un par de días de la hospitalidad de su dueño Talat y sus pantagruélicos desayunos.

El primer día disfrutamos subiendo y bajando dunas con nuestro coche y aprendiendo cómo sacar el coche cuando nos quedamos atrapados en la arena y al día siguiente ya nos internamos en las profundidades del desierto. El Gran Mar de Arena comienza en este oasis y en dirección hacia donde se pone el sol, no vuelve a encontrarse vida humana en más de 1000 kilómetros.

Los desiertos blanco y negro, como su propio nombre indica, se caracterizan por el color de sus rocas. En apenas 50 kilómetros las rocas basálticas dejan paso a las níveas rocas cretácicas, de donde se saca la tiza.

Contemplamos montañas de color negro entre dunas de color naranja, grandes lagos de arena donde solo se ve la huella de nuestros neumáticos y campos de rocas donde la imaginación juega a vislumbrar formas de las rocas, ahora de conejo, de esfinge o de halcón.

Es sin duda un paisaje que bien merece la pena conocer. Pasamos una estupenda noche con nuestros guías en el "hotel de las mil estrellas", compartiendo cenas y comentando las diferentes vidas de cada uno…. Pero sobre todo, disfrutando del cielo estrellado. Es una pena que en casa sea tan difícil ver un cielo así….

Seguimos camino hasta el oasis de Dahkla, donde la policía nos escolta hasta el camping donde vamos a pasar la noche. De nuevo somos los únicos inquilinos de este hotel, ruta habitual de los 'overlanders' y con todas las habitaciones vacías pero que sin duda fue parada obligada de muchos tours por las numerosas pegatinas de agencias de viajes que adornan sus vidrieras.

Al día siguiente la policía nos viene a buscar para escoltarnos durante unos cuantos kilómetros más. Cada pocos kilómetros hay un control policía, que sorteamos sin muchos problemas y con muchas sonrisas, y donde se releva nuestra escolta. Finalmente llegamos al atardecer a Luxor, donde de nuevo un local se ofrece acompañarnos en su moto para mostrarnos donde está el camping que andábamos buscando.

Aquí vamos a pasar un par de días disfrutando de pesos pesados de la egiptología como el templo de Karnak el templo de Luxor o el valle de los Reyes, antes de partir rumbo a Aswan, última parada antes de saltar a Sudán.

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