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Belmonte, medio siglo de una leyenda del toreo

Es, junto a Joselito, una de las más anchas y nobles ramas del tronco del toreo sevillano, cuya evolución posterior no se puede entender sin el estudio de su figura.

Juan Belmonte
Belmonte, medio siglo de una leyenda del toreo

Fue el 8 de abril de 1962. Juan Belmonte había fallecido en su finca "Gómez Cardeña", en Utrera. Pronto, a pesar de la estrechez informativa de la época, trascendieron las verdaderas circunstancias de la muerte de una leyenda que revolucionó el mundo del toreo.

Belmonte se había quitado la vida con un pequeño revólver que había llevado siempre consigo sin que, hasta ahora, hayan trascendido las verdaderas causas que le llevaron a tomar tan drástica decisión.

El cardenal Pedro Segura exigió a la familia del torero una declaración jurada de muerte natural para poder enterrarlo en tierra santa que estaba vedada a los suicidas por la Iglesia preconciliar, y su entierro se convirtió en una impresionante manifestación de duelo que conmovió a toda la ciudad.

Pero, ¿por qué se quitó la vida Juan Belmonte? Se llegó a hablar de amores imposibles para un hombre de su edad, versiones que nadie ha puesto en pie.

César Jalón, el crítico taurino que firmaba sus crónicas como 'Clarito', apunta en sus memorias otras hipótesis mucho más realistas: "La angustiosa enfermedad de Julio Camba y del marqués de Villabrágima le parecía inhumana. Y él vivía preocupado por un amago de parálisis facial".

Hijo de quincallero, sus principios tendrían el halo trágico y romántico de las noches de la dehesa de Tablada. Descubierto por el banderillero Calderón, y tras sonados fracasos, un sorprendente triunfo en Castellón le lleva a Sevilla y le pone a las puertas de la alternativa, celebrada en la plaza de Madrid la misma tarde en que se retiró Machaquito.

Es, junto a Joselito, una de las más anchas y nobles ramas del tronco del toreo sevillano, cuya evolución posterior no se puede entender sin el estudio de su figura.La estética

Aporta al toreo una considerable reducción de los terrenos, una invasión de las trayectorias naturales de los astados que, unida a un estético patetismo condicionado por la personal apostura de su figura, cambiará para siempre los fines del toreo.

Sin embargo, en contra de lo que pueda creerse, no se puede entender la figura de Juan sin la de José. El temple, quietud y estética esbozados por Belmonte necesitarán de la magistral influencia del torero de Gelves para profesionalizarse, para poder ser impuesto progresivamente a un mayor número de toros.

Juan sería cada vez más José y viceversa, pudiendo afirmar que la progresiva brillantez, el futuro toreo ligado, nace de la fusión del tradicional estilo gallista y la renovación belmontina.

Nada fue igual después del genial trianero, no solo en la lidia sino en las formas tradicionales. Suprime la coleta y la aflamencada indumentaria de calle de los lidiadores. Se rodea de intelectuales, y, sobre todo, es el más firme impulsor de la fiesta entendida como un espectáculo estético, emprendiendo una rápida evolución que alcanza nuestros días.

Retirado, ganadero de reses bravas, figura inconfundible del paisaje sevillano, decidió acabar con todo aquella tarde abrileña en su campo de Utrera.

"Solo te faltaría morir en la plaza", le había espetado en sus comienzos don Ramón María del Valle Inclán, a la cabeza de ese grupo de intelectuales del 98, enamorados de la leyenda del quincallero de Triana que se había curtido en el oficio echando la capa a las reses encerradas en la dehesa de Tablada.

Pero la muerte no tenía prisa y estaba esperando en los campos de Utrera a ese labrador rico, prematuramente envejecido y encerrado en sí mismo aquella tarde primaveral de 1962.

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