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LITERATURA

Turista del trabajo

El escritor sevillano Isaac Rosa se enfrenta al mundo laboral en su última novela, 'La mano invisible'.

Caricatura del autor.
Turista del trabajo
LUIS GRAñENA

Aunque está situada al final del libro, parece que el impulso para la escritura de ‘La mano invisible’ lo encontró Isaac Rosa en una reflexión del filósofo José Luis Pardo, a propósito de la literatura y el mundo del trabajo, que, resumiendo, afirma que es imposible escribir ficción sobre la vida laboral. Una afirmación con la que no estoy ni mucho menos de acuerdo, pero que, tras leer ‘La mano invisible’, completamente dedicada a diversos trabajadores manuales, no me queda otro remedio que aceptarla, al menos parcialmente. Los trabajos que cuenta Isaac Rosa no son realmente trabajos, sino metatrabajos, como su novela sobre la guerra civil era también una metanovela sobre la guerra civil, y de la misma manera que los actores que hacían de familia en ‘Familia’, la película de Fernando León de Aranoa, no eran verdaderamente una familia, pero habían sido contratados para comportarse como una familia.

Pero si tuviera que relacionar ‘La mano invisible’ con algunas películas españolas recientes, sería mejor hacerlo con dos dedicadas, precisamente, al mundo del trabajo: ‘Smoking Room’, de Roger Gual y J. D. Wallovits, que relata el enturbiamiento del clima laboral de una oficina, y ‘El método’, de Marcelo Pyñeiro, sobre una despiadada selección de personal. Ambas películas, para que no se lleve una impresión equivocada del vínculo que he establecido, son mucho mejores que la novela de Isaac Rosa.

‘La mano invisible’ pretende moverse en ocasiones en el terreno de la fábula, y desde el principio martillea al lector para que se quede con la idea de que los protagonistas son como animales de un zoológico, y en otras en el de la alegoría: los personajes no tienen nombre, se presentan sólo bajo el trabajo que realizan (carnicero, costurera...) y viven en un lugar no identificado, en el que el lector sabe que los rumanos no son los nativos. Como fábula es muy chapucera, porque los dos elementos del género, el humor y la moraleja, los maneja con torpeza: el primero brilla por su ausencia, aunque por momentos parece que pretendía hacerlo aparecer, y la segunda, elemental, es algo parecido a hay que cambiar las cosas. Como alegoría, en la que trata de explicar el infierno del trabajo manual poniéndolo en escena en una especie de parque temático, no levanta el vuelo en ningún momento: me recordó a intentos parecidos, de muy diferente naturaleza, de dos escritores estadounidenses, Paul Auster, en ‘La música del azar’, donde un personaje, como el albañil de ‘La mano invisible’, tiene que levantar un muro sin ninguna utilidad, y Chuck Palahniuk, que en ‘Asfixia’ inventa un parque temático aterrador sobre los colonos en el nuevo continente.

He ido muy adelante sin explicar mucho sobre la novela. Unos cuantos trabajadores son contratados para realizar su trabajo, en apariencia totalmente inútil, porque no tiene una finalidad más que la propia acción del trabajo, delante del público, como si se tratara de un teatro en el que se representa una construcción, el despiece de ganado, la costura, el envasado de piezas...

La novela presenta poco a poco las vidas de todos los trabajadores, sus miserias y sus esfuerzos. Isaac Rosa los presenta como héroes, aunque ninguno de ellos ha conseguido conmoverme, emocionarme o iluminarme, explotados por empresarios sin escrúpulos que sólo buscan el beneficio sin reparar en que se trata de seres humanos y no de máquinas. Cuando da por agotadas las opciones individuales de carniceros y de costureras, Isaac Rosa los junta para ver si la cosa funciona mejor. Y no funciona: se vuelve todo más y más grotesco, de forma involuntaria, hasta que se extingue por consunción.

La mirada de Isaac Rosa sobre el trabajo me parece propia de otro tiempo y de otra literatura: el XIX y Zola. Me temo que a él también se lo ha parecido por momentos y en ocasiones ha decidido ignorar el motivo de su novela y desviarse hacia otros problemas laterales. Cuando entra en la vida del carnicero, presenta la brutalidad de los mataderos y en general de la violencia contra los animales, uno de los grandes temas de J. M. Coetzee, a cuya rueda se pone sin disimulos. Cuando entra en la vida de la vendedora telefónica, presenta el timo continuado del márketing.

Lo que hace siempre, en cualquier caso, es ignorar que los seres humanos decidimos por nosotros mismos. Y así se distancia Isaac Rosa de sus personajes, evidenciando que la naturaleza de su trabajo (y de su vida) es muy distinta a la de sus personajes. Eso se llama relativismo y no ayuda a escribir novelas, o al menos no las novelas que a mí me interesan. ¿O acaso él no decide dónde publica sus novelas? ¿Le presiona el malvado capitalismo para que tome sus decisiones? Son preguntas retóricas, claro.

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