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Ocio y Cultura

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El enigma Ezra Pound

El poeta y narrador andaluz publica una novela sobre el controvertido poeta norteamericano

Pound se libró de su condena y se ganó una reputación literaria
El enigma Ezra Pound

El narrador y coprotagonista de ‘El espía’, piensa que quizá las alocuciones que Ezra Pound llevó a cabo en Radio Roma durante la 2ª Guerra Mundial, profascistas y antisemistas, fueron en realidad mensajes cifrados dirigidos a la inteligencia estadounidense, que sabía encontrar dentro de esa jerigonza las estrategias de Mussolini. Ese pensamiento está basado en varias circunstancias: tras la caída de Italia, Ezra Pound fue detenido, pero en el juicio fue declarado «loco», y exonerado así de su responsabilidad, que le habría llevado a la horca, como a otros; poco tiempo más tarde, en 1948, fue premiado por la Biblioteca del Congreso de EE. UU., y excarcelado, y, además, y esto no sé si responde a la realidad de los hechos o a la ficción, la inteligencia italiana sospechó que las intervenciones radiofónicas del poeta eran cifradas, aunque no logró encontrar dentro de tanta rareza la clave que las desvelara. Ezra Pound era una suerte de «agente doble».

El doble, una de las obsesiones de Justo Navarro (Granada, 1953). En su último y estupendo libro de poemas, ‘Mi vida social’ (Pre Textos), incluye uno, titulado ‘Mi doble habla’, en el que dice: «es imposible/ que una persona esté dos veces/ simultáneamente en el mismo sitio,/ aunque use dos disfraces,/ dos personajes».

Creo que Ezra Pound no estaba loco, y en una larga entrevista que ‘The Paris Review’ le hizo a finales de su vida (recogida en ‘Hablan los escritores’; publicado por Kairós), no mostraba el menor rasgo de arrepentimiento por su actuación. Afirmaba que no sabía que con sus soflamas estaba traicionando a su país y retaba a «cualquier hombre, cualquier individuo» a que fuera y le dijera con detalles dónde le había discriminado «por razones de raza, credo o color». También decía en la entrevista, que no tiene desperdicio, que defendía «la conservación de los derechos individuales», esos que, sin duda, garantizaban los fascistas italianos y los nazis, y que detestaba «la idea de obedecer a algo incorrecto», señalando que su obediencia a Mussolini, que se prolongó hasta los últimos días de la República Social Italiana, era correcta.

George Orwell se apiadó con muchos argumentos de P. G. Wodehouse, quien también realizó alocuciones radiofónicas pronazis, pero no perdonaba a Ezra Pound: creía que si se le ejecutaba se generaría un culto, en vez de una reflexión sobre su obra. Se equivocaba, aunque no llegó a comprobarlo: Ezra Pound se libró de su condena y se ganó, además, una reputación literaria. La entrevista entre Ezra Pound y Pier Paolo Pasolini, que encarnaba valores opuestos y que rodó una película sobre Saló, es una evidencia de su condición de escritor de culto y al mismo tiempo de la capacidad de olvido.

‘El espía’ recuerda formalmente a la mejor novela de Justo Navarro, ‘F’ (Anagrama), donde relataba la vida y la muerte del escritor y traductor Gabriel Ferrater, al mismo tiempo que elaboraba una autobiografía. El escritor de éxito Carlo Trenti, que ya aparecía como personaje en ‘Finalmusik’ (Anagrama), una novela que es en muchos sentidos la primera parte de ésta, sugiere a J, quien traduce sus libros al castellano, que «existe una simetría misteriosa entre la banalidad de nuestro presente y el heroico pasado ajeno». Así, J es el simétrico de Ezra Pound, y su banal y nueva vida de separado le lleva a interesarse por la peripecia supuestamente heroica del poeta estadounidense.

En su investigación biográfica, muestra a un Ezra Pound con líos familiares (amantes, hijos, padres), con agujeros económicos que no le preocupan mucho, fascinado por Mussolini y por la parafernalia fascista, fascinado también por William Joyce, el speaker radiofónico que le sirvió de inspiración, y que no tuvo su suerte: lo ajusticiaron al final de la guerra, «reía sin control para de pronto ponerse tristísimo antes de volver a reír», enterrado en las palabras de Confucio, visionario y convencido de que sus creencias son esenciales y tienen que ser atendidas... a ser posible por los grandes líderes mundiales, que no le hicieron demasiado caso, empezando por Mussolini, que sólo le prestó atención en una ocasión, e ignoraba las cartas y recados que le enviaba.

Sólo la parte final de ‘El espía’ nos presenta a J, quien no podrá visitar a quien consideraba su hijo pero sí podrá acceder al secreto definitivo sobre la verdad de Ezra Pound, en un clima de novela de misterio, que sólo es una novela de misterio en lo que no se cuenta y son muchas las cosas que no se cuentan.

En ‘F’ se cuenta cómo Gabriel Ferrater peleó para que el Grand Prix de literatura lo ganara Gombrowicz y no Mishima, un exiliado frente a un escritor fascista que también ha pasado como escritor de culto a la posteridad. En ‘El espía’ me gusta más la vida de J, banal, que la vida heroica de Ezra Pound (1885-1972), que terminó plácidamente en Venecia. Pero a la primera apenas le dedica Justo Navarro unas pocas páginas.

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