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Ocio y Cultura

NOVELA

Marías o las fullerías del amor

El madrileño Javier Marías publica una novela ejemplar con sátira editorial incluida.

Javier Marías visto por el estupendo ilustrador Victor Gomollón
Marías o las fullerías del amor

Después de ‘Tu rostro mañana’, Javier Marías nos sorprende con ‘Los enamoramientos’, una novela que puede parecer menor, si la comparamos con la magnitud de la anterior, pero que no lo es en modo alguno. Le basta una anécdota banal y cotidiana, la visión rutinaria por parte de la narradora María Dolz, de una pareja idílica desayunando en una cafetería madrileña, la Pareja Perfecta, para desatar o encender el hilo de pólvora narrativa de una estupenda novela, que pese a sus cuatrocientas páginas, se nos antoja una novela breve. Su género es otro cantar. ¿Se trata de una novela de terror sentimental, un Lovecraft-Laclos, o se trata de una novela romántico-nihilista, un Balzac-Nietzsche? «Un sablazo en el cráneo y los cascos al galope de infinitos caballos».

Le bastan tres personajes, si me apuran, dos personajes, la narradora María, que trabaja en una editorial, y el seductor Díaz-Varela, para mantener la tensión dramática en el lector. La acción transcurre en Madrid, pero igual podría ser Londres o Roma.

La novela puede leerse como una apoyatura en ‘El Coronel Chabert’ de Balzac, un Ulises napoleónico, cuya edición simultánea publica Reino de Redonda, con traducción de Mercedes López-Ballesteros, pero también del ‘Macbeth’ de Shakespeare, en suma, lo que Cervantes tildaba de ‘Las fullerías del amor’. Los enamoramientos como una novela ejemplar de Marías.

Hay una cita feroz del Diccionario de Covarrubias sobre la envidia «este veneno suele engendrarse en los pechos amigos», que unida a otra cita atroz de Dumas, pone los cabellos como lanzas. En este sentido, Marías se ha convertido en un monarca de la novela, alguien capaz de narrar desde el espanto sin que le tiemble el pulso, y en un tris, cambiar de registro y provocar una balsámica carcajada. Así sucede, por ejemplo, con el cameo del profesor Rico. Su oficio o su técnica novelesca viene a ser lo de menos, quizá lo decisivo es su sosiego conceptual o reflexivo, traducido a una prosa inconfundible, como de sonata de Schubert, o fandango de Boccherini.

Vemos un personaje secundario, Ruibérriz, que procede de ‘Mañana en la batalla’, y de una trepidante novela breve de Marías,‘Mala índole’, ambientada en el México de Elvis. La cita de Dumas-Athos, «el ángel era un demonio, y lo colgó de un árbol», suscita un eco de ‘La canción de Lord Rendall’, relato de James Denham en ‘Cuentos únicos’.

Sostenía Ortega en ‘Amor en Stendhal’, 1927, que el enamoramiento es un estado de imbecilidad transitoria. El amor como pasión carnal es otro cantar. En todo caso, y por no meternos en jardines o dibujos, el mundo de los afectos suele inducir una leve o profunda miseria intelectual. El meollo de la novela de Marías viene a ser el diálogo como ocultación sistemática de la verdad, quizá lo que Eliot cifró como «mixing memory and desire», mezclar la memoria y el deseo. En última instancia, la impunidad se erige como monarca siniestro del mundo y como coraza o defensa, la voluntad de la protagonista de no ser una imbécil, de no ser considerada una idiota integral por quienes toman el mundo a saco. Como decía el viejo chiste, yo estoy entre rejas por romántico zumbado, no por tonto.

La novela: caja de ritornellos

«Necesitamos sentirnos supervivientes o inmortales a diario. Cada cual beba los suyos (sus malos tragos). Los bombones que nadie osará acabarse. No se puede comprar media pera. Una rifa de pueblo cuando ya agoniza el verano. Todos somos remedos. El enamoramiento es insignificante, su espera sustancial. Uno ignora en qué es capaz de convertirnos (el tiempo). La impunidad del mundo es inarbacable. La verdad no es nunca nítida, siempre es maraña». Son ejemplos al azar de Marías como un Montaigne o Heidegger de Chamberí. La novela incluye una sátira despiadada del mundo editorial. Autores de patética egolatría aspirantes al Nobel. Los malditos libros como estafa afable y pueril frente a la bronca realidad. La novela como tiempo de juguete.

El brillante colofón, las diez páginas finales, una cena editorial en el Hotel Palace, con aire de tablao flamenco, son dignas de Henry James. El propio autor presta su rostro al personaje de Díaz-Varela, labios femeninos y ojos de Giotto. Es el juego del doble como reto novelesco. En suma, una excelente novela ejemplar de Javier Marías.

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