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LITERATURA

El exilio español doblemente olvidado

El investigador aragonés acaba de publicar un documentado estudio sobre el exilio republicano.

Antonio Alegre, de Pomar de Cinca, Huesca (primero por la derecha), durante su estancia en Argelia.
El exilio español doblemente olvidado

Aprincipios de septiembre de 1950, el Gobierno francés lanzó la operación Bolero-Paprika, que buscaba desarticular las organizaciones y publicaciones comunistas en aquel país. Buena parte de ellas estaban lideradas o formadas por exiliados españoles. Hubo muchos detenidos, y la mayoría de ellos fueron expulsados a Córcega, Argelia y los países del este. Un grupo de ellos, 78, fue embarcado a bordo del 'Georges Leyques'. Allí viajaron ocho aragoneses: Antonio Alegre, de Pomar de Cinca; José Alijarde, de Villar del Salz; Emilio Gimeno, de Hecho; Cecilio Gracia, de Huesca; Antonio Granada, de Biescas; Alejandro Bea, de Cuevas; José Riau, de Mequinenza...

Ésta es una de las peripecias vitales que han sido rescatadas en el libro 'La nación del olvido. El exilio republicano en el norte de África y los aragoneses'. La obra, que será presentada hoy a las 19.30 en la sala Fórum de la FNAC, ha sido publicada por el Gobierno de Aragón dentro de su programa Amarga Memoria, y aborda un aspecto olvidado por muchos historiadores.

«Mucha gente desconoce que hubo un exilio republicano en África -señala el autor del estudio, Luis Antonio Palacio Pilacés-. Siempre se ha dicho que los españoles que se refugiaron en Francia lucharon en dos guerras, pero nunca se ha caído en la cuenta de que los que acabaron en el norte de África acabaron sufriendo tres, porque les tocó vivir en primera línea las guerras de independencia. Se vieron involucrados en guerras que no eran la suya».

Pocos aragoneses en África

Luis Antonio Palacio se ha sumergido en los fondos de instituciones como el Centre de Archives Diplomatiques de Nantes, o el Centre des Archives d'Outre Mer, para reconstruir una historia dispersa. Aunque hasta ahora se había publicado algún estudio parcial sobre el exilio en el norte de África, faltaba una visión conjunta y en profundidad sobre todo el fenómeno. Una visión difícil de configurar, por cuanto hubo varias oleadas de exiliados, cada una con peculiaridades muy definidas, y porque el escenario geográfico era muy diferente al actual. «El norte de África estaba entonces dividido en cuatro circunscripiones -señala Palacio-. Por un lado, estaban los protectorados de Marruecos y Túnez, controlados por Francia; luego estaban los departamentos de Argelia, que eran Francia, y, por último, la zona internacional de Tánger. Cada territorio tenía su estatus diferenciado», resume Palacio. Se trató, pues, de un fenómeno importante pero atomizado. La situación de los españoles varió mucho en función del año de llegada, de su ideología, del lugar en el que se instalaran...

«Hubo aragoneses en todo momento y en todos los sitios, pero la verdad es que su número fue poco significativo dentro de lo que supuso el exilio español en el norte de África, apenas un 2% del total -apunta Luis Antonio Palacio-. Y llegaron allí en varias oleadas. La primera, el 7 de marzo de 1937, cuando la flota republicana abandonó Cartagena, al mando del almirante Buiza (5.000 hombres), y se refugió en Túnez. La segunda fue al término de la guerra civil, cuando llegaron a Argelia los que huían de Franco, desde la cúpula del Partido Comunita hasta políticos de Izquierda Republicana, pasando por aviadores, soldados, civiles...».

No fue fácil, ni mucho menos, su vida allí. En algunos casos, se intentó impedir, con todo tipo de triquiñuelas, que descendieran de los barcos que les habían llevado a las costas argelinas. Entre las autoridades no despertaban grandes simpatías (Gabriel Lambert, el alcalde de Orán, era un cura de ideología cercana al fascismo) y, cuando no supieron qué hacer con ellos, crearon campos de refugiados en el Sáhara o en las ciudades, campos que, aún hoy, todavía despiertan malos recuerdos en los exiliados que siguen vivos en nuestros días: Camp Morand, Carnot, Suzzoni...

«No los querían porque las autoridades franceses los consideraban subversivos, comunistas... Los llamaban 'matacuras'. Por lo general, tenían buenas relaciones con la población árabe y mala con los colonos franceses, aunque fueron mejorando con el tiempo, muy a costa de las autoridades, que intentaron impedir ese acercamiento. La relación estuvo guiada por la paranoia».

Cuando Alemania invadió Francia, se produjo una tercera oleada de exiliados que se refugiaron en el norte de África. Muchos pasaron de colaborar con la Resistencia a trabajar en las redes de evasión. Llegó, también, la represión, por cuanto la Francia 'vichysta' odiaba a los republicanos españoles. Se crearon campos de castigo atroces, como el de Hadjerat. Luis Antonio Palacio ha recuperado la memoria de un zaragozano del que solo se saben los apellidos y el apodo, Moreno Ruiz, 'el Maño'. Tras devolver los golpes que le propinó a su llegada Viciot, el comandante del campo, se escapó al desierto. Una vez capturado, le obligaron a cavar una fosa y le dijeron que la ocuparía en un plazo máximo de ocho días. En ese tiempo fue golpeado una y otra vez pero, como no moría, acabaron estrangulándole para cumplir la promesa que habían realizado.

Y en el 50 se produjo la cuarta oleada, la de la operación Bolero-Paprika. Los que se quedaron acabaron viviendo las guerras de independencia, que en algunos casos (Túnez, Marruecos...) fueron muy sangrientas, y la mayor parte de la colonia española allí acabó huyendo. «El exilio español en el norte de África pervivió hasta los años 70, para acabar desvaneciéndose casi por completo, salvo en lugares como Casablanca», concluye Luis Antonio Palacio.

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