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NARRATIVA

La bestia de nueve dedos

El premio cervantes juan marsé retorna a su particular universo en ?caligrafía de los sueños?.

NOVELA ESPAÑOLA

Caligrafía de los sueños

Juan Marsé. Lumen. Barcelona, 2011. 440 páginas. 23.50 euros.

Caligrafía de los sueños’ transcurre en la posguerra española y es una novela cervantina. El propio protagonista, Ringo, un adolescente que sueña con ser pianista aun cuando un accidente de trabajo le ha amputado un dedo, admite vivir más en la imaginación que en la realidad. O, siguiendo sus propias palabras, siente «nostalgia del futuro». Y hay un escrutinio de libros: en el que los perdedores de la guerra lanzan al fuego de una enorme hoguera todos los papeles que les puedan traer problemas, ya sean novelas o ensayos de Kropotkin o libros de cuentas de sus organizaciones políticas o cartas o libros de poemas. Y hay una enamorada, que sale al campo y enloquece buscando a su enamorado que no le corresponde.

Y hay muchas historias incorporadas a la historia principal, las aventis a las que Juan Marsé (Barcelona, 1933) tantas veces se ha agarrado para encontrar la fantasía y la magia en un mundo pobre y feo y políticamente podrido. Y lo que eran libros de caballería en el ‘Quijote’ son aquí aventuras de indios y de vaqueros y tebeos y acrobacias aéreas de Bill Barnes. Y hay una carta de enamorados que se pierde. Y está la ciudad de Barcelona, en la que se imprimen libros de aventuras. Y hay, también, una ínsula Barataria, también situada en Aragón y cuyo nombre es esta vez Canfranc.

Y además de estas coincidencias, que pueden ser homenaje de Juan Marsé a la novela de Cervantes o simplemente unos espejismos que se me aparecían a cada paso en la lectura, hay en ‘Caligrafía de los sueños’ algo profundamente cervantino: la mirada piadosa sobre los personajes, frágiles, abandonados, perdidos, carne y hueso y emociones y sueños y fracasos.

Son los años 40 y la vida en el barrio de Gracia de Barcelona vuelve, lentamente, a la ‘normalidad’, a la paz de la que se jactan los franquistas: hay cartillas de racionamiento y estraperlo pero la gente a vuelto a reunirse en los cafés, los cines proyectan películas americanas que hacen olvidar a los espectadores su entorno engrisecido, la idea de que los aliados seguirán su tarea de liberación en España se ha esfumado y la resignación y el hambre tuercen los deseos hacia el más puro pragmatismo...

En esas calles populares de Gracia, el barrio de las ficciones de Mercè Rodoreda, se mueven Ringo y el resto de los personajes de ‘Caligrafía de los sueños’: sus padres adoptivos, una madre católica aunque desafecta a la iglesia oficial y un padre anarquista, de oficio exterminador, que desea acabar con las ratas azules pero sólo consigue liquidar a las ratas de alcantarilla; una quiropráctica enamoradiza, la señora Mir, cuyo marido falangista ha perdido la chaveta tras regresar de su misión fallida con la División Azul y cuya hija adolescente, Violeta, está poseída por el ‘spleen’; adolescentes que sueñan con el sexo; taberneras cotillas... y exiliados y muertos y encarcelados que no están pero cuya presencia se deja sentir.

Ringo tiene unas enormes ganas de saber y se esfuerza en aprender (sí, las escalas de solfeo con más intensidad que las rutinas del oficio de joyero), pero de alguna manera que no consigue explicarse siempre le falta alguna pieza, y a menudo más de una, cuando intenta completar las secuencias de los acontecimientos, aquellas que él mismo ha contemplado como espectador e, incluso, las que ha protagonizado. La ausencia física de su dedo es también la metáfora de otra pérdida más genérica: la que le permitiría entender qué demonios está sucediendo a su alrededor. Le fascina la magia, pero es incapaz de entender el mecanismo que hace que los trucos funcionen.

‘Caligrafía de los sueños’ tiene mucho de truco de mago, y la novela, que poco a poco se ha ido adensando, termina con un ‘Epílogo’, situado unos cuantos años más tarde de la acción principal, en el que un conejo sale de la chistera y cambia, gracias a una forzada casualidad, el sentido de la historia, como si del final efectista de un relato breve se tratara.

Aun creyendo que se trata, entre las últimas novelas de Juan Marsé, de una de las mejores, es excesiva. Habría preferido que la historia, siendo así más cervantina, se centrara exclusivamente en la adolescencia de Ringo y abandonara las partes dedicadas a su infancia, que tienden a la explicación morosa más que a la narración. Y habría preferido el relato lineal, que le habría dado mayor intensidad, a una narración a saltos, que remite en ocasiones a ‘Si te dicen que caí’, que invita a la confusión... Aunque, por otra parte, es seguro que la lectura se parece bastante a la manera que Ringo tiene de aprehender su propia vida, que progresivamente va alejándose del ilusorio cartel en el que se anunciaban las proezas de un pianista de nueve dedos, quizá una bestia de nueve dedos que en el cine podría interpretar Peter Lorre.

Ringo siente un profundo dolor fantasma, y toda esta nueva novela de Juan Marsé sigue llena de fantasmas (y no sólo en el cine Roxy). Es en la posguerra, que parece haber durado mucho más de lo que duró, es donde encuentra lo mejor de su mundo, aunque abrume.

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