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ROCK

Moore: el blues que ganó al heavy

Alcanzó su mayor notoriedad en el heavy metal, pero acabó abandonándolo para tocar su música vocacional: el blues.

Gary Moore, en el festival suizo Sierre Blues de 2009.
Moore: el blues que ganó al heavy
OLIVIER MAIRE/EFE

El mundo de las seis cuerdas, y más en un género como el del rock, que tiene a la guitarra eléctrica como tótem mayor, ha alumbrado a grandes figuras. Gary Moore fue, sin duda, una de ellas, si bien sus zigzagueos profesionales dispersaron a su clientela y quizá por ello no subió al podio más alto.

Culo de mal asiento, fue bluesero en sus inicios con Skid Row, progresivo en sus primeros álbumes en solitario, especialmente en 'Grinding Of Stone' (1973), heavy metal, ochentero sofisticado, bluesero de nuevo, amén de colaborador e impulsor de bandas que abandonaba al momento: Thin Lizzy, G-Force, el trío BBM junto a la sección de ritmo de Cream o Colosseum II, por no olvidar sus colaboraciones con Andrew Lloyd Webber, Rod Argent, Cozy Powell, Gary Boyle y Greg Lake. Muchas facetas para desconcentrar al público, pero a la vez enormemente ricas para mostrar su categoría y elasticidad.

«Nunca gané un duro con el heavy metal», llegó a decir. Y, sin embargo, en la época en la que militó en él, durante los ochenta, alcanzó una popularidad enorme, hasta el punto de que casi se convirtió en un 'dios metálico', en un guitarrista al que no solo se adoraba en directo sino que su discografía oficial gozaba de unas ventas altísimas y cualquier pieza discográfica de sus inicios se perseguía como preciado tesoro.

Se lo dijo al periodista español Javier Pérez de Albéniz, en 1992: «El público está muy confundido cuando piensa que el heavy metal es el negocio del siglo». Y, ante la sorpresa e incluso irritación de sus fieles, se salió del circuito. Quizá no solo por cuestiones económicas sino también afectado por la muerte de su amigo Phil Lynott y por su deseo de volver a la fuente primitiva de su aprendizaje: el blues. A aquel blues británico de los primeros sesenta de Mayall, Clapton, Peter Green? que fueron los faros que le iluminaron para tocar la guitarra, especialmente cuando oyó el primer disco que Mayall grabó con Eric Clapton, 'Bluesbreakers'.

Lo curioso de esta vuelta a los orígenes, con un álbum de título bien significativo, el popular 'Still Got The Blues', es que se produjera en una época en la que el blues-rock llevaba años sepultado, tras aplastarlo las hordas punkies, primero, y después todas las oleadas posteriores, el incipiente grunge y el indie-rock incluídas. Una señal, por otra parte, reconfortante: la buena música siempre estará por encima de modas y esnobismos. 'Still Got The Blues' (1990) vendió tres millones de copias. En el contó con la colaboración de Albert King, Albert Collins y de su reverenciado George Harrison. En el siguiente, 'After Hours', tuvo a B. B. King.

Estaba, según él, en el buen camino, en el que ya no abandonaría hasta esa última joya que regaló en 2008, 'Bad For You Baby'. Por ello confesaba encontrarse feliz y cómodo en esa nueva vida musical: «Un músico de heavy ve como su carrera pierde credibilidad con el paso de los años, mientras que uno de blues puede seguir en activo, sin perder gancho hasta su muerte». El domingo de madrugada perdió ese gancho. No se conocen todavía las causas de su muerte, pero algo hace pensar que de nuevo se ha repetido la leyenda negra del rock. Hendrix acabó sus días ahogado en su «propio vómito». Como, según los tabloides ingleses, han diagnosticado a Gary Moore.

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