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CINE

El cartelista fascinado por el color

A punto de cumplir 90 años, el aragonés Fernando Albericio es, por derecho propio, historia viva del cine en España. Ha elaborado carteles de casi 350 películas clásicas como 'Sabrina', 'Cleopatra' o 'La ventana indiscreta'. Tarazona le rindió homenaje el verano pasado.

Fernando Albericio, junto al cartel de 'Sabrina' en la exposición celebrada en Tarazona.
El cartelista fascinado por el color
LA ACTUALIDAD DE TARAZONA

De su infancia en Tarazona, Fernando Albericio solo guarda buenos recuerdos. «Mi padre era profesor en la Escuela de Artes y Oficios -recuerda-. Yo iba al colegio y luego, de siete a nueve de la tarde, iba a aprender dibujo. En Tarazona fui feliz y dejé muchísimos amigos. Tengo tan buenos recuerdos que, en cuanto puedo, vuelvo allí".

En la ciudad del Queiles se fraguó el que luego se convertiría en uno de los mejores cartelistas españoles de cine del siglo XX. Estalló la Guerra Civil, cerró la escuela, y la familia Albericio se trasladó en busca de trabajo a Zaragoza. El padre entró en Industrias del Cartonaje, que necesitaba dibujante, pero al cabo de un mes enfermó y murió. «El empresario, Pío Altolaguirre, me ofreció el puesto de mi padre, y acepté. Diseñábamos envoltorios y etiquetas para todo tipo de industrias. Recuerdo que mi primer trabajo fue para las pastillas de regaliz Zara», relata.

Por la noche, y sobre la marcha, tuvo que aprender los secretos del oficio, la composición, la tipografía, el uso del color... Trabajaba mucho, pero siempre tenía tiempo para ir al teatro y ver alguna de las obras que ponían en escena las compañías que habían quedado en territorio franquista. A Fernando no le reclutaron por poco. «A amigos míos, que eran tres o cuatro meses mayores, los acabaron movilizando. A mi, afortunadamente, no; no tuve nada que ver con la guerra 'incivil'». Acabada la contienda, la familia regresó a Barcelona, de donde era oriunda la madre, y Fernando Albericio abrió un taller en la calle Montaner, en el que hacía publicidad y murales para los grandes cines. Con ello, seguía un poco la estela de su padre, que había sido también escenógrafo en la ciudad condal. Hizo decenas, cientos de murales. Pero no se conserva ninguno. «Eran pequeñas obras de arte pero efímeras -relata-. Duraban lo que aguantaba cada película en cartel, porque cuando se cambiaba de filme pintábamos de blanco encima y hacíamos otro mural. Algunos de ellos eran verdaderamente monumentales. Recuerdo, por ejemplo, el del cine Dorado, que tenía 15 metros de largo por 3 de alto. Pero de todo aquello no quedan ni fotografías, porque no pensaba que aquello tuviera ningún valor».

 

'Los diez mandamientos'

Cuando llevaba 10 o 12 años haciendo aquellos murales dio un paso al frente. «Me ofrecí a la Paramount para pintar un cartel. Unos años antes ya había hecho una prueba, pero no me gustó y lo dejé hasta sentirme preparado. Me ofrecieron hacer el cartel de 'Cleopatra', que protagonizaba Claudette Colbert. Y me dijeron que tenía que gustar mucho porque, si no, no me volverían a pedir nada más". Y gustó. Le pidieron otro, para 'El gran Houdini'. Y a partir de ahí ya no paró.

«Durante más de veinte años casi ni descansé. Normalmente un cartel me costaba dos o tres días de trabajo, pero de trabajo intenso. Yo llegaba al taller a las ocho de la mañana, comía en media hora y salía a las diez de la noche. Hubo carteles que me costaron un montón, como el de 'Los diez mandamientos', en el que trabajé más de una semana. Pero es que en los carteles de aquella época, salvo el logo de la productora, todo lo demás estaba pintado a mano. Y hubo otros que me costaron menos; uno lo hice en tan solo una mañana, porque el director, que era español, me dijo que hiciera simplemente dos muñecos cogidos de la mano».

Paramount, Universal, Fox, Columbia... las principales productoras americanas y españolas le encargaron carteles. Ha realizado unos 350. Obras maestras marcadas por la calidad del dibujo, por el color, la composición.

«Si la película era importante, como 'La ventana indiscreta', 'Vértigo' o 'Los diez mandamientos', nos hacían un pase privado para que nos inspiráramos. Pero lo normal era trabajar partiendo de fotos que nos pasaba la productora. Con eso, hacíamos el boceto para someterlo a la aprobación de la productora y luego hacíamos la versión definitiva», asegura.

Los problemas con la censura

El boceto tenía que pasar también por la aprobación de la censura. «Era algo tremendo, los censores nos llevaban de cabeza. Era absolutamente imposible enseñar nada por encima de las rodillas. Uno de los carteles con los que tuve más problemas fue el de 'Pescando millones'. Había pintado a Katia Loritz enseñando las piernas, que era lo que hacía en la película, y me hicieron 'bajarle' la falda y además tapárselas con las letras del título. Tuve bastantes problemas», recuerda Albericio. Y cuenta que, una vez, «me pusieron una multa por un mural en el que había pintado al protagonista a punto de besar a la chica. Al parecer, una mujer lo denunció porque dijo que era inmoral. Yo cobraba entonces 200 pesetas por un mural, y la multa fue de 2.000, aunque luego me la bajaron a la décima parte. Los censores estaban todo el día: "Tape más este pecho, baje más esta falda...". Era horrible».

No era, contra lo que dicen algunos historiadores, un trabajo mal pagado. «Por el de 'Cleopatra' cobré 1.200 pesetas del año 50. Pero luego he llegado a recibir 3.000, 5.000...», explica.

«Al principio trabajaba a escala real, pintaba al gouache o con acuarela en cartulinas de un metro por setenta centímetros, porque se imprimían litográficamente. Luego, en los años 60 o así, se inventó el offset y trabajábamos ya con un formato menor. Se fotografiaba a todo color y se enviaba a la imprenta», detalla.

¿Cuál es la clave de un buen cartel? «El dibujo es la base. Si hay un buen dibujo, el cartel sale; si flojea, el cartel también. Y cuenta mucho el tipo de película que sea. Es mucho más fácil hacer un cartel para un filme de acción, vistoso y con movimiento, que para una comedia, donde te tienes que limitar prácticamente a hacer las cabezas de los protagonistas".

Su trabajo llegó a ser reconocido por el propio Hitchcock y, por el lanzamiento de 'Sabrina', obtuvo el Premio Internacional de Nueva York. Algunos de estos carteles, con sus correspondientes traducciones, se publicaron en países como Turquía, Marruecos o Portugal.

«Hay actores estupendos para pintar, como Clark Gable, Edward G. Robinson o Humphrey Bogart, porque tienen cabezas rotundas, rostros marcados... Otros, de cara más anodina, como Rock Hudson, por ejemplo, te cuesta mucho más encontrarles el parecido -confiesa-. En cuanto a las mujeres, cuanto más guapas, mejor. Las más fáciles de retratar eran Ava Gardner, Liz Taylor, Sara Montiel...».

De aquellos trabajos, hoy clásicos y codiciados por los coleccionistas, tampoco ha quedado gran cosa. «Casi todos los originales se perdieron, porque se enviaban a las imprentas y allí los maquinistas los manoseaban, los manchaban... y acababan tirados en un rincón. Llegaban a hacerse tiradas de cierta importancia: 3.000 ejemplares para las películas flojas, y entre 10.000 y 15.000 para las importantes. Pero también eran efímeros. Los cines los pegaban en sus paredes y, cuando se cambiaba de película, pegaban encima del cartel anterior y a correr».

Fernando Albericio ha ido rastreando su obra por anticuarios y salas de subastas. Y se ha hecho con algunas piezas raras. «Es curioso lo del coleccionismo -señala-. Parece que se le da más importancia a la obra impresa que al original. Yo he visto venderse carteles de 'Sabrina' por más de 1.500 euros, y las obras originales que yo pinté para que se imprimieran esos carteles, y que he podido recuperar porque han salido a subasta, los he adquirido por 90 o 100 euros».

Su último cartel fue para 'El planeta de los simios'. Dejó el trabajo en parte porque las productoras se trasladaron a Madrid y el trabajo se complicó, y en parte porque poco a poco las nuevas tecnologías fueron arrinconando al arte tradicional.

«El cartelismo es un arte que se pierde. Hoy se hace todo con ordenador y ya es todo muy distinto, más mecánico, más frío. Pero no me quejo; he disfrutado mucho con mi trabajo, con todos y cada uno de los carteles y murales que he realizado. El cartel es un grito que plantas en una esquina, y yo he dado muchos".

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