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CINE Y ENSAYO

Jean-Luc Godard, el cineasta avión

«En la amistad, uno se puede separar, en el amor no se puede» dice Jean-Luc Godard.

Pensar entre imágenes

‘Conversaciones, entrevistas, presentaciones y otros fragmentos’. Jean-Luc Godard. Edición de Núria Aidelman y Gonzalo de Lucas. Intermedio. Barcelona, 2010. 512 páginas. 20 euros.

Es una ironía que cuando no podemos ver regularmente en las salas, y desde hace tiempo, sus películas, Jean-Luc Godard (París, 1930) haya sido homenajeado por los Oscar, icono del poder del cine de Hollywood.

La dificultad de ver cine es una de las obsesiones de ‘Pensar entre imágenes’. Godard llega a afirmar que el cine son las películas que no se pueden ver. No se trata de resentimiento, sino de una reflexión que arranca en su juventud, cuando empezó a querer hacer películas (y hacer crítica, según él, ya era una forma de hacer películas). Son los años 50 y no hay vídeos y sólo una televisión incipiente. No hay manera de ver el cine que se ha hecho desde finales del XIX, si no es en Cinémathèque de París, y que influye decisivamente en los directores de la Nouvelle Vague.

Descubre allí dos maneras de hacer cine: la documental, que comenzaron los Lumière, y la de ficción, cuyo primer representante es Méliès. Godard se propone mezclarlas, hibridirlas, bastardearlas para desarrollar todas las posibilidades de un arte niño.

Esa imposibilidad de ver cine en el tiempo (que se ha prolongado a lo largo del tiempo por su exclusión de la escuela) y el sentimiento de que la Historia es negada y boicoteada, hizo que Godard dedicara muchas energías a la realización de una personal historia del cine, ‘Histoire(s) du cinèma’ (DVD; Intermedio). Durante bastante tiempo, sintió que su historia personal era menos interesante que la historia general, y es posible que en los últimos años haya sentido ese planteamiento como una pérdida. Sólo en las últimas páginas del libro, que corresponden con sus declaraciones realizadas en este siglo XXI, aparecen pinceladas de intimidad. Dice: «En la amistad, uno se puede separar, en el amor no se puede. Cuando uno encuentra a alguien, ambos se lanzan a por todas y, si ha habido separación con otros, es porque no era amor. Tuve, con ciertas dificultades, algunas relaciones con mujeres, a veces demasiado jóvenes: pero yo no amaba a esas mujeres, sino el amor mismo. Y les hice daño».

En los años 80, se describe a sí mismo como pintor: «cada vez trabajo más como un pintor, y es como si se ven los estudios o los bocetos de cualquier pintor... de Delacroix, de Goya, de Picasso, y entonces se le pregunta qué proyecto tiene con eso, donde no hay más que manos, pies, dibujos de cosas sueltas, y contesta: “Bueno, voy a pintar la toma de Constantinopla por los turcos». Realmente piensa «voy a hacer tal cosa», pero, finalmente, la hará al cabo de diez años y entonces dirá: «Bueno, se ha transformado en otra cosa»; de modo que no se sabe nunca lo que está haciendo, salvo que está haciendo pintura”. Esta perspectiva es la que le conduce a realizar toda una serie de películas que titula ‘Ensayos’ (DVD; Intermedio).

Y si habla de pintura no es por una vocación de ‘autor’, sino porque otra de sus obsesiones, en la que no ha dejado de profundizar, es la de comparar el cine con las otras artes. Fundamentalmente con la pintura, pero también con la literatura y con la música. En los años 70, afirma: «He hecho películas un poco como dos o tres músicos de jazz: se elige un tema, se toca y luego se organiza». Godard cree que el cine nació como un hijo no reconocido del impresionismo (la primera vanguardia, según él todavía sin asumir, aunque las colas de la reciente exposición de Renoir en el Prado le contradigan) y siente que no ha desarrollado todo su potencial artístico, boicoteado por la industria del entretenimiento. En los 90, afirmaba: «No soy pesimista: digo simplemente que hay cosas que sólo podía hacer el cine –y no la novela, ni la pintura, ni la música—y que no se han hecho».

Quizá por ese interés, y ese conocimiento de la historia artística, Godard no cree que la llegada de la tecnología cinematográfica a todos los usuarios vaya a suponer una explosión artística: «El lápiz se inventó hace mucho y no por ello hay cien mil como Goya o como Rembrandt. Hace falta cuando meno eso que llamamos talento». Obviamente, la mayor parte de ‘Pensar entre imágenes’ se refiere a cuestiones cinematográficas, aunque tampoco se eludan las políticas, mucho menos interesantes, y a veces, en especial las relacionadas con el Holocausto, estúpidas. Sin embargo, lo que más me gusta, pensando que no se trata de un libro «escrito» sino de un libro «hablado», es cuando Godard recurre a la síntesis, reduciendo el mundo a dos opciones. Cuando dice, por ejemplo: «Me gusta pensar en mí mismo como un avión, no como un aeropuerto».

Aunque confiesa cierto agotamiento a la hora de rodar, ‘Pensar...’ es, de principio a fin, el libro de un apasionado del cine, a quien nadie ha conseguido frenar. Su lugar puede parecer marginal, pero es muy posible que lo haya elegido él mismo.

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