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ESPACIOS MODERNOS

Aprender de Berlín, la ciudad soñada

La capital de Alemania, una urbe proyectada, podría ser un buen modelo para Zaragoza.

Una estupenda vista de 'Postdamer Platz', tomada en 2010
Aprender de Berlín, la ciudad soñada
ARCHIVO JAVIER MONCLUS

Berlín, una ciudad única que ha conocido la destrucción, división y reconstrucción como pocas otras, constituye también un excepcional laboratorio para la arquitectura y el urbanismo moderno. La metrópolis mítica e inmortalizada en la literatura de Walter Benjamin, Alfred Döblin o Franz Hessel, sufrió un proceso doble de desmembración urbana, primero tras los bombardeos aliados al final de la segunda Guerra mundial, después por la división en dos ciudades que se produjo tras la construcción del Muro y, también, por las intervenciones urbanísticas modernas, a ambos lados del mismo.

La tradición urbanística

A pesar de esa trágica historia urbana, la riqueza de la tradición arquitectónica y urbanística berlinesa es quizás la mejor explicación de su fascinante recuperación y revitalización en las últimas décadas. Multitud de ideas y proyectos se han ido añadiendo a la ciudad soñada, desde las propuestas de Karl Friedrich Schinkel o las de Peter Joseph Lenné en el siglo XIX, a las de Martin Machler, Bruno Taut, Ludwig Hilberseimer, Werner Hegemann, entre otros arquitectos anteriores a la Guerra. Es interesante comprobar la recuperación de la mejor arquitectura en la posguerra (Mies van der Rohe, Hans Scharoun, las realizaciones del IBA de 1957, etc.) en paralelo a la fragmentación urbana y al auge del urbanismo funcionalista, abierto y «progresista» asociado a la proliferación de bloques residenciales e infraestructuras viarias, a ambos lados del Muro.

La diversidad y el contraste entre las numerosas propuestas y realizaciones berlinesas se entienden bien en una ciudad que siempre se ha configurado de forma fragmentaria. Efectivamente, desde su formación inicial, con la «unificación» de los dos núcleos medievales gemelos (Berlín – Cölln), la ciudad se configura como un mosaico de formas y fragmentos urbanos: el centro medieval a orillas del río Spree, la extensión barroca de Friederichstadt (1748), varias extensiones neoclásicas a inicios del siglo XIX (proyectadas por K.F. Schinkel y J. Lenné), un ensanche de gran entidad, planificado por James Hobretch (1862), los nuevos conjuntos residenciales o Siedlungen, etc.

Podríamos decir que la potencia de esa cultura arquitectónica y urbanística está en la base de la inagotable fuerza para la recuperación, que en cada fracaso ve la oportunidad de un nuevo comienzo enérgico. Por eso, Berlín se considera como uno de los mejores laboratorios urbanísticos durante todo el siglo XX. Así, podemos entender la explosión de creatividad que se produce a partir de la caída del Muro como un episodio más en la tradición urbanística local pero en estrecha conexión con la cultura internacional, tal como había sucedido en las exposiciones de arquitectura (IBA) de los años 1957 y 1987, dos hitos fundamentales de la historia de la arquitectura y el urbanismo.

Campo de pruebas

Con la caída del Muro, en 1989, y la inmediata decisión de trasladar a Berlín la nueva capital de la Alemania reunificada se presentaron nuevas oportunidades para repensar la ciudad. Hay que tener en cuenta que frente al predominio de aquel urbanismo funcionalista en la posguerra, desde los años 80 se había impuesto la versión más culturalista y arquitectónica siendo Berlín uno de los principales campos de pruebas, desde la IBA hasta las propuestas efectuadas desde principios de loa años 90. La nueva situación de una ciudad dividida que dejaba de serlo supuso una oportunidad única para la aplicación de esas visiones a finales del siglo pasado. Única por la coexistencia de dos realidades urbanas tan diferentes a uno u otro lado del Muro.

Aunque no tan singular si se consideran otros rasgos de Berlín, como los de su naturaleza fragmentaria y policéntrica, comunes a otras ciudades europeas. Esas dos realidades se apoyaban en sendos centros urbanos que se habían consolidado ya en los años 20, uno histórico y monumental al Este, otro, comercial, terciario y lúdico el Oeste.

Esa era la ciudad dividida que los estudiantes y arquitectos conocíamos en nuestras visitas a Berlín en los años 70 y 80, todavía con el Muro en pie. El centro del Berlín occidental estaba entonces en torno a la bombardeada iglesia conmemorativa del Kaiser Guillermo, de donde parten el bulevar Kurfürstendamm y Kantstrasse, mientras el del Berlín oriental se situaba en Alexander Platz y en la llamada Isla de los Museos, con Unter den Linden brutalmente seccionado junto a la Puerta de Brandenburgo, sin continuidad con el eje del Tiergarten.

Unificar e intergrar dos ciudades

Tras la unificación, dos objetivos se plantearon como prioritarios: la unificación de los dos centros descritos y el tratamiento de la franja liberada por el Muro. La preocupación lógica era la de unificar e integrar las dos ciudades también desde el punto de vista urbanístico. Pero también se planteaba un objetivo más general y que iba más allá de la especificidad berlinesa: reconvertir en un conjunto unitario, coherente y legible un “archipiélago urbano”, una ciudad tan policéntrica y fragmentada. Un sueño de la arquitectura y el urbanismo culturalista de los años 80.

Uno de los episodios más interesantes fue una consulta internacional realizada en 1990 (Berlin Morgen, ‘Berlín mañana’), a la que fueron invitados una veintena de arquitectos de prestigio que ya habían intervenido en Berlín. Los lemas y nombres de los participantes dan una idea de la diversidad de aproximaciones que se presentaban y que se han ido sumando al catálogo de ideas y proyectos berlineses: «Revitalización de un corazón múltiple» (M. Bellini), «superposición de lo viejo y lo nuevo» (G. Grassi), «Gran Berlín» (V. Gregotti), «la zona muerta» (Z. Hadid), «Tiergarten como centro geométrico» (Herzog y De Meuron), «la Línea de encuentro» (J. Nouvel), «Bloques del Este» (B. Tschumi), por nombrar sólo los más señalados (además, de los Venturi, Solà Morales y otros).

A pesar del enfoque «morfologista» de los convocantes, con la insistencia en la unificación de las estructuras urbanas, y a diferencia del realismo de las propuestas de los 80, en la consulta de 1990 casi todas las propuestas tenían un carácter bastante más utópico y radical, aunque algunas de ellas, como las de Aldo Rossi para la Postdamer Platz acertaban en la importancia estratégica de ese lugar.

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