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Philippe Sollers, de un hombre libre

El escritor francés reflexiona sobre la personalidad de Giacomo Casanova como escritor.

Desde que, hace un año, Atalanta publicara completa la ‘Historia de mi vida’, en España ha habido un pequeño boom Giacomo Casanova (Venecia, 1725-Bohemia, actual República Checa, 1798): ‘Mis aventuras con monjas’ (Atalanta), ‘El duelo’ (Gadir) y ‘Máximas y anécdotas’ (Comanegra) acaban de llegar a las mesas de novedades. Y en ese pequeño boom también cabe la última película de ficción de Carlos Saura, ‘Io, Don Giovanni’, en la que el veneciano tiene un papel protagonista, junto a Mozart y Lorenzo da Ponte.

Viene bien tener fresco el interesante largometraje de Carlos Saura, para imaginar al Giacomo Casanova último, alejado tiempo atrás de su vida mundana, bibliotecario en un palacio de Bohemia, que escribe, en francés, sus memorias, por recomendación de su médico, con carácter terapéutico, sin mucha intención de que sean publicadas (y a punto estuvieron de desaparecer) y con el deseo de que se trate, más bien, de una novela: “Al recordar los placeres que he vivido, los renuevo y me río de las penas que sufrí y que ya no siento”.

Es ahí donde comienza su libro Philippe Sollers: reconociendo a Giacomo Casanova, por encima de cualquiera de sus otras ocupaciones, y de sus proyecciones imaginarias en la historia, su condición de escritor. De buen escritor. Uno de los mejores de su siglo, el de las Luces, el siglo que hay todavía que reivindicar, ahora. “Uno de los principales escritores franceses”, como escribirá Philippe Sollers en su ‘Diccionario del amante de Venecia’ (Paidós).

Giacomo Casanova sería “admirable”, pues, por su literatura, más que por sus aventuras sexuales, más que por sus fechorías, más que por sus fugas, y, en especial, lo sería por ‘Historia de mi vida’, el libro que Philippe Sollers glosa.

Giacomo Casanova fue capaz de sintetizar su obra: “Mi vida es mi materia, mi materia es mi vida”.

La glosa de Philippe Sollers (Burdeos, 1936) no es académica, no tiene notas al pie, no tiene datos eruditos, aunque tenga detrás mucha erudición, no tiene un lenguaje oscuro y está escrito con una arrebatadora pasión. Una pasión contagiosa. Giacomo Casanova mejora cuando lo cuenta Philippe Sollers.

Siento por Philippe Sollers una cierta simpatía, por su desbordante amor por la vida, que queda de manifiesto en sus arrolladoras memorias, tan ligadas al espíritu de Giacomo Casanova, ‘Una verdadera novela’ (Páginas de Espuma; publicadas en Francia, al revés que en España, mucho después que su ensayo sobre el escritor veneciano). Aunque no le perdono su anhelo totalitario, tradicionalmente de corte maoísta, que en ‘Casanova el admirable’ también aparece, en forma de despotismo ilustrado, que habría sido el que permitiera la libertad de la “República Veneciana”, y de otras ciudades, casi estado, del siglo XVIII, tan activas: me resulta increíble que alguien que defiende tanto la libertad individual sea capaz de proponer fórmulas de gobiernos dictatoriales.

Encuentro en los libros de Philippe Sollers algo que no suelo encontrar en los libros que leo: deseo de conocimiento, deseo de vivir, deseo de sentir, deseo de comer, de beber, de amar, de verlo todo y de saberlo todo, deseo de leer y de viajar, deseo de que en su escritura se perciba todo ese deseo. Y, sumado a ese deseo, un control de la escritura: que lo que dice se entienda.

Un autor contemporáneo

Philippe Sollers glosa a Giacomo Casanova, como durante demasiado tiempo hicieron sus traductores y adaptadores, y se lo apropia, pero a diferencia de otros, como un tal Laforgue que dijo editarlo, no le quita el sexo, no le quita la violencia, no le quita sus palabras y pone otras más adecuadas. Usa las palabras de Giacomo Casanova para decir lo que piensa, que en ocasiones, como ésta, yo también pienso: “Si el placer existe, y si sólo podemos disfrutarlo en vida, la vida es entonces un bien. Hay, desde luego, desgracias, lo sé. Pero la existencia misma de esas desgracias demuestra que la masa del bien es mayor. Yo, por ejemplo, me siento infinitamente complacido cuando, encontrándome en una habitación oscura, veo la luz a través de una ventana que se abre a un inmenso horizonte”.

Es porque todavía podemos utilizarlo, es decir, que sus palabras están todavía vivas, por lo que Giacomo Casanova sigue siendo un escritor contemporáneo, mucho más contemporáneo que muchos de los escritores contemporáneos.

Y me gusta, además, que un escritor tan libre y tan contemporáneo como Giacomo Casanova reclame su ascendencia zaragozana, que le aportaría también una “tradición”. Escribe Giacomo Casanova, hablando de sus ancestros: “Don Jacobo Casanova, nacido en Zaragoza, capital de Aragón, hijo natural de don Francisco, raptó en el año 1428 del convento a doña Ana Palafox, al día siguiente de haber pronunciado ella sus votos”. Philippe Sollers no cuenta la vida de un santo ni la de un mártir, sino la de un hombre, y un escritor, libre. Y no abundan. Nunca han abundado.

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