Despliega el menú
Ocio y Cultura
Suscríbete

ARQUITECTURA

El arquitecto de cámara

Rafael Moneo, creador del Aragonia, analiza las notas y las líneas de 21 proyectos suyos.

Detalle de la ampliación del Museo del Prado.
El arquitecto de cámara
MICHEL MORAN

Rafael Moneo (Tudela 1937), premio Pritzker, considerado el Nobel de arquitectura, acaba de publicar ‘Apuntes sobre 21 obras’, un compendio de sus proyectos ejecutados a lo largo de medio siglo.

Formado con Sáenz de Oiza, con el que colaboró en el famoso Torres Blancas de Madrid, un rascacielos con perfil de pila de platos, y con el danés Utzon, autor de la Opera de Sidney, el arquitecto de Tudela fue becario de la Academia Española de Roma. Su primer proyecto fue la Fábrica Diestre de Zaragoza, 1967, al filo del Canal Imperial, en la carretera antigua de Madrid. De Diestre a Aragonia, ha pasado casi medio siglo.

En sus ‘Apuntes’, Moneo hace gala de un fino autoanálisis de sus propias obras, como si las viese objetivadas, sujetas ya al juicio estético de la posteridad. A ojo de águila, pese a ser una osadía, quizá las obras más redondas de Moneo sean media docena. El Kursaal de San Sebastián es un edificio soberbio, un inmenso fanal varado en la playa. La catedral de Los Angeles, 2002, es otro hito, un Corbusier californiano. El Museo de Mérida el mejor ejemplo de su pasión por Roma. El Museo de Estocolmo, 1998, su homenaje a sus maestros nórdicos. El Museo Thyssen, 1992, es un Asplund de Moneo. La remodelación del Museo del Prado, 2007, es otro hito.

El arquitecto de cámara

Si Ventura Rodríguez hizo arquitectura de cámara en el Tempietto del Pilar, Rafael Moneo sigue esa pauta.

El aeropuerto de Sevilla postula la planta de la mezquita de Córdoba, una Córdoba californiana, con un azul Rothko. Sus cuartetos Asplund pululan por doquier, Thyssen, Museo de Estocolmo, Atocha –cilindro y torre reloj-. Sus cuartetos Gropius son más pudorosos, patio del ábside basilical del Prado, torre rascacielos de Aragonia. Cuarteto Serra en los pasadizos de hormigón satinado de Harvard.

El arquitecto-mecenas

De Oteiza y Palazuelo a Antonio López y Cristina Iglesias. Otra faceta de Moneo son sus colaboraciones con grandes artistas, pintores o escultores.

En la catedral de Los Angeles anhelaba tener los muros decorados por David Hockney y esculturas de Shapiro. En Bankinter, 1977, el techo del hall es un Palazuelo. En Atocha, 1992, hay dos cabezas infantiles colosales de Antonio López. El Kursaal, 1999, es un cuarteto Oteiza. El Ayuntamiento de Logroño viene a ser una plaza porticada de Palazuelo con interiores de Asplund.

Leer la arquitectura con cierta solvencia visual no es floja tarea. Sobre todo, porque solemos ver el cascarón, sin percatarnos del reto de su costillaje o espinazo, su técnica estructural en el sentido de alta ingeniería. Hay una belleza del muro de carga –al estilo de Roma– en el Museo de Mérida, 1985, y hay una belleza más facilona o epidérmica del muro cortina, que se limita a forrar o envolver el regalo, que es como el lazo bonito a lo Borromini.

Aragonia como alcazaba zaragocí

El proyecto de Zaragoza es un auténtico “tour de force” del último Moneo. “Tour de force” como compendio de su obra, y “tour de force”, incluso en la audacia de su estructura –jácenas de nueve metros de luz-. El perfil de la manzana de Aragonia es una montaña rusa. Recuerda a las grandes fortalezas medievales, Montearagón, Peñafiel, Loarre, incluso a la Aljafería.

El compositor de trams visuales

La torre del homenaje sería el rascacielos reticulado Gropius, las torres de apartamentos bostonianos serían los torreones menores a lo castillo de Coca. El hotel Reina Petronila serían dos bastiones de la ciudadela Aragonia, un bastión Kursaal, acristalado, y un bastión de caliza dorada a lo Bankinter.

En este sentido, Rafael Moneo es un gran compositor de tramas visuales, un Haydn-Aalto, algo así de sofisticado y sencillo a la vez. Con Aragonia y Panticosa, Rafael Moneo rinde un soberbio homenaje a su madre aragonesa.

Voz y ecos desangelados

A distinguir me paro, dijo Machado, las voces de los ecos. Podemos ver un ejemplo de voz propia, en el retablo romano del Ayuntamiento de Murcia, todo un reto para Moneo, salir airoso de una plaza barroca, con la invención de una fachada estilo Mondrian, casi un teclado de clave de Bach, las Goldberg de Moneo, y luego ver el eco mimético en el propio Zaragoza, el edificio de Puerta Cinegia, un pastiche desangelado del Moneo de Murcia.

Visto por Michael Moran

El libro es una joya en dos sentidos, los textos de Moneo, y las fotos del neoyorquino Moran. Vemos la faceta más literaria del profesor Moneo, por ejemplo, al contarnos los avatares de edificios antiguos de Madrid, como el palacio Villahermosa o el Museo de Villanueva, el Prado. En estos casos, Moneo nos suena a Azorín, al hacernos bucear en el pasado de unos muros de Madrid. No conocíamos esa faceta de Moneo. Por supuesto, el meollo del libro es el análisis técnico de sus obras, sus maestros, los conceptos claves de la arquitectura, el diseño de la planta, y otras lindezas propias del oficio.

Las fotografías de Michael Moran convierten el libro en una fiesta visual. Vemos lo mejor de Rafael Moneo revelado por un gran fotógrafo.

Etiquetas