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VIOLENCIA DOMÉSTCA

La dificil tarea de salir de los malos tratos

La abuela María, de 73 años, tiene tras de sí una historia de 20 años de malos tratos,incomprensión y dolor. Una experiencia que superó con su falta de miedo y que ahora ha recogido en un libro.

María Domínguez cuenta su vida con un maltratador para animar a no desistir.
La dificil tarea de salir de los malos tratos
NACHO GALLEGO/EFE

María Domínguez Meriel, la abuela María, tiene 73 años y una historia detrás de malos tratos, incomprensión y dolor, mucho dolor, superado con su falta de miedo, la misma que la llevó a denunciar a su marido día tras día, sin éxito, y a escribir ahora su vida, para animar a no desistir. «Que no tengan miedo, que no desistan, que no crean nunca lo que les diga el maltratador, porque vuelven a las andadas» es el mensaje que lanza María Domínguez tras relatar su vida con un maltratador con el que tuvo seis hijos y del que solo logró separarse por lo canónico, tras mediar el Arzobispado de Valladolid.

La abuela Maruja, como la llaman sus allegados, es una mujer sencilla, nacida en Villardondiego, en Zamora, en una familia de padre pastor y madre ama de casa; la mayor de tres hermanos, con una infancia «muy feliz», y ese espíritu inquieto que la llevó a los 16 años a marcharse a Toro.

Solo había tenido un novio durante tres años y por carta, cuando conoció al que sería su marido y maltratador, un fontanero vividor con el que se casó a los 19 años. Nada más casarse vio que aquello no iría bien, pero su amor, su intento de salvar el matrimonio y sus cinco hijos -una murió- le obligaron a convivir con él hasta los 38 años, en medio de celos, insultos, golpes e infidelidades. «Entraba en la habitación como una culebra, me agarraba por los pelos y me daba contra la cuna metálica de la niña más pequeña. Tenía los pechos negros como el carbón de los golpes», evoca.

¿Qué hago?

«¿Qué hago para separarme?», se preguntaba María, que recurrió a don Blas, entonces párroco de las Hermanitas de la Cruz de Valladolid, a quien le espetó: «O me dice cómo me separo o hay una muerte, no aguanto más». Y dio sus frutos; su separación, una de las primeras canónicas, dio paso a que el juez echara de casa a su marido, aunque todavía le quedaban días de denuncias falsas y varios años en los que él continuó acechándola, persiguiéndola.

La separación la movió a escribir sobre su experiencia. Reunió una docena de cuadernos que años más tarde encontró y que se animó a dar forma, llenar huecos y refrescar la memoria hasta conformar las más de cuatrocientas páginas de «impotencia, dolor y fatiga» que resumen lo vivido y para las que busca un editor.

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