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FUERZAS ARMADAS

Diez años sin historias de la mili

El servicio militar obligatorio desapareció a finales de 2000; desde entonces, los cambios sociales y la inversión han consolidado el Ejército profesional. Ser soldado se asocia con un oficio atractivo en un contexto de crisis.

De las 1.500 pesetas a los 800 euros. Del rancho militar al menú. De los barracones con literas a las espaciosas habitaciones con tele último modelo. De las maniobras internas a las misiones internacionales de pacificación. De los carnés de conducir a la enseñanza del plan Bolonia. Del encierro en los cuarteles a la presencia en emergencias civiles. Desde que el ordenador del Ministerio de Defensa dejó de asignar los últimos destinos del reemplazo, hace ahora diez años, ninguna institución del Estado ha mutado tanto como las Fuerzas Armadas.

Los cambios sociales y el impulso inversor han consolidado el modelo militar profesional pese a las dudas iniciales sobre la desaparición de la mili. Hay más soldados que nunca: 84.336 de tropa y marinería frente a 72.209 de hace una década. La demanda de ingreso quintuplica a la oferta: alimentada sobre todo por la crisis económica y el paro juvenil. El Ejército se reafirma como la entidad que más confianza suscita a la opinión pública, por delante incluso de la monarquía. Y ser soldado ya es el noveno oficio más valorado por los españoles, según el CIS.

¿Cómo es posible una metamorfosis tan radical en este breve espacio? ¿Y más viniendo desde una visión tan impopular como era la mili? "Hoy, los tiempos han cambiado y el Ejército profesional se amolda mejor a los escenarios de las operaciones actuales, a las características de nuestra sociedad y a la gran importancia de la tecnología en el empleo de las Fuerzas Armadas. Nuestros soldados y marineros siguen siendo ciudadanos y soldados, pero ahora son ellos los que libremente eligen servir en sus ejércitos, y optar con frecuencia al desarrollo de una carrera profesional en su seno".

La respuesta del Jefe de Estado Mayor de la Defensa (Jemad), general José Julio Rodríguez, en la clausura de una conferencia sobre el aniversario de la mili, celebrada a mediados de noviembre, justifica la imposición del modelo profesional en la mayoría de los ejércitos occidentales por "razones prácticas". El Jemad considera que "a ninguna sociedad" le resulta fácil sostener durante largo tiempo la dura carga que supone un modelo para sus conciudadanos y asegura que "solo en aquellos momentos" en los que una amenaza cercana y bien definida se cierne sobre la seguridad nacional "se acepta de buen grado la recluta y movilización de una parte sustancial de la población".

Patriotismo

En España, la vigencia de la mili duró poco más de cien años.

El sistema tuvo un comienzo muy diferente al de otros países europeos y nació lastrado por las circunstancias bélicas del momento. No se identificó con la necesidad de rendir cuentas a un enemigo extranjero en nuestras fronteras, sino con la descolonización de Cuba y Filipinas, primero, y con la del protectorado del Rif -la región montañosa del noroeste de África- después. Fueron guerras sangrientas e impopulares ya que, además del contexto político, el reclutamiento forzoso recayó en las clases más deprimidas.

El ardor guerrero, por lo tanto, no se asoció con el sentimiento de nación o con la defensa de la territorialidad frente a la amenaza externa. Una impresión que no varió ni en la segunda República ni en la Guerra Civil ni en la dictadura franquista. Por ello, la llegada de la democracia trajo consigo una progresiva contestación popular que derivó en el 4 de noviembre de 2000.

Después de una importante controversia en el seno del Gobierno del Partido Popular de José María Aznar, ese día se celebró el último sorteo de la mili obligatoria. Un año después se suspendió oficialmente el servicio forzoso y se enterró al soldado de reemplazo.

Por aquella época, el creciente rechazo social quedó reflejado en un dato objetivo: la cifra de objetores de conciencia. Desde que esta figura fue regulada en 1985 -cuando se introduce la prestación social sustitutoria- hasta que se suprimió la mili se pasó de 5.000 a 170.000 peticiones, más del doble de las tropas regulares en ese momento. De ahí el temor de algunos políticos y militares a que el final del servicio militar forzoso repercutiera en el reclutamiento de soldados.

Los recelos no eran infundados, ya que el alistamiento cayó en picado durante los tres primeros años del modelo profesional. A partir de octubre de 2003 se intentó paralizar el descenso del reclutamiento con una medida de impacto: aumentar un 30% el salario de los militares, hasta los 217 euros al mes, y abrir la puerta de los cuarteles a los nacidos en el extranjero. Pero no fue hasta noviembre de 2005, ya con el Gobierno socialista en el poder, cuando se empiezaron a atisbar los primeros resultados.

Mujeres e inmigrantes

Nuevos incrementos de sueldo, formación académica superior y estabilidad laboral convirtieron la milicia en una opción cada vez más atractiva. No solo para los varones, sino también para las mujeres y los inmigrantes, que cada vez tienen más presencia en las Fuerzas Armadas.

A finales de 2006 se acometieron nuevos incentivos económicos y, en coincidencia con el comienzo de la recesión económica y el aumento del paro juvenil, la demanda para ingresar en el Ejército se disparó (43.000 en 2007; 78.000 en 2008, y 127.000 en 2009). El punto culminante llegó en febrero, cuando se alcanzan los 86.112 efectivos de tropa y marinería, por encima del objetivo de fuerza (número de soldados precisos para garantizar la defensa) que fijó el Congreso.

A igual que otros países como Alemania, cuyo Gobierno acordó el pasado miércoles abolir el servicio militar obligatorio y dejar el Ejército en 185.000 soldados, la mili en España no fue abolida, solo suspendida de la Constitución, por si hubiera que abrir de nuevo la puerta al alistamiento forzoso. Una opción improbable pero aún presente.

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