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La sociedad catalana amplía su perfil soberanista

La sociedad catalana, que reúne una amplia gama de sentimientos identitarios que están a punto de medirse en unas elecciones autonómicas, ha tomado ahora nuevos rumbos.

Un momento de la manifestación contra la sentencia del 'Estatut' celebrada en Barcelona el pasado 10 de julio.
La sociedad catalana amplía su perfil soberanista
ALBERTO ESTéVEZ/EFE

Cataluña tiene algo de Argentina europea: presenta una acusada querencia por el diván psicoanalítico. Gusta de autoexaminarse, sabedora -y hasta cierto punto orgullosa- de lo complejo de su idiosincrasia. No es para menos. En un territorio relativamente pequeño (un 68% del aragonés) conviven siete millones largos de personas, dos lenguas mayoritarias y una variedad identitaria que puede llegar a desconcertar. La cuestión catalana no es de ego -como suele atribuirse a la nación latinoamericana- sino de egos, en plural. ¿Personalidad múltiple? Podría ser, pero hasta el momento sus habitantes han sabido evitar el riesgo de una fractura en comunidades enfrentadas.

El punto de partida es sobradamente conocido: un segmento minoritario de la población catalana (el 20,3%, según el último Barómetro de Opinión Política) no se siente española. Otro, más minoritario aún (5,5%), no se siente catalana. Y entre ambos, como un colchón de infinitos grises que absorbe los impactos de un bloque blanco y otro negro, la mayoría de los ciudadanos afirma combinar ambos sentimientos repartidos en diversos grados. Este último grupo engloba a casi 72 de cada 100 catalanes: argamasa social suficiente como para mantener unido un edificio más estable de lo que en ocasiones puede parecer. No en vano, los porcentajes de pertenencia se han mantenido relativamente inalterados en la última legislatura.

Relativamente. Porque el grupo de quienes entienden su catalanidad como un sentimiento excluyente ha crecido como nunca antes. "El independentismo es hoy un grito de protesta de una parte significativa de la sociedad", señala Enric Juliana, subdirector de 'La Vanguardia'. El fallo del Tribunal Constitucional sobre el 'Estatut' o las demandas de un nuevo sistema que equilibre la balanza fiscal alimentan el descontento del 'català emprenyat' (catalán enfadado).

La catalanofobia

Y, sobre todo, una palabra de nuevo cuño que refleja un agravio antiquísimo: la 'catalanofobia'. La imagen de una Cataluña acosada a manos del sector político y mediático más ultramontano del resto de España da alas a quienes pregonan la pertinencia de un Estado propio. "Queda demostrado que la principal fábrica de catalanistas se halla radicada en Madrid", escribe el historiador y presentador de televisión Toni Soler.

El independentismo enuncia además una decepción: la imposibilidad de reformar España desde su esquina nororiental. "El grupo de gente que creemos en esa opción estamos encogiendo", confiesa Juliana a HERALDO. "La manera en que el Constitucional recortó el 'Estatut' supuso un portazo en nuestras narices", valora quien, como delegado de su diario en Madrid, constituye de los observadores más aguzados de la vida política española. Es el mismo trayecto que ya recorriera el poeta Joan Maragall hace un siglo: el fracaso del 'Escucha, España' como germen del 'Adéu, Espanya'.

Pero Cataluña también tiene algo de Escocia mediterránea. No solo porque en la isla exista igualmente un debate constante entre quienes compaginan dos sentimientos -escocés y británico- y quienes los oponen. Si los nacionalistas vascos miran a Irlanda en busca de un espejo al que asomarse, los catalanistas prefieren legitimarse con el modelo escocés: más refinado, más pactista. Y este verano, Cataluña fue más escocesa que nunca, al menos literariamente. Lo que ocurrió en plena canícula habría bastado para que el edimburgués Robert Louis Stevenson hubiera escrito una versión colectiva de su novela 'El Doctor Jekyll y Mister Hyde'.

Polarización identitaria

Entre la tarde del 10 de julio y la noche del 11, la polarización identitaria de Cataluña tomó las calles pacíficamente. A la manifestación masiva en defensa del 'Estatut' le siguieron, un día después, celebraciones multitudinarias por el Mundial de fútbol logrado por España. "Hubo gente que participó en ambos actos. Muchas personas que no pertenecen al clásico perfil independentista se están acercando a su proyecto sin dejar de ser españolas", asegura la periodista argentina Patricia Gabancho. Suena esquizofrénico, pero se explica por el bolsillo.

Porque Cataluña tiene, además, algo de Padania hispánica. El secesionismo catalán, como el del norte de Italia, está soltando lastres en lo emocional, en lo atávico, para adentrarse en el campo de lo práctico, de lo económico. Donde la Liga Norte habla de una región rica expoliada por el sur 'terrone', desde Esquerra Republicana se pregona que "en Andalucía no paga impuestos ni Dios". Es lo que el ensayista italiano Paolo Rumiz ha definido como "secesión ligera", una especie de alejamiento mental del Estado.

Ello permite un fenómeno nuevo: un independentismo en castellano. El perfil soberanista se amplía con aquellos que, sintiéndose españoles, ven insatisfecha la ambición de revisar el encaje de Cataluña con el resto del país. "Nosotros pedimos unas cosas y ellos no nos las quieren dar", que diría Xavi Hernández Creus, 98 veces internacional con la selección española. En el fondo, muchos 'catalàns emprenyats' no dejan de ser españoles cabreados.

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