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ELECCIONES EN CATALUÑA

'Adéu tripartit'

La entente entre socialistas, republicanos y ecologistas alumbrada en 2003 con el objetivo de impedir la investidura de Mas ha envejecido mal.

Montilla (d), acompañado por el alcalde de Sabadell, Manuel Bustos, en el acto electoral que el PSC protagonizó en esa localidad ayer.
'Adéu tripartit'
A. G./EFE

Pegadas de carteles, rumores de encuestas, candidatos en plena ebullición de promesas y sonrisas? No cabe duda: Cataluña se encuentra inmersa en una nueva campaña electoral, la novena de su 'Parlament' autonómico tras la reinstauración de la democracia, y en el ambiente flota un innegable aroma a fin de ciclo. Algunos miran al calendario y evocan los días de otoño de 2003, cuando esos mismos aires de cambio irrumpieron en el Palau de la Generalitat para barrer la herencia del pujolismo, tras un cuarto de siglo de omnímodo poder convergente.

Siete años de tripartito y dos presidentes autonómicos después, los vientos políticos parecen dispuestos a cambiar de nuevo su dirección en la plaza de Sant Jaume. La discordante pero novedosa entente entre socialistas, republicanos y ecologistas alumbrada en aquel noviembre de 2003 con el único objeto de impedir la investidura del candidato más votado y delfín de Jordi Pujol, Artur Mas, ha envejecido mal.

Siete años no constituyen un periodo excesivamente largo en términos de poder -no llega ni para cubrir dos legislaturas completas-. Sin embargo, las confrontaciones han sido tan numerosas que han convertido al periodo reciente de la política catalana en el más farragoso desde la recuperación de las libertades democráticas. Desacuerdos entre las formaciones del Gobierno, roces con comunidades vecinas, discrepancias con el Ejecutivo central, tensiones con el Poder Judicial? Tanta inestabilidad ha exudado esta fórmula a tres bandas que su propia mención ha quedado lastrada por las connotaciones negativas.

El espíritu catalán alberga una dualidad insondable: el 'seny' y la 'rauxa'. Algo así como el sentido común y la rasmia. Josep Pla o Salvador Dalí. Fiabilidad contra genialidad.

La acertada combinación entre ambas vertientes convirtió en el pasado al rincón nororiental de la península en un ejemplo de progreso ordenado. En 2006, la personalidad arrolladora de Pasqual Maragall ('rauxa' pura) fue reemplazada, con la bendición de José Luis Rodríguez Zapatero, por el perfil más plano de José Montilla ('seny' monocorde).

Las malas lenguas especularon entonces con un posible acuerdo entre Zapatero y Mas: el primero evitaba a un socio tan incómodo como ERC y se ganaba un amigo en el Congreso tan valioso como CiU. A cambio, el segundo recuperaba la Generalitat. Pero, en un sorprendente golpe de 'rauxa', Montilla malbarató el pacto y repitió con Esquerra e Iniciativa. En cualquier caso, el cambio de líder no frenaría cierta sensación de descoordinada improvisación heredada del primer tripartito.

Artur Mas lo sabe bien

Artur Mas, que lleva calentando el banquillo de la oposición todo este tiempo, lo sabe bien. "Necesitamos un gobierno fuerte. Un gobierno de coalición será débil incluso aunque esté CiU" repite de carrerilla estos días.

Con aspecto de alumno que se siempre supo las respuestas, Mas ha visto cómo le quitaban por dos veces el diploma tras aprobar el examen. Por eso, ante su tercera prueba, prefiere no confiarse: "El próximo día 28 no nos jugamos que Cataluña sea independiente; nos jugamos que se vaya o no a hacer puñetas", proclamó la madrugada del jueves para espolear la participación de sus acólitos más confiados.

Consciente de que su acceso al 'Govern' es fruta madura, Mas aspira a dibujar una campaña en positivo. Teme que un combate a cara de perro pueda movilizar al desencantado electorado socialista u obligar a sus contrincantes a pellizcarle en el talón de Aquiles: el caso Palau, un escándalo de corrupción vinculado a la financiación de Convergència i Unió.

Por su parte, Montilla acude al ring de boxeo asumiendo el papel de aspirante al título y no el que le corresponde como vigente campeón. Su agenda para las próximas dos semanas contempla un viraje para recuperar el cinturón obrero de Barcelona con un eslogan ni-ni: "ni de derechas ni independentista", que marca distancia con ERC, CiU y PP. Y tiene por delante tres mítines conjuntos con Zapatero, cuya efectividad electoral parece al menos cuestionable.

Por detrás de los dos candidatos reales a presidir el próximo gobierno catalán, se vislumbra un paisaje de fondo algo descorazonador. El de un motor económico gripado. El de una comunidad con una dualidad identitaria cada vez más marcada. El de un cierto riesgo de ensimismamiento cultural. Y sobre todo el del desencanto democrático, con una abstención galopante y la posible entrada de nuevas formaciones de cuño populista.

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