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Cuatro grandes lagunas del 17-A persisten cinco años después

La sentencia no aclaró la relación del imán con el CNI ni los objetivos originales de la célula o por qué no se activaron los protocolos tras la explosión de Alcanar.

Homenaje de las víctimas en el Parque de la Esperanza, ubicado en la avenida de Cataluña
Homenaje de las víctimas en el Parque de la Esperanza, ubicado en la avenida de Cataluña
Daniel Marcos

El 27 de mayo de 2021 la Audiencia Nacional hizo pública su sentencia sobre los atentados de Cataluña de agosto de 2017. El extenso fallo que firmó Félix Alfonso Guevara zanjó que aquellos ataques que sesgaron la vida de 16 personas y dejaron no menos de 300 heridos fueron obra exclusivamente de un comando yihadista cuyos integrantes murieron en la explosión de la casa de Alcanar, en el tiroteo con los Mossos en Cambrils y en el enfrentamiento con los policías autonómicos en Subirats, donde fue abatido Younes Abouyaaqoub, el conductor de la furgoneta de las Ramblas.

El pasado 13 de julio la Sala de Apelación de la Audiencia Nacional, más allá de alterar levemente las penas de dos de los tres condenados en el juicio (Mohamed Houli Chemlal, Driss Oukabir y Said Ben Iazza), certificó el carácter exclusivamente yihadista de aquellos ataques e insistió en que los responsables directos de los atentados están todos muertos.

Pero, a pesar de la contundencia de los fallos, la teoría de la conspiración sobre el 17-A sigue viva cinco años después. Desde ciertos sectores soberanistas se insiste en que los atentados llegaron a perpetrarse por la pasividad buscada del CNI, interesado en que un gran atentado pusiera en peligro la celebración del referéndum del 1-O que tendría lugar un mes y medio después. O que el atentado lo que realmente pretendía era abrir la puerta a la entrada masiva del Ejército en Cataluña para evitar el proceso soberanista.

En estos cinco años no ha habido una sola prueba que avale estas tesis, pero en el 17-A, como ocurre en todas las investigaciones de grandes atentados terroristas, subsisten algunas lagunas que no pudieron despejar ni la instrucción ni la sentencia y que siguen dando aliento a esta teoría conspirativa.

El imán y el CNI: Nunca se ha sabido cómo acabó la relación

La sentencia no hizo una sola mención al hecho de que el imán de Ripoll y líder de la célula, Abdelbaki es Satty , fuera confidente del CNI, que lo captó mientras estuvo preso por tráfico de drogas entre 2010 y 2014. Ese hecho, unido a la circunstancia de que Guevara impidió en el juicio que se introdujera en la sala esa relación, han seguido avivando en los últimos tiempos las teorías 'alternativas'.

Los servicios secretos reconocieron desde el principio estos contactos. Incluso, el exdirector del CNI, el general Félix Sanz Roldán, lo admitió sin tapujos cuando compareció en la Comisión de Secretos Oficiales en marzo de 2018 para hablar sobre los atentados. Pero ni el CNI ni la policía catalana, tampoco la Policía Nacional ni la Guardia Civil, tenían bajo seguimiento u observación telefónica al imán o al resto de la célula de Ripoll. Es más, no hay ni una sola prueba que demuestre lo contrario.

Las sombras sobre este asunto han persistido también porque los servicios secretos nunca han explicado cómo, cuándo y por qué se rompió su relación con Es Satty.

Los objetivos: la muerte de los terroristas impidió conocer los planes

No hay discusión en que los atropellos de las Ramblas fueron un atentado improvisado tras la explosión de Alcanar y que ese no era el objetivo primigenio de los terroristas. La célula fabricó entre 200 y 500 kilos de "madre de Satán", el explosivo casero más potente que se conoce. También había confeccionado 19 granadas de mano, trabajaba en la fabricación de fajas bombas para suicidas, había alquilado cuatro vehículos para posibles atropellos y había adquirido numerosas armas blancas. Sin embargo, se desconoce exactamente dónde los yihadistas querían atentar con ese formidable arsenal.

En los dispositivos de los terroristas aparecieron fotos de lugares susceptibles de ser objetivos de atentados como la Sagrada Familia, Port Aventura, la Plaza de Cataluña, la Torre Agbar de Barcelona, el Camp Nou, la Torre Eiffel, el Santiago Bernabéu, el Museo Thyssen de Madrid o algunos lugares de Toulouse. Los terroristas realizaron también obsesivas búsquedas en sus móviles de lo que también podrían ser lugares para atacar: 125 búsquedas sobre la Audiencia Nacional, 106 sobre La Tomatina de Buñol, 219 sobre el embalse de Riudecanyes en Tarragona o 104 búsquedas sobre la Alhambra de Granada. Pero como todos los integrantes de la célula murieron, jamás se ha podido determinar cuáles eran sus planes. No hay una verdad oficial sobre este aspecto crucial.

Descontrol: Compulsiva compra de precursores

Los terroristas compraron 480 litros de peróxido de hidrógeno y 500 de acetona, además de 25 litros de ácido sulfúrico y 20 bombonas de gas GLP en una decena de localidades catalanas y en la castellonense de Vinaroz. Fueron compras repetitivas de precursores de explosivos entre el 27 de junio y el 14 de julio de 2017, que ya por entonces estaban sometidas a restricciones. Los compradores fueron, al menos, cinco de los propios terroristas, jóvenes magrebíes, sin ninguna actividad profesional que justificara la adquisición de esos productos.

Sin embargo, nadie avisó a las autoridades sobre estas adquisiciones pese a que desde 2013 existía una regulación de la Unión Europea que obligaba a ello y restringía la venta de estas sustancias. Ni la sentencia ni la instrucción entraron en ese descontrol de los precursores.

Alcanar: La explosión no activó los protocolos

La casa de Alcanar, el cuartel general de la célula que explotó pasadas las 23 horas del 16 de agosto, sigue siendo otra de la gran laguna de los atentados. El estallido se produjo 17 horas antes del atropello masivo de las Ramblas y, sin embargo, en todo ese tiempo los Mossos no activaron los protocolos antiyihadistas a pesar de que sus servicios antiterroristas se personaron a las 00.25 del 17-A y comprobaron que había decenas de bombas de butano y de oxígeno. Para las dos de la madrugada de ese jueves, los agentes ya sabían que había garrafas de acetona vacías y que la casa estaba habitada por jóvenes magrebíes.

Los agentes solo apuntaron en esos momentos la tesis de que se trataba de un laboratorio de drogas, a pesar de que la tremenda deflagración de la que hablaban los testigos no se explicaba por la existencia de sustancias para fabricación de estupefacientes.

Sin conocer todavía el origen de la explosión, los Tedax comenzaron a desescombrar sin demasiada prevención los restos del chalet, provocando una segunda explosión el 17 de agosto, que acabó por destruir todavía más pruebas.

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