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Los superincendios consumen España

La ola de calor más intensa que se recuerda encadena 40 fuegos de más de 500 hectáreas, el equivalente a la suma de cinco veranos. Las llamas han arrasado en 2022, oficialmente ya el peor año del siglo, tres veces más territorio que en la última década.

Incendio en Boiro.
Incendio en Boiro.
EFE/Óscar Corral

Ya es oficial. España vive el peor año de incendios desde el comienzo del siglo. Los datos del Ministerio de Transición Ecológica corroboran lo que los equipos de extinción avanzaban desde hace días. Las hectáreas arrasadas por el fuego en los primeros siete meses superan con creces el récord de siniestros forestales de 2012. Ese año, que hasta hoy parecía irrepetible, se calcinaron en España 12.000 hectáreas menos que entre el 1 de enero y al 31 de julio pasados.

Para apreciar la magnitud de este verano de fuego hay que tener en cuenta que las 162.447 hectáreas oficialmente devastadas por las llamas son más de tres veces la media de la superficie que se quemó en los diez años anteriores. De hecho, muy posiblemente, es un cálculo conservador. Copernicus estima que el fuego ha calcinado en España en lo que va de año 237.000 hectáreas. Es más, el sistema de satélites científicos de la UE concluye que el 40% de todos los montes y arboledas arrasados este año por las llamas en el continente están en nuestro país.

Pero más preocupante que la enorme superficie forestal perdida es que España está siendo consumida por los superincendios, por monstruos de fuego de más de 500 hectáreas alumbrados por la conjunción de las olas de calor y los polvorines de maleza y matorrales secos en que se han convertido los bosques como resultado del abandono rural.

Monstruos incontrolables

Se están cumpliendo punto por punto las predicciones y avisos más sombríos de naturalistas y ecologistas. Pocos incendios, pero terroríficos. Decenas de fuegos forestales desbocados y explosivos, con una potencia calorífica descomunal y una velocidad de propagación vertiginosa, que en cuestión de minutos desbordan la capacidad de los dispositivos de extinción y que no es posible controlar ya en muchos días. Exactamente lo que ocurrió a media tarde del 17 de julio en Losacio, en la sierra de Zamora. Un rayo prendió un bosque seco y repleto de maleza a 40 grados de temperatura ambiente. En los primeros 60 minutos ardían 1.500 hectáreas. Tres horas después eran 10.000. Cinco días más tarde el fuego paró tras engullir 35.960 hectáreas. Es el mayor incendio del que hay registro.

Los datos no dejan lugar a dudas. En los últimos diez años la media de superincendios en España no llegaba a una decena por año. En 2012, el peor ejercicio del siglo hasta hoy, hubo 21 fuegos forestales de más de 500 hectáreas. Este verano, marcado por la ola de calor más intensa y larga que se recuerda, con el julio más tórrido de la estadística, ya se han producido 37 macroincendios, 42 si se cuentan los cinco de la última semana, aún no registrados.

El salto es terrible y desmesurado. Este verano los equipos de extinción se han enfrentado a cuatro veces más monstruos de fuego que en la última década. Son tantos como los acumulados en los últimos cinco años juntos y el doble que los ocurridos en el devastador 2012.

Hay una comparación que visualiza con claridad la velocidad a la que crece el número de superfuegos. La media de grandes siniestros de los últimos diez años fue de uno por cada 250 incendios forestales. La tasa en 2022, muchísimo más alta si solo se tuviese en cuenta el verano, es de un macrofuego por cada 59 incendios. Este salto explica por qué desde el 1 de junio se han registrado en España ocho megaincendios, cada uno con más de 10.000 hectáreas destruidas. Destacan el de Losacio, por ahora sin parangón, y el de la contigua Sierra de la Culebra, con 24.737 hectáreas, el cuarto mayor del siglo. Solo entre la provincia de Zamora (donde se ubican los dos anteriores) y la vecina Galicia se han quemado este verano más de 100.000 hectáreas, la mitad de lo que ha ardido en todo el país.

Los activistas medioambientales, que han acertado por completo con sus temores, avisan de nuevo. España tiene uno de los mejores dispositivos de extinción del mundo, pero su capacidad para enfrentar la nueva generación de incendios, los alimentados por el cambio climático, ha llegado a su tope como se está demostrando. La única forma de minimizar los monstruos de miles de hectáreas, por definición incontrolables cuando se desatan, es evitar que se produzcan. Se logra, aseguran, impidiendo que los bosques sean un polvorín -recuperando el pastoreo y la gestión silvícola que los desbrozan y limpian- y rodeándolos de pastos y cultivos, que actúan como cortafuegos naturales.

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