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Opinión

El gran quilombo

la política actual revuelve expectativas, ideologías y programas.
la política actual revuelve expectativas, ideologías y programas.
Krisis'19

Espero que a Consol Sánchez y su equipo de Radio 3 no les parezca mal que utilice la denominación de su programa para titular esta tribuna. Siempre que puedo escucho, en la mañana del sábado, su espacio radiofónico. En su blog describen que "pretende ser punto de encuentro de las músicas que se hacen en los países latinoamericanos, con toda su diversidad rítmica, geográfica, filosófica. ¿Un barullo? No... El Gran Quilombo". Y continúan destacando que es un programa "que nos ayudará a entender los ritmos de esta América llena de sorpresas rítmicas a través de la actualidad musical y cultural. Descubre los tesoros escondidos y las raíces de nuestra Madre Tierra en este continente y cómo han viajado a otros lugares del mundo". Pero más allá de las cuestiones musicales, de las entrevistas, de la diversidad de grabaciones, artistas y mundos, lo fascinante es la propia palabra: quilombo.

Es una de esas voces que, con el mero hecho de pronunciarla, transmite. Incluso sin saber qué quiere decir. He de confesar que cuando descubrí el programa hace casi una década tuve que buscar en el diccionario para ver qué significaba. Y primero me llevé la sorpresa en la RAE. Es un vocablo de origen africano del que se recogen tres acepciones: «1. Prostíbulo; 2. lío, barullo, gresca, desorden, 3. lugar apartado y de difícil acceso, andurrial». Después, indagando encontré que el término tiene bastante más densidad e historia. Está ligado a los asentamientos y formas de organización social de esclavos negros que conseguían escapar de su esclavitud, fundamentalmente en Brasil. En otras partes se denominaron palenques, coincidiendo en su razón de ser: esclavos fugitivos que se organizaban para vivir y resistir.

Hay un sinfín de relatos e historias que explorar. Son varias las investigaciones que han estudiado el quilombo como un fenómeno que comenzó en el siglo XVI. Llegó a ser incluso objeto de batallas, como el caso del Quilombo Dos Palmares, en el siglo XVII. Ese es un lugar mítico para quienes lo consideran clave en la génesis de la ‘conciencia negra’ y en la defensa de su libertad. Pero con el tiempo, a partir del siglo XIX, el término quilombo pasó a ser utilizado, especialmente en Argentina, para referirse a un prostíbulo de mala muerte, de condiciones insalubres y meretrices con ancestros africanos. Estos lugares atraían conflictos, peleas y desórdenes. Por eso, ‘organizar un quilombo’ acabó siendo sinónimo de lío y gresca. De esa manera quedaba lejos su etimología angoleña, que se refería a un grupo de guerreros que se asociaban mediante rituales iniciáticos. En cierta manera, es una idea sugerente pensar en un ‘gran quilombo’ para las músicas y artistas que vienen de Latinoamérica. Pero se puede ir más allá. Es posible dar otro salto simbólico y ‘metafóricamente’ traerlo a este siglo XXI. Vamos por partes.

¿Cabe decir que la situación política de esta España nuestra se ha convertido en un gran quilombo? Como dice mi santa, ¡va a ser que sí! Pero, ¿con cuál de las acepciones nos quedamos? Más de uno dirá que con la primera; pues serviría para reflejar las transacciones y apaños aritméticos vividos para conseguir la ansiada mayoría que permite conseguir el poder y gobernar. En esto hemos visto cómo se han prostituido ideologías, programas y expectativas. Unos de manera camuflada, otros sin ambages, pues no han tenido pudor a la hora de degradar su posición política abusando con bajeza para obtener su merecido beneficio. Algunos considerarán que la tercera acepción es la más pertinente, al menos como metáfora. La política profesional de estos días y en muchos municipios se ha convertido en un paraje extraviado, fuera de los caminos habituales. O sea, un andurrial. Ahora bien, y pondría la mano en el fuego, la mayor parte de la ciudadanía estamos asistiendo boquiabiertos a la política española en todos sus niveles como un lugar de líos, barullos y grescas. Nos tienen expectantes viendo cómo cocinan sus pactos, unos con publicidad otros con nocturnidad; pero todos con ganas de pillar el bastón de mando. Sin lugar a dudas, un gran quilombo.

Chaime Marcuello Servós es profesor de la Universidad de Zaragoza

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