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Una pasión española

El hemiciclo del Congreso durante el primer pleno de la legislatura.
El hemiciclo del Congreso durante el primer pleno de la legislatura.
Javier Lizón / Efe

Coincidiendo con las semanas entre elecciones, José Luis Gómez repuso ‘Azaña, una pasión española’, a partir de los textos del presidente de la Segunda República. El espectáculo tiene tres ejes: las circunstancias vitales y políticas de Manuel Azaña, la historia de España, y el arte y los paisajes españoles. Es un intenso monólogo sobre ámbitos críticos de su tiempo y de su pensamiento, algunos de los cuales pasan de generación en generación. Patria, guerra, reformas, territorios, progreso… En su caso, atravesados por su pasión por España, que él liga a defender la libertad y la democracia. Es lo que para Azaña era el "espíritu republicano" de su tiempo: la lealtad a un proyecto colectivo, con su orden jurídico democráticamente acordado, que hoy se sustanciaría en el patriotismo constitucional.

Mientras va y viene de un lado al otro del escenario, extraordinariamente caracterizado, y antes de afligirnos con su "Paz, piedad, perdón", Gómez/Azaña enuncia sus pesares y la sucesión de deslealtades que habían destrozado España. La de los militares levantados en armas; la de esa parte del pueblo que las había tomado por su cuenta al margen del Estado, y la de los territorios que aprovechaban la descomposición del país en beneficio propio. Impresionan sus lamentos sobre la deslealtad de los dirigentes de Cataluña. Azaña, que había sido uno de los principales apoyos del ‘Estatut’ de 1932, una vez perdida la guerra, recuerda que la Generalitat la había vivido "en franca rebelión e insubordinación". "Si no ha tomado las armas para hacer la guerra al Estado, será porque no las tiene o por falta de decisión, pero no por falta de ganas".

Es una obra de teatro que, como las buenas películas, te ronda durante días. Más si sumas la reflexión de Gómez, magistral en el papel, de que Azaña habría sido más cauteloso en la Constitución, «porque el nacionalismo es insaciable». A esas escenas se superponen las imágenes de la toma de posesión del Parlamento para constatar que seguimos en la noria: Cataluña se mantendrá muy presente, con una parte muy instalada en la desafección total.

El PSOE, igual que el bienintencionado Azaña en su primer año al frente del Gobierno de la República, ha apostado por la distensión tanto en su narrativa como en la designación de dos políticos catalanes para presidir el Congreso y el Senado. Y ya se ha materializado en los primeros gestos de Batet. En la sesión del martes tuvo una gran frase, casi azañista: "Ninguno de nosotros representa en exclusiva a España. Ni a ninguno de sus territorios. Todos somos del pueblo, pero ninguno somos el pueblo. En todas partes hay un otro distinto y legítimo". Eso sí, a la vez dilataba la suspensión, o no, como parlamentarios de los políticos presos.

Con esa mano tendida y ralentizada, el PSOE cree que puede mejorar las cosas y, de paso, preservar este domingo la ventaja de abril. Pero también se suma a la excitación ambiente en un Hemiciclo en el que casi la mitad de los diputados son mujeres pero donde el aire está sobrecargado de testosterona y actitudes permanentemente electoralistas. Olvidan que es el escenario donde, con todos los otros distintos, deben encontrarse o acordar por mayoría. Para hacer política y evitar que nos matemos: lo hemos hecho en el pasado, como llora un Azaña derrotado.

Y confiar en las instituciones. En España, el Estado funciona, aun cuando discutamos hechos y procedimientos. Hace unos días, los abogados del Estado a los que Manuel Goded preparó sus oposiciones le rendían tributo póstumo y publicaban en su honor la obra ‘Estudios jurídicos en homenaje a don Manuel Goded Miranda’. Los artículos de sus muy relevantes discípulos versan sobre la Constitución, la monarquía, las leyes, la educación y un largo etcétera, y constatan que, en todos los ámbitos, hay servidores públicos expertos en la defensa del Estado, que forman una urdimbre compacta y difícilmente sobornable. Como ejemplo, el juicio al ‘procés’ y el garantismo que lo ampara.

Lo que no tiene cura es el independentismo catalán y su querencia a la deslealtad. Más allá del circo del martes, la fortaleza del Estado y de sus frenos facilita dar una oportunidad a las políticas de distensión para ganar más catalanes a favor de Cataluña en España y para disminuir el bloque independentista. Poco más… pero ya sería un éxito. Puede que hasta para Azaña.

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