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Nacional

Manual del candidato

ACTUALIZADA 16/03/2019 A LAS 02:00
sinpib
Hoy en día no es el PIB lo que da sentido a la política ni a la vida.
Krisis'19

Michael J. Sandel, último premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, está considerado como el filósofo más influyente de la actualidad sobre todo por su libro ‘Justicia: ¿hacemos lo que debemos?’. Según su teoría, la justicia se aborda desde tres dimensiones. La primera, desde el bienestar social o, como dicen los utilitaristas, de cómo podemos buscar la mayor felicidad para el mayor número de personas. La segunda dimensión, la libertad individual, donde se engloban un amplio espectro de liberales, desde los más radicales defensores del libre mercado a los partidarios de medidas correctoras. La tercera perspectiva para abordar la justicia es la virtud, que se suele asociar, en el contexto de las guerras culturales, con los conservadores.

¿Qué perspectiva de las tres domina en nuestros días? Claramente la primera, el utilitarismo. A los gobernantes, sobre todo, les preocupa el Producto Interior Bruto. Consideran que el objetivo de la política es potenciar el bienestar en función de este índice. Pero numerosos economistas creen que el PIB (el valor de mercado de todos los bienes y servicios producidos por un país) es hoy una medida muy imperfecta del bienestar de una sociedad (Joseph E. Stiglitz). Lo cierto es que este indicador hegemónico de la actividad económica es un constructo que requiere muchas simplificaciones y extrapolaciones, cuyos detalles poca gente conoce. Además, es fruto de una época histórica, la de la expansión del capitalismo industrial, ya superada.

Sandel, vinculado al ‘republicanismo cívico’ que reclama mayor protagonismo de la sociedad civil, concluye su libro sobre la justicia apelando a la idea de reestructurar el capitalismo: "Los mercados son instrumentos útiles para organizar la actividad productiva. Pero a no ser que queramos que el mercado reescriba las normas que gobiernan las instituciones sociales, necesitaremos un debate público sobre los límites morales del mercado". Sin embargo, los partidos políticos siguen obsesionados por el PIB, siguen anclados en la idea de que maximizar la producción es la mejor expresión del éxito económico y también social. De ahí el desencanto de muchos ciudadanos con la vida política (en este sentido, José Tudela acaba de publicar, como coeditor, ‘Libro Blanco sobre la calidad democrática en España’). La gente quiere que se gobierne sobre cosas que vayan más allá de los fríos cálculos numéricos. Primero, porque si usamos únicamente el PIB para medir el progreso de nuestras economías, la mejora de nuestra vida es a costa del planeta. Y segundo, porque la tiranía del PIB no tiene en cuenta asuntos en auge como la calidad de vida o la reivindicación feminista.

La polémica no es nueva. En la campaña electoral de 1968 en EE. UU., Robert Kennedy lanzó una mordaz crítica a la idea de usar el PIB como medida del grado de felicidad que tiene un país: "El PIB no tiene en cuenta la salud de nuestros niños, la calidad de su educación o el gozo que experimentan cuando juegan. No incluye la belleza de nuestra poesía ni la fuerza de nuestros matrimonios, la inteligencia del debate público o la integridad de nuestros funcionarios. No mide nuestro coraje, ni nuestra sabiduría, ni la devoción a nuestro país. Lo mide todo, en suma, salvo lo que hace que la vida merezca la pena". Meses después de pronunciar este discurso, Bobby Kennedy fue asesinado, por lo que (como dice Zygmunt Bauman en su libro ‘El arte de la vida’) nunca sabremos si hubiera podido gobernar siguiendo los dictados de lo que da verdadero sentido a la vida.

Los líderes políticos españoles están lanzándose estos días a la campaña electoral con nuevas y sofisticadas estrategias de márquetin, pero con el viejo manual del candidato bajo el brazo. Un manual que proclama que el PIB es la medida de todas las cosas y el mejor caramelo para conquistar a los votantes. Y es cierto que es importante, como demostró el aspirante Bill Clinton con su memorable lema de campaña: "¡Es la economía, estúpido!". No obstante, hoy más que nunca estamos comprobando que no es el PIB lo que da verdadero sentido ni a la vida ni a la política.

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