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Opinión

Cuanto peor, mejor

Cuando se abandona el razonamiento, predomina la demagogia.
Heraldo de Aragón

Cuanto peor, mejor para todos. Y cuanto peor para todos, mejor. Mejor para mí el suyo beneficio político». Es una frase de Mariano Rajoy pronunciada el 13 de junio de 2017, en el Congreso de los Diputados, durante el debate de la moción de censura que planteó Podemos. En esa ocasión, con esta enrevesada frase, difícil de entender, parece que trataba de insistir en una idea: que a Pablo Iglesias le favorece que a España le vaya mal. No sé si ahora de nuevo la diría, ni a quién le beneficiaría, al contemplar en las últimas semanas la profunda polarización y, a veces, la irrespirable atmósfera política. Dado que se ha desmesurado la crítica al adversario, sin consideración ni respeto a las reglas que exige la cortesía parlamentaria.

También se distorsionan los hechos utilizando datos falsos, que se repiten continuamente para crear una realidad alternativa. Se están empleando todo tipo de armas para desgastar al contrario.

He explicado muchas veces en clase que para destruir al adversario el insulto siempre ha jugado un papel muy importante. Era violencia verbal en sublimación de la violencia oculta, contenida, insaciable. Insultar era como disparar. Esta ira que estamos viendo con demasiada frecuencia, como todas las pasiones, es eficaz para movilizar, pero no para razonar. La ira no sirve a la política democrática porque no concibe la alternancia, solo la destrucción del rival. La apuesta por el insulto y la ira en política es, además de ética y moralmente cuestionable, un camino sin retorno. Empiezas por negar la verdad y acabas negando a tu adversario, no ya tan solo sus razones, sino sus derechos. El insulto es, también, un síntoma de cobardía. Es tan cobarde como barato. No tiene casi nunca costes reales, solo éticos o estéticos. Y lo que considero todavía más grave: este modelo se está contagiando. Dicha polarización disuade a los reflexivos, inhibe a los tolerantes y enfanga el campo de juego democrático contaminando a los rivales de animadversión y hostilidad. Soy de las personas que pienso que las consecuencias de dicha estrategia pueden llevar a fragilizar la democracia y hasta inducir un debilitamiento de la economía.

Sin ir más lejos, hace unos días, al dar los últimos datos de la coyuntura, Bruselas admitía que la tensión política y social estaba lastrando el crecimiento de la zona euro y revisaba a la baja las previsiones para el año en curso.

Siempre me ha parecido que la política es el arte de resolver problemas y para ello es necesario dialogar. Pero ahora, el que lo intenta es considerado un traidor.

Frédéric Lenoir, filósofo francés, acaba de publicar ‘El milagro de Spinoza’ y nos recuerda cómo todo el pensamiento de este reposa, de hecho, en la idea de que será más fácil que un individuo se ponga de acuerdo con los demás si primero lo está consigo mismo. O dicho de otra manera: nuestras democracias serán sólidas, vigorosas y fervientes si los individuos que las componen son capaces de dominar sus pasiones tristes (el miedo, la cólera, el resentimiento, la envidia…) y conducen su existencia siguiendo la razón. Si seguimos el razonamiento se puede producir que los ciudadanos, movidos más por sus emociones que por su razón, podrán elegir a dictadores o demagogos.

Mi condición de profesora de Historia me lleva, una vez más, a recurrir a esta y a recordar cómo se escogió a Hitler de manera democrática, a causa del resentimiento del pueblo alemán tras la humillación del Tratado de Versalles.

La precampaña arranca en un clima desalentador, pero no debemos caer en el pesimismo noventayochista de una España irreparable. Vivimos un momento delicado en nuestro país y en toda Europa debido al auge del nacional-populismo y de la extrema derecha. Hemos asistido a campañas profundamente adulteradas. Espero que esta bipolarización sea solo una estrategia electoral, pues pienso que las dos Españas, que quieren enfrentar, tienen más elementos en común que diferencias. Es más lo que nos une que lo que no separa, a pesar de que el ultranacionalismo se envuelva en la bandera, para subsistir. Además esta opción política no tiene capacidad para cambiar nuestro modelo de vida y de sociedad. Los españoles sabemos muy bien lo que nos costó recuperar la democracia y la tolerancia política.

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