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El 'perdón' de ETA

OPINIÓNACTUALIZADA 22/04/2018 A LAS 05:00
La disolución de ETA no cambiará la situación de sus presos
ETA.

La bajeza moral de ETA quedó perfectamente descrita el pasado viernes en su último comunicado publicado en los diarios ‘Gara’ y ‘Berria’. Utilizando los canales habituales, la banda ofreció una incompleta y parcial petición de perdón por sus muchos crímenes cometidos fijando un perverso distingo entre las víctimas «que no tenían una participación directa en el conflicto, tanto en Euskal Herria como fuera de ella» –una suerte de daño colateral– y aquellos otros que bajo su interpretación sí debían de tener algún protagonismo que justificó su locura asesina. Esta diferencia, esta incomprensible prelación de las víctimas, solo demuestra hasta qué punto la distorsión sigue formando parte del argumentario de la banda y hasta dónde alcanza su reconocimiento por el dolor causado. La sinceridad en los textos de ETA nunca ha sido una de sus señas de identidad y este comunicado, aparte de sostenerse en el uso de un lenguaje ya conocido y una interpretación a capricho de la historia –retrotraen hasta el bombardeo de Guernica el origen de una supuesta herencia de violencia que pretende anclar históricamente a ETA– vuelve a fijar en el empleo del término «conflicto» una torticera e injusta equiparación entre las partes.

ETA ha llegado hasta este comunicado, que se completará con el anuncio definitivo de su disolución en los primeros días del mes de mayo, no por un proceso interno de debate o análisis crítico, sino por la asunción resignada de su derrota policial, judicial y política producida gracias a la unidad de las fuerzas democráticas. Los terroristas fueron vencidos y solo tras su fracaso han comenzado a buscar una reconciliación que no puede ni debe quedar en exclusiva amparada en el reconocimiento parcial del dolor causado o en la búsqueda de una petición selectiva e insuficiente de perdón que pretenda borrar o diluir sus crímenes.

No cabe duda de que esta declaración sitúa la realidad de la banda terrorista en un punto que tan solo hace una decena de años hubiera resultado impensable –circunstancia que debe causarnos una abierta satisfacción–, pero cometeríamos un error si pensáramos que el fin de ETA es algo que los asesinos puedan decidir en solitario. Las muchas causas pendientes con la Justicia, los crímenes sin resolver –para lo que resulta imprescindible la colaboración con las Fuerzas de Seguridad–, la entrega de las armas y el cumplimiento de las penas establecen un marco que anulan la capacidad de decisión y el pilotaje de este proceso por parte de los actuales líderes de ETA.

La anhelada recuperación de la normalidad social y política llegará tras una sincera y nunca excluyente petición de disculpas, algo bien distinto a esto. Un primer paso tras el que se reconozca el daño causado y se acepte que solo desde el respeto democrático se reconstruye la convivencia. ETA usó durante años el tiro en la nuca como método de diálogo. Los frenos y hasta los límites expresados en su comunicado convierten en poco creíbles sus palabras. Aún hacen falta pasos más sólidos, tales como la simple garantía de que no se volverá a atentar, para que la sociedad esté en disposición de aceptar unas disculpas que, aun llegando tarde, son imprescindibles.

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