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Nacional

Lealtad a un Rey plenamente comprometido con la Constitución

"Soy republicano pero mientras usted cumpla su cometido constitucional con la dignidad y la eficacia que está demostrando, tendrá toda mi conformidad activa, no solo la debida al imperativo legal".

Esto fue lo que le trasmití a Felipe VI la primera vez que fui recibido por él en la Zarzuela como Presidente del Gobierno de Aragón. Era el verano de 2015. Ahora, pasados dos años y medio y la crisis catalana mediante, aún sería más rotundo en mi afirmación.

En la vida de todo hombre, cruzar las décadas es ocasión para hacer balance de lo acumulado, logrado o soñado, para hacer análisis, que necesariamente será diferente en cada hito, por cuanto se supone que en cada uno de ellos se ha ganado en sabiduría, y para hacer acopio de fuerzas para lo venidero.

Don Felipe VI llega ahora al ecuador de la vida, un momento crucial entre sabiduría adquirida y propósito plenamente vigoroso de definir y acometer proyectos nuevos. En ese sentido, mis mejores deseos para él nacen de la aspiración a que siga contribuyendo positivamente desde la jefatura del Estado a sostener el mejor y más sólido legado de lo conseguido hace cuatro décadas con la aprobación de la Constitución.

Ese legado, el legado de la Transición, está compuesto –entre otras cosas– por una tenaz predisposición para construir consensos alrededor de los asuntos vitales para el conjunto de la ciudadanía, por una diáfana vocación de dirigir al país por el camino de los grandes acuerdos, un camino cuyo recorrido desde 1978 no cabe describir sino en términos de éxito colectivo.

Ahora mismo, la cuestión catalana se ha recrudecido hasta convertirse en una dificultad cuya superación comprometerá las energías de más de una generación de líderes políticos. De generaciones como la del Rey, excelentemente preparadas y con una visión internacional de las cosas, en su caso habituado desde la infancia además a habitar en las alturas del Estado, como ha demostrado recientemente en el Foro de Davos.

Para mí –que, como Presidente de la Comunidad vecina, considero que el catalán es el problema más grave que tiene el país, y que nos emplaza a todos a la tarea de revitalizar la idea de España para renovar nuestro orgullo de ser españoles y para que resulte de nuevo acogedora a los ciudadanos catalanes que ahora la rechazan–, la entidad cívica y política demostrada por Felipe VI resulta un factor inestimable para afrontar esa tarea con esperanza.

Por lo demás, la casa ideológica y filosófica republicana está habitada por un racionalismo igualador de las potencialidades humanas, por una fe inquebrantable en la educación y la cultura como elemento de realización de las personas, por el valor de la fraternidad como clave de integración y cohesión y por un amor inquebrantable a la libertad.

España es hoy, en gran medida, una ‘casa republicana’ y los quebrantos temporales que, como tal, la alteran, en modo alguno son imputables a la más alta magistratura del Estado, sino todo lo contrario. Por eso, en el 50 aniversario del nacimiento de Felipe VI, estoy convencido de que la inmensa mayoría de los ciudadanos españoles está dispuesta a renovar su pacto de lealtad hacia una Corona que ha acreditado suficientemente su ejemplaridad y su responsabilidad.

Escribió Emilio Castelar como prólogo a sus discursos en las Cortes que "el día en que sepamos a ciencia cierta lo que valemos, valdremos mucho más, porque nos dará fuerza la confianza en nosotros mismos y el orgullo dejará de ridiculizarnos".

Esa invitación de aquel político del siglo XIX a autoestimarnos con justicia, sirve ahora tanto como entonces o quizá más, porque, más que entonces, somos mejores de lo que creemos. Pero hemos de asumirlo con orgullo, para no dar más argumentos a los que cuestionan nuestro valor actual como país.

Y como forma parte muy importante de ese valor, esta felicitación mía de cumpleaños a Don Felipe VI no solo es personal sino política en el sentido más noble de la palabra.

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