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Internacional
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FRANCIA

Cuando los políticos se odian: Sarkozy y Villepin

Los dos son animales políticos de primera; se odian, pero también se admiran en secreto. El presidente francés, Nicolas Sarkozy, y el ex primer ministro galo Dominique de Villepin se declararon la guerra en un complejo affaire político que dejó algo clavado en la opinión pública: la impresión de que los dos políticos de alto rango se obstinan, como perros rabiosos, en un apasionado enfrentamiento.

Ambos parecen tener un único objetivo: desacreditar a su oponente y dejarlo fuera del juego político. Y ambos, con las miras puestas en 2012, cuando a Sarkozy le gustaría ser reelegido como presidente y a Villepin sustituirlo en ese cargo.

Los dos tienen mucho en común: tienen tanta inteligencia como hambre de poder y amor propio; piensan de forma estratégica y saben cómo entrar en escena.

En otras cuestiones, sin embargo, son muy diferentes: Villepin procede de una familia burguesa y creció en el extranjero; Sarkozy, sin embargo, es hijo de un inmigrante húngaro. El primero realizó sus estudios en la prestigiosa Escuela Nacional de Adminitración (ENA) e hizo carrera diplomática, mientras el segundo estudió derecho y comenzó su carrera política como alcalde de un barrio parisino.

A Villepin le encanta la literatura y escribe poesía, mientras Sarkozy no es ningún intelectual y escribe constantemente SMS. En cuanto a estatura, el ex primer ministro le saca más de una cabeza al presidente.

"Los dos se ensañan mutuamente", dijo una vez el ex presidente francés Jacques Chirac sobre sus dos hijos políticos que luchaban por sucederle.

Mientras Villepin hizo que hablar con un discurso brillante ante la Asamblea General de la ONU contra la guerra de Irak, como ministro de Exteriores, Sarkozy se distinguía como ministro del Interior. En 2004, Chirac nombró a Villepin ministro de Exterior, y desplazó a Sarkozy al frente de la cartera de Economía.

Entonces surgió el llamado affaire Clearstream, cuando el nombre de Sarkozy apareció en la lista de un instituto financiero luxemburgués, convirtiéndolo en sospechoso de lavado de dinero. Pero pronto resultó que la lista era falsa y Sarkozy se vio a sí mismo como víctima de una campaña de difamación orquestada por Villepin e interpuso una demanda.

Cuando Villepin se convirtió en primer ministro en 2005, parecía el mejor posicionado para suceder a Chirac. Pero Sarkozy no se lo puso fácil. El escándalo Clearstream le ofreció la ocasión de presentarse como víctima y de esa manera ganó los suficientes puntos para imponerse en el partico común de ambos, la Unión por un Movimiento Popular (UMP), como candidato a la presidencia.

Desde el inicio del proceso Clearestream esta semana, la sed de guerra de ambos políticos volvió a inflamarse al máximo: Villepin acusó a Sarkozy en un discurso teatral de "obstinación". Sarkozy, de formación judicial, no pudo mantener la boca cerrada y pronto habló de "culpable" en lugar de acusado. Por eso, Villepin quiere llevar de nuevo ante los tribunales a Sarkozy, algo que de cualquier forma no sería posible hasta el final de su mandato.

El tema central original del affaire sobre negocios de armas con Taiwan ya no importa. En lugar de ello, Francia sigue con fascinación el duelo de los rivales. El propio Sarkozy dijo en una ocasión sobre su relación: "Aunque nos detestamos, disfrutamos con ello. Al menos nunca nos aburriremos juntos".

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