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Afganistán en el abismo

Aunque el aparato propagandístico de los talibanes ha anunciado por activa y pasiva que su objetivo es respetar la vida laboral de las mujeres y no impedir que las niñas y las adolescentes acudan a clase, nadie se fía ya de ellos. ¿Qué va a pasar ahora?

Shamila se casó con 12 años y dio a luz a los 14 años. Ha tenido cuatro hijas antes de cumplir los 20
Shamila se casó con 12 años y dio a luz a los 14 años. Ha tenido cuatro hijas antes de cumplir los 20
Gervasio Sánchez

Cuando un país se desmorona o cae en manos de la facción más radical se disparan las alarmas y durante unos días, quizá un par de semanas, hasta puede que un mes, se produce un quejido de dolor confuso y profundo que se escucha por todas partes. Es como si, de repente, todas las personas al unísono necesitasen respuestas urgentes, incluso oportunistas, para calmar un retorcimiento de la conciencia, que les obliga a preguntarse por qué se mantienen en la pasividad ante el dolor ajeno. Sinceramente, es difícil responder a tantas inquietudes cuando los titulares ahogan la reflexión y el público se deja engatusar por el discurso oficial, pregonado por tertulianos comodones, periodistas de salón y comunicadores interesados.

Partamos de que la historia de un país sumergido en la violencia desde hace más de 41 años –yo tenía 20 años cuando los soviéticos invadieron Afganistán en 1979 y estudiaba primero de Periodismo, y estoy a punto de cumplir los 62 años– no se puede explicar ni siquiera en un libro de centenares de páginas. Porque la realidad es tozuda, poco acomodada al titular del día después, y extremadamente compleja e inquietante. Por tanto es absurdo intentar hacerlo en una entrevista de minutos en la televisión, un poco más –solo a veces– en la radio y algo mejor en un periódico de papel con su edición electrónica o viceversa. 

la situación de las mujeres afganas

Centrémonos en la situación de las mujeres afganas, incluidas las menores, ahora que tanto interés ha despertado su potencial sufrimiento, cuando los talibanes han alcanzado el poder total y amenazan con imponer un régimen totalitario o un estado basado en la ley islámica. Tengo la sensación de que muchas personas de buena voluntad y algunas con retranca oportunista creen que la mujer afgana va a ser expulsada del paraíso organizado por la llamada comunidad internacional, es decir Estados Unidos y sus aliados, un puñado de potencias europeas, entre ellas España, y terceros países como Canadá, Australia o Japón. Nada más lejos de la realidad. Por supuesto que ha mejorado su situación en los últimos veinte años de presencia internacional. Los señores de la guerra afganos, enzarzados en una guerra civil de años, y los talibanes, durante su quinquenio extremista –en algunas zonas gobernaron dos años más–, conculcaron los derechos de las mujeres –violadas, ultrajadas y asesinadas por unos, obligadas a desaparecer del espacio público por otros– hasta dejar el listón por los suelos. 

"Durante su quinquenio extremista las mujeres afganas fueron violadas, ultrajadas y asesinadas"

Solo el hecho de que el régimen talibán fuese derrocado en noviembre de 2001 hizo posible que centenares de miles de mujeres pudieran regresar a sus trabajos y un millón de niñas fuesen escolarizadas. Es un hecho innegable. A mí, quizá por un acusado sentimentalismo, me gustaba sentarme en los bancos que hay en la entrada de la Universidad de Kabul y ver durante un buen rato cómo miles de estudiantes femeninas iban de un lado al otro como si estuviesen en cualquier centro de estudios europeo. Me servía de estímulo porque me animaba el día ver tantas ganas de estudiar y aprender. En 2011, visité la Universidad de Kandahar, al sur del país, y supe, después de pelearme con los funcionarios, que solo un 10% de los estudiantes eran mujeres, que siempre se movían bajo el burka y nunca respondían a preguntas en público por miedo a las represalias. No era igual vivir en la capital del país que en una ciudad provincial.

"La mujer afgana consiguió el derecho al voto y a ser candidata a un escaño parlamentario en 1964, hace décadas"

La campaña ‘Volver al colegio’ del Ministerio de Educación había animado a los afganos a escolarizar a sus hijas tras la violencia del régimen talibán. En 2011, 2, 7 millones de niñas estaban escolarizadas y constituían el 38% del alumnado total. Pero en las zonas rurales apenas había colegios segregados para niñas y a los 14 años o, incluso, antes abandonaban las clases para casarse a pesar de que las leyes afganas prohibían el matrimonio de menores de 16 años. Lailima Popal, directora de una escuela femenina en la capital ideológica de los talibanes, nos contó que era amenazada de muerte a menudo. El ideal de Kabul se acababa diluyendo como un azucarillo en el agua cuando te adentrabas en el interior del país.

La mujer afgana consiguió el derecho al voto y a ser candidata a un escaño parlamentario en 1964, hace décadas. Tras la caída de los talibanes se creó un Ministerio de Asuntos de la Mujer. La nueva Constitución de 2004 estableció que el hombre y la mujer eran iguales ante la ley. Se incluyó un sistema de cuotas para garantizar la representación femenina en el Parlamento y en los consejos provinciales. En las elecciones legislativas de 2010, 69 mujeres resultaron elegidas diputadas, una cifra que equivalía al 28% del total de escaños, uno de los índices, entonces, más altos del mundo por encima de Francia (27%), Reino Unido (23%) y Estados Unidos (18%).

También en 2009 se aprobó la Ley para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres en la que se tipificaban 22 situaciones de violencias diferentes contra ellas, incluidas la violación y el matrimonio forzoso. Pero los tribunales solo la aplicaron en el 17% de los casos de violencia doméstica, que resolvieron entre octubre de 2012 y septiembre de 2013. Las leyes eran superadas por las tradiciones y reconvertidas en papel mojado.

"La ley establece que la custodia de los niños mayores de 7 años y de las niñas que superan los 9 años pertenece al marido"

Licenciada en Medicina y Ciencias Políticas, Shinkai Karokhail ha sido una de las diputadas más luchadoras por los derechos de las mujeres, pero ella misma ha sufrido en su propia piel la discriminación y la conculcación de sus derechos civiles tras su divorcio, ya que la ley establece que la custodia de los niños mayores de 7 años y de las niñas que superan los 9 años pertenece al marido. Aunque su lucha contra una ley tan injusta fue titánica jamás consiguió que se modificase. Es la razón principal por la que muchas mujeres no se separan: tienen miedo a perder no solo la custodia sino el contacto para siempre con sus hijos.

Las mujeres no han sido azotadas en la calle como ocurría en tiempos de los talibanes o ejecutadas en plazas públicas por atreverse a desafiar la moral más retrógrada. Pero los gobernantes han sido permisivos con los sectores más conservadores tanto suníes como chiíes. En 2009, el entonces presidente Hamid Karzai firmó y autorizó la entrada en vigor de la Ley Shia sobre el Estatuto Personal, que permite al marido retirar la manutención a su esposa si esta se niega a obedecer sus demandas sexuales; otorga la tutela de los niños exclusivamente a los hombres; y exige que las mujeres tengan permiso de sus maridos para trabajar.

Los informes oficiales, realizados por consultores que nunca abandonan sus despachos acondicionados, aseguran que el 85% de la población afgana tiene acceso a la salud y el 57% dispone de un centro sanitario a pocos kilómetros de su casa. Pero organizaciones como Médicos sin Fronteras, con 35 años de experiencia en el país, han afirmado que la mayoría de los centros sanitarios son deficientes o no funcionan. Los informes de evaluación provienen de asesores extranjeros que no se mueven de la capital y aceptan sin revisar datos poco fiables. Por ello, Afganistán sigue siendo uno de los países con la mortalidad materna más elevada del mundo, con 26.000 afganas muertas cada año durante el embarazo y el parto.

Después de una docena de embarazos

Otro de los problemas más acuciantes para las mujeres afganas es la malnutrición infantil crónica, que afecta al 60% de los niños y niñas. La Organización Mundial de la Salud calcula que 101 niños de cada mil, por debajo de 5 años, mueren por este motivo. La media de partos es de seis por mujer. No es raro encontrar a mujeres menores de 30 años que aparentan tener el doble de edad después de una docena de embarazos. ¿Qué puede pasar a partir de ahora? Aunque el aparato propagandístico de los talibanes ha anunciado por activa y pasiva que su objetivo es respetar la vida laboral de las mujeres y no impedir que las niñas y las adolescentes acudan a clase, nadie se fía de ellos. El quinquenio talibán fue tan desmesuradamente violento y persiguió con tanta saña a las mujeres que las promesas se volatilizan al poco de enunciarlas.

" 26.000 mujeres mueren cada año durante el embarazo y el parto. Afganistán registra una de las tasas de mortalidad materna más elevada del mundo"  

Los talibanes rigieron los destinos de Afganistán hace 25 años con la mitad de la población actual. Varios millones de afganos habían huido durante la guerra de los ochenta, cuando los soviéticos invadieron su territorio, y durante la guerra civil entre los señores de la guerra, y otros centenares de miles caminaron hacia el exilio el día después de que ocupasen Kabul. La población capitalina se redujo a apenas 300.000 habitantes. Hoy, viven cinco millones de personas en la ciudad y unos treinta en todo el país. El establecimiento de un estricto código moral podría provocar el malestar generalizado y obligar a los talibanes a usar sus armas para imponerlo, como hicieron ya entre 1996 y 2001.

Existe la posibilidad de que verdaderamente su pensamiento ultraconservador haya evolucionado y no quieran imponer normas que desesperen a los ciudadanos. Las próximas semanas serán claves para entender cuáles van a ser sus políticas social, moral, educativa y militar, y qué impacto van a tener en los sectores más endebles.

Afghani Kohdamani
"Tenía un hijo de un año y una hija de cuarenta días cuando detuvieron a mi marido durante el régimen comunista, entre 1979 y 1986. Al cabo de un mes de su desaparición, me enteré de que estaba en la cárcel de Pul–e–charkhi, donde se torturaba y asesinaba a los presos. En 2006, se localizó una fosa común cerca del centro penitenciario donde se calcula que había unos dos mil cuerpos".
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"Tenía un hijo de un año y una hija de cuarenta días cuando detuvieron a mi marido durante el régimen comunista, entre 1979 y 1986. Al cabo de un mes de su desaparición, me enteré de que estaba en la cárcel de Pul–e–charkhi, donde se torturaba y asesinaba a los presos. En 2006, se localizó una fosa común cerca del centro penitenciario donde se calcula que había unos dos mil cuerpos".

Huma Gul, 28 años
Huma con sus hijas, Sunita (4 meses y 3 k de peso), y Parisa (2 años y 5,8 k), ingresadas en el hospital Indira Gandhi. Viven en Kabul. "Me casé hace nueve años y he tenido ocho criaturas", se lamenta. Tiene cinco hijos más, de 8, 7, 5, 4 y 3 años. "Entre el segundo y el tercero, se me murió uno y acabo de abortar", explica.
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Arifa, 14 años
Su tío la casó a la fuerza con un hombre viudo, de unos 80 años, que tiene siete hijos, todos mayores que Arifa. Ahora vive en una casa de acogida, donde están haciendo los trámites para conseguir el divorcio y que su tío se comprometa a no volverla a dar en matrimonio antes de los 18 años. En Afganistán, una joven no se puede casar antes de los 16 años. Podría ser denunciado, aunque toda la familia depende económicamente de él.
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Su tío la casó a la fuerza con un hombre viudo, de unos 80 años, que tiene siete hijos, todos mayores que Arifa. Ahora vive en una casa de acogida, donde están haciendo los trámites para conseguir el divorcio y que su tío se comprometa a no volverla a dar en matrimonio antes de los 18 años. En Afganistán, una joven no se puede casar antes de los 16 años. Podría ser denunciado, aunque toda la familia depende económicamente de él.

Jamila, 17 años
Ingresó con quemaduras en el 48% de su cuerpo, tras prenderse fuego con la intención de suicidarse, tal como los facultativos descubrieron. Un día después, murió.
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Ingresó con quemaduras en el 48% de su cuerpo, tras prenderse fuego con la intención de suicidarse, tal como los facultativos descubrieron. Un día después, murió. Jamila cursó educación primaria, pero su padre no le dejó continuar los estudios. Se casó hace siete meses y estaba embarazada de dos. Su marido, Islam, de 20 años, era un primo lejano que trabaja de conductor. Su padre no permitió que el esposo velara el cadáver y se lo llevó a su propia casa para lavarlo y amortajarlo para el entierro. El cuerpo tenía moratones y empezaron las especulaciones sobre posibles malos tratos sufridos por la chica. El padre de Jamila repetía sin parar: «¡Hija mía, hija mía, me tocaba morir a mí!». Las razones por las que Jamila se prendió fuego nunca se sabrán. Se llevó el secreto a la tumba. Afganistán es el único país donde hay más suicidios de mujeres que de hombres.

Kobab y Zia Gul
Kobab (45 años) y Zia (16 años) son madre e hija. Están en una casa de acogida porque se quieren divorciar.
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Kobab (45 años) y Zia (16 años) son madre e hija. Están en una casa de acogida porque se quieren divorciar. Kobab desea separarse de su marido porque forzó a sus tres hijas a casarse con hombres a los que ellas no amaban. A una la dio en matrimonio a cambio de una chica joven con quien él mismo se casó en segundas nupcias. Zia fue obligada por su padre a casarse con un viudo de 70 años, que la ha mantenido encerrada en una habitación desde que contrajeron matrimonio. Unicef ha denunciado en repetidas ocasiones que los matrimonios forzados de niñas y adolescentes son habituales. En un estudio de 2008 se calculaba que un 57% de las jóvenes afganas son obligadas a casarse antes de los 16 años. La pobreza contribuye a esta lacra. Muchas familias casan a sus hijas muy pequeñas, cuando tienen la primera menstruación, para obtener dinero.

Sin atención médica
Un problema añadido de las mujeres es la dificultad de contar con una atención médica especializada durante el embarazo y el parto.
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Un problema añadido de las mujeres es la dificultad de contar con una atención médica especializada durante el embarazo y el parto. Los centros sanitarios, localizados en las zonas urbanas, están muy lejos para las campesinas y viajar por el país es siempre arriesgado y peligroso a causa de la falta de vías asfaltadas y también a la situación de inseguridad. La mayoría de las mujeres dan a luz en casa. Entre el 2001, fecha de la caída de los talibanes, y el 2012, el número de comadronas pasó de 500 a 3.000. Siguen siendo insuficientes para tratar a las mujeres con la atención necesaria. En algunos centros de salud son dadas de alta al cabo de una hora de haber dado a luz porque hay otras personas esperando su turno al no haber camas suficientes. Las enfermedades se multiplican en estas condiciones y los niños nacen con malnutrición crónica.

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