Despliega el menú
Internacional

diario de afganistán (5)

Iba a ser padre pero no lo sabía

El periodista Gervasio Sánchez ha regresado a Afganistán y lo hace justo cuando se cumplen 40 años del inicio de una guerra en la que el país sigue inmerso y de la que él ha sido testigo de excepción.

Un niño vendedor de burkas.
Un niño vendedor de burkas.
Gervasio Sánchez

Un día como ayer de hace 23 años los talibanes ocuparon Kabul sin disparar un solo tiro. Las tropas gubernamentales de dos poderosos señores de la guerra, Ahmad Sha Massoud y Gulbuddin Hekmatyar, decidieron abandonar la capital afgana para “evitar un baño de sangre”.

Esa fue la versión oficial, difícil de creer al tratarse de personajes que habían bañado la capital con sangre de decenas de miles de inocentes durante los dos años anteriores. Posiblemente, tuvieron miedo a la fuerza militar de los talibanes (ultraintegristas pero no corruptos) y salieron corriendo. Señores de la guerra especializados en matar civiles, pero cobardes a la hora de enfrentarse a una milicia con la moral de combate más elevada.

La población no aplaudió ni se entusiasmó. Pero tampoco se quejó. Los habitantes llevaban varios años resistiendo bombardeos brutales, habían visto como su capital era calcinada, estaban cansados de 16 años de guerras continuas y del comportamiento brutal de las milicias de decenas de señores de la guerra.

Kabul, en los años noventa, completamente destruido por los señores de la guerra.
Kabul, en los años noventa, completamente destruido por los señores de la guerra.
Gervasio Sánchez

También la ONU actuó con una gran cobardía e irresponsabilidad. Con el paso de las décadas uno se cansa de una organización internacional que casi nunca está a la altura de las circunstancias. Sus funcionarios, que suelen estar muy bien pagados con pluses de peligrosidad escandalosos, se montaron en los aviones de la organización y salieron pitando antes de que el primer talibán desfilase por el perímetro de la capital.

Pero allí se quedó el expresidente Mohamed Najibulá que vivía refugiado en sus instalaciones desde abril de 1992 cuando los señores de la guerra pusieron fin al antiguo gobierno aliado de la Unión Soviética.

Un portavoz oficial de la ONU en Nueva York reveló que hacía dos días se le había ofrecido ayuda a Najibulá para su traslado a un lugar más seguro, pero no aceptó. El expresidente telefoneó el día antes de la caída de Kabul a funcionarios de la organización para informarles de que todos los soldados gubernamentales habían huido de las instalaciones y que no había ninguna vigilancia.

Condenado a muerte por el consejo central talibán por haber “violado los derechos del pueblo afgano”, cinco milicianos entraron en la misión de la ONU y ejecutaron a Najibulá con un tiro en la cabeza.

Después fue atado a un coche cuatro por cuatro, arrastrado por varias calles céntricas de Kabul y colgado junto a su hermano Shalipur Ahmadzai en dos postes de la plaza Ariana. La boca de Ahmadzai fue cerrada con cientos de billetes de afganis sin apenas valor por su depreciación galopante.

estrucción de la capital afgana.
Destrucción de la capital afgana.
Gervasio Sánchez

El líder talibán Mohamed Omar declaró que Afganistán se convertía en un Estado islámico y prohibió a las mujeres asistir a sus trabajos “hasta nueva orden”. Los gobiernos de la región, entre ellos Rusia, India e Irán, condenaron la ocupación talibán y, especialmente, el asesinato de Najibulá y su hermano. En cambio, Pakistán, cuyos servicios secretos habían creado a los talibanes, anunciaron el envío ese mismo día de una delegación a Kabul.

Hubo atención mediática durante los primeros días hasta que el país asiático cayó en un pozo sin fondo informativo del que sólo se recuperaría en marzo de 2001 cuando los talibanes dinamitaron los budas de Bamiyá, esculpidos en la roca entre los siglos III y IV, y con una altura de 55 y 36,5 metros de altura.

Ese crimen cultural tuvo más resonancia mundial que las brutalidades que los talibanes hacían a las mujeres y que la Asociación Revolucionaria de las mujeres de Afganistán (RAWA) resumía en varios puntos:

1.- Desde los ocho años, a las mujeres no se les permite tener contacto directo con hombres más allá de los parientes consanguíneos, marido o familia política.

2.- Las mujeres no pueden aparecer por la calle sin un pariente consanguíneo o sin llevar burka, una túnica que las tapa desde la cabeza a los pies, y con una celdilla para mirar a la altura de los ojos.

3.- No pueden llevar zapatos de tacón ya que los hombres no deben escuchar los pasos de una mujer.

4.- Las mujeres no pueden hablar en voz alta en público igual que un extraño no debe oír la voz de una mujer no familiar.

5.- Todas las ventanas de plantas bajas y primeros pisos deben estar cubiertas o pintadas para evitar que las mujeres sean visibles desde el exterior.

6.- Fotografiar o filmar a mujeres, o hacer aparecer mujeres en los periódicos, libros, póster o impresos está multado, incluso en el interior de las casas.

7.- Las mujeres no tienen permitido aparecer en los balcones de las viviendas.

8.- No está permitida la presencia de mujeres en radio, televisión o actos públicos de ningún tipo.

Las ejecuciones de mujeres en el Estadio Nacional, que las militantes de Rawa consiguieron filmar clandestinamente, también pasaron desapercibidas y apenas hubo movimientos de repulsa internacionales contra el comportamiento decimonónico de los talibanes que convirtieron a las mujeres y las niñas en sombras ocultas como si el país hubiera regresado a la edad más retrógrada de la humanidad.

Mercado de cambio de dólares por afganis.
Mercado de cambio de dólares por afganis.
Gervasio Sánchez

En junio de 1997 regresé a Afganistán. Quería seguir con mi trabajo documental sobre el impacto de las minas, pero los talibanes habían prohibido la fotografía. Tuve que reunirme un par de veces con el viceministro de Sanidad (su jefe era uno de los talibanes más intransigentes), un pastún que se había convertido en talibán por puro transformismo ideológico y supervivencia y al que conocía de un viaje anterior.

“Me gustaría que me diera un permiso para trabajar en todos los hospitales de Kabul”, le rogué. “¿Cómo quieres que te permita hacer algo que está prohibido y encima lo escriba en un papel? La policía religiosa me detendría hoy mismo”, me contestó. Aunque estaba de acuerdo con que era muy importante llamar la atención sobre el impacto de las minas contra la población, se mostraba intransigente por miedo a perder su trabajo.

Después de horas de negociación me propuso lo siguiente: “Voy a llamar a los directores de los dos hospitales más importantes y les voy a decir que te atiendan como huésped que eres nuestro y que te faciliten tu trabajo”. Me pidió 24 horas de margen y me suplicó que tuviera cuidado con la policía talibán.

Al día siguiente acudí al hospital Kartese con muy poco entusiasmo. Me recibió el director, me recordó lo peligroso que era desobedecer un edicto islámico, pero me autorizó a moverme por el hospital con algunas restricciones (no podía visitar las salas de las mujeres) que pude superar en los últimos días.

Me alojé en una habitación del segundo piso de la casa que tenía Médicos sin Fronteras en el centro de Kabul. Ya empezaba a hacer bastante calor y siempre tenía una ventana de un metro cuadrado abierta.

Un día se produjo un tumulto en la puerta de entrada. Un vecino había denunciado a la policía talibán que alguien se paseaba desnudo por la habitación del segundo piso. Los custodios de la moral y la decencia subieron a mi habitación. Me quité la camisa delante de ellos para demostrarles que solo alguien con unos prismáticos podía ver al hombre con torso desnudo desde unos 200 metros. “Tendré que ser yo el que denuncie a ese tipo por espiarme”, dije muy cabreado.

Los policías se dieron cuenta de la estupidez de la denuncia y me exigieron que cerrara la ventana aunque tuviese calor. Una vez aclarado el incidente me fui de la casa durante unas horas. Cuando volví por la tarde los trabajadores afganos de la organización habían tapiado la ventana. Lo que más me cabreó es que se creyesen la versión del vecino, un hombre mayor que había provocado varios incidentes en el vecindario y que todo el mundo daba por desquiciado.

Los jueves por la tarde entre las 16.00 y las 19.00 la mayoría de los expatriados que había en Kabul y que trabajaban para las organizaciones médicas y humanitarias internacionales se concentraban en la sede de la ONU donde podían bailar, relajarse y beber alcohol de forma clandestina. Los talibanes fueron permisivos durante un par de años con estas reuniones hasta que un día decidieron prohibirlas.

Aquel viaje de junio de 1997 coincidía con el quinto aniversario de mi primera cobertura del cerco de Sarajevo en junio de 1992. Los últimos cinco años habían sido extremadamente intensos en mi vida profesional. Había cubiertos conflictos de alto riesgo en Bosnia-Herzegovina, Somalia, Liberia, Sudán, Zaire (hoy República Democrática del Congo), Ruanda, Burundi, Camboya, Angola, Afganistán, Oriente Medio, etc.

Algunas noches me despertaba gritando y sudando aunque nunca recordaba lo que había soñado. Sufrí alopecia. El pelo empezó a desaparecer de mi coronilla. Mi desinterés era cada día mayor por todo lo que ocurría a mí alrededor cuando regresaba a España y Zaragoza. “¿Dónde estás?”, me solían preguntar cuando me veían pensativo.

Supe que estaba sufriendo estrés postraumático cuando acudí a un andrólogo por prescripción de mi doctora de cabecera. El seminograma dio unos resultados perturbadores: sólo tenía un tercio de espermatozoides y, además, eran muy lentos.

La única manera de recuperar la normalidad fue dejar de acudir a los lugares más oscuros de la tierra durante una temporada y medicarme durante varios meses. Por suerte el proyecto Vidas Minadas en el que estaba trabajando intensamente me obligaba a visitar una mayoría de países que ya habían superado la guerra abierta y cuyos habitantes intentaban normalizar sus vidas. Unos diez meses después los resultados de unas nuevas pruebas fueron muy satisfactorios y el andrólogo me aseguró que estaba totalmente curado.

Después de cuatro semanas en Afganistán regresé a casa muy cansado. Mi pareja me contó que unos días antes había tenido unas fuertes náuseas durante un descenso en avión sobre el aeropuerto de Sevilla. “No estarás embarazada”, le preguntó una compañera. Me estaba esperando para hacerse la prueba casera de embarazo. A la mañana siguiente se confirmó. El mundo talibán, del que acababa de regresar, iba a ser padre pero no lo sabía.

Etiquetas
Comentarios