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Un niño se baña en las calles de Manila.
Francis R. Malasig / Efe

Filipinas-Zaragoza es un viaje largo. Las opciones de vuelo son múltiples, pero casi todas rondan las veinte horas incluyendo los cambios de avión. Si a eso se suman los trenes, tiempos de facturación, controles, etc., se necesita algo más de un día para saltar a esta parte del planeta. En estos tiempos de globalización -entendida como el desbordamiento de lo próximo- parece algo trivial. Una vez comprado el pasaje, solo es necesario aguantar horas y horas sentado en unas enormes ‘cajas con alas’, resistir con paciencia y aterrizar en un mundo tan parecido al propio como distinto.

Las semejanzas son resultado de la industrialización, de las tecnologías y del capitalismo que ha homologado una gran parte de los usos y costumbres. Las pantallas, las computadoras y los teléfonos móviles están por todas partes. Edificios, hoteles, coches, calles, carreteras son casi intercambiables. Los aeropuertos, los centros comerciales siguen rutinas similares, con lógicas equivalentes. Sin embargo, en el propio aeropuerto de Manila ya se notan las diferencias.

La diversidad se percibe nada más tomar contacto. La primera es la fisonomía de la gente. En su mayoría, son asiáticos. La segunda, el clima. Una vez que se deja el aire acondicionado universal, la bofetada de calor húmedo hasta se agradece y eso que estamos en temporada ‘seca’. Porque, después, en los espacios interiores de trabajo hay que volver a cubrirse para no quedar congelado. Y la tercera es la lengua. El inglés se usa de forma generalizada, es omnipresente en el mundo urbano; el tagalo o filipino es la otra lengua oficial y cotidiana. Pero depende de dónde se esté, pues Filipinas cuenta con una enorme variedad lingüística. Son más de 180 lenguas, distribuidas entre las 7.107 islas que componen el archipiélago, la mayoría de procedencia malayo-polinesia. Donde también hay un lugar para el árabe -llegado algo antes de la colonización española- que siguen utilizando los ‘moros’ de Mindanao. Esta es la isla más grande y más poblada. En algo más del doble de la extensión de nuestro país, de Aragón, viven más 20 millones de habitantes. No tienen problema de envejecimiento ni de despoblación, al contrario. Son unos 103 millones de habitantes con una densidad media de 330 hab/km2. En la isla de Luzón se encuentra Quezón City, la más poblada, con casi 3 millones. Y forma parte de lo que se denomina Metro Manila o Gran Manila. Este espacio metropolitano incluye a la que fue ‘la perla de Asia’ junto con otras dieciséis ciudades distintas, agrupadas sin solución de continuidad, que en total superan los 11 millones de habitantes.

Esa aglomeración urbana produce una saturación del espacio. El tráfico en la ciudad es difícilmente descriptible. Primero por el número de vehículos circulando, incluidos los llamativos y coloridos ‘yipnis’, donde se viaja de manera colectiva. Segundo, por la escasez de semáforos y la libertad con la que se interpretan las señales de circulación. Nunca había sentido tanta tensión dentro de un microbús. La conducción, a mi juicio, es dificilísima. Hay que hacerse sitio, conseguir un lugar, girar donde sea necesario y no enfadarse. Los cruces de calles pueden estar o no señalizados, las reglas parecen claras: sobrevive y procura no golpear a nadie. Eso sí, tampoco pretendas correr. Las distancias se miden en minutos. Los kilómetros no sirven como referencia. Según el día, la hora y el destino, los desplazamientos pueden pasar de nada a todo, o de 45 minutos a 2 horas para recorrer 25 kilómetros desde el hotel al aeropuerto y evitar imponderables. Lo sufren con calma y resignación.

Las contradicciones de esta enorme metrópoli son muchas. Se ven al pasear y callejear. Entre los recodos que dejan los grandes rascacielos, entre las viviendas lujosas de calles vigiladas por guardas de seguridad, también hay chabolas e infraviviendas abarrotadas de vida. Niños que corretean y gentes que cruzan las calles como pueden. Se perciben muchas desigualdades observables a simple vista. Y también se siente la enorme vitalidad de unas gentes amables y gentiles como en pocos lugares. En esta parte del mundo la vida bulle por todas partes.

Las contradicciones de esta enorme metrópoli son muchas. Se ven al pasear y callejear. Entre los recodos que dejan los grandes rascacielos, entre las viviendas lujosas de calles vigiladas por guardas de seguridad, también hay chabolas e infraviviendas abarrotadas de vida. Niños que corretean y gentes que cruzan las calles como pueden. Se perciben muchas desigualdades observables a simple vista. Y también se siente la enorme vitalidad de unas gentes amables y gentiles como en pocos lugares. En esta parte del mundo la vida bulle por todas partes.

Chaime Marcuello Servós es #profesor de la Universidad de Zaragoza

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