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Internacional

Chilabas y pistolas

La vida de Omar Ismael Mostefai terminó disparando a sangre fría y saltándose por los aires el pasado viernes pero comenzó en un pueblo más o menos baldío que se llama Courcouronnes.

Casa donde vivía Omar Ismael Mostefai.
Casa donde vivía Omar Ismael Mostefai.
Afp

Entre los cadáveres de Bataclan, la policía encontró el dedo suelto de un suicida. Ese dedo apuntaba a un edificio de color rosa venido a menos en un pueblo de la 'banlieue' sur de París. Un lunes, resulta un lugar desangelado, sembrado de casas pequeñas con los objetos de sus dueños rebosando los balcones y campos de fútbol en los que nadie juega. La vida de Omar Ismael Mostefai terminó disparando a sangre fría y saltándose por los aires el pasado viernes pero comenzó en ese pueblo más o menos baldío que se llama Courcouronnes, ejemplo de los retos de la 'banlieue', 30 kilómetros al sur de París.

En este municipio de pocos miles de habitantes, como en todos, cuando los vecinos se enteran de que su semejante ha matado, se espantan. "Nunca hubiera pensado que lo fuera a hacer él. No tenía ni siquiera aspecto de árabe, parecía un francés clásico". Habla Hadji, un monitor de boxeo diez años mayor que Omar (se reventó el viernes con 29) que vio cómo paseaba su infancia de un lado a otro. También es musulmán, como la mayoría de la gente del barrio "Siempre me pareció un tipo recto", defiende, sea lo que sea lo que quiera decir recto.

"Traficaba con drogas, sí, pero no mucho, solo para salir adelante". Un poco más adelante, ante la puerta del colegio, dos policías de paisano como dos armarios detienen a punta de pistola a un tipo. "No es nada, tranquilos. Solo un asunto de menudeo", admite el agente, que explica que el lugar no es un foco de delinuencia. Ya no. El pueblo del departamento de Essonne se queja de los estereotipos que unen delincuencia, suburbios e islam -dos tipos intentan recordárselo al reportero de manera nada cordial-, pero por corta que sea la visita, en la calle siguen viéndose chilabas y pistolas.

Omar vino al mundo en ese pueblo, pero a un mundo distinto, másduro. En los 80, las afueras de París concentraban los peores problemas de Francia: paro, pobreza, droga, delincuencia, racismo y falta de integración. "Ahora todo es como antes, pero con menos intensidad", añade Rachid, un vecino jubilado del transporte, uno de los obreros que como tantos poblaron la zona en los 60. Las cosas están mejor, aunque las reivindicaciones históricas (más inversiones, más educación, mejores condiciones y más integración) siguen encima de la mesa. La 'banlieue', que ardió en los disturbios de 2005, siempre se ha sentido descolgada de París.

El terrorista, que según los vecinos fue un alumno pésimo en el liceo del lugar, creció en una familia de padre argelino y madre portuguesa. Tenía dos hijos y estaba casado. Parte de su familia está hoy detenida. Se movía como un tipo discreto en el pueblo, uno de tantos, pero se fue desdibujando y desapareció en un camino a la nada en tres fases. Hadji recuerda que de pronto, hace ocho años se fue del barrio, pues sus padres se mudaron a Chartres, hora y media al sur de París. La segunda vez en que se esfumó, fue cuando hace un par de años dejó de venir por el barrio. Sus amigos suponen que no aparecía "para esconder lo que estaba ocurriendo", que no era otra cosa que una radicalización galopante. Sus amigos creen que viajó a Siria para entrenarse. La tercera, el viernes, se voló en pedazos después de ametrallar con sus compañeros a cientos de personas y de causar 89 muertos.El 'Imán Google'

No hay una tierra que haga crecer mejor el odio, ni que dé mejores asesinos que otra, pero todos los medios acuden a la mezquita del lugar en la que rezaba Omar, un edificio de hormigón gris rodeado de comercios árabes. Los reporteros preguntan por Omar y los fieles sobre porqué vienen a la mezquita. El director del centro islámico, Khamil Merroun, se hizo una foto ayer con el obispo y el rabino de Essonne. El expediente no violento de Merroun no tiene tacha y testigo de ello son los dos guardaespaldas de paisano que lo acompañan las 24 horas por orden del Ministerio del Interior y que viven a la espera de un atentado desde los ataques de 'Charlie Hebdo'. Merroun se ha posicionado muy duramente contra el Estado Islámico, tanto que ha aparecido en las listas de los más amenazados y no se separan de él. De nuevo, pistolas y chilabas.

El líder de la comunidad -traje y corbata de luto-, es tajante cuando le preguntan sobre los misiles que el domingo noche volaban sobre Raqqa: "El Corán dice que no hay que atacar, pero que si te atacan, hay que responder. Y sí, soy partidario de la yihad contra la yihad". También tiene una idea bastante clara de los caminos de la radicalicazión de los jóvenes de un barrio en el que las cosas nunca fueron fáciles: "Los chavales sienten un vacío y lo quieren llenar con algo. No tienen nada y acuden al 'Iman Google' (dicho en referencia a las redes de captación de yijadistas), donde les ofrecen un trabajo, dinero, una mujer, admiración y un camino al paraíso. Y lo toman".

En la puerta de la mezquita, a la salida del rezo, Abdul Jalim vende tarros de miel. Tiene solo 26 años. "No estoy a favor de esa gente, son enemigos de los musulmanes". ¿Y qué opina de las chicas que salen a bailar por la noche? "Cada uno de nosotros será juzgado. Algunos irán al paraíso por la misericordia de Dios y otros, visitarán el infierno". Abdul Jalim había crecido en una familia atea. Hace solo dos años se llamaba Cyril.

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