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REAL ZARAGOZA

Una moneda al aire

El Real Zaragoza, incluso dentro de su positiva reacción en las últimas jornadas, no tiene un equipo diseñado para mandar con claridad durante los partidos ni para resolverlos a su favor con contundencia.

Lafita se lamenta tras haber fallado una clarísima ocasión de gol en el minuto 91, que envió fuera y que pudo suponer la victoria.
Una moneda al aire
JOSé MIGUEL MARCO

Ayer, pese a que su pudo volver a hacer, no se ganó el partido en los últimos cinco minutos o en tiempo añadido, como se hizo ante el Málaga, la Real Sociedad o el Mallorca. Sinama-Pongolle, Lafita y Jarosik no estuvieron certeros esta vez.

Ayer, pese a que también se pudo repetir el boceto, no se ganó gracias a un gol de falta directa de Said Boutahar, como el día del Deportivo. Esta vez, desde una posición gemela, en la misma portería y en minutaje muy aproximado, el holandés-marroquí se quedó bajo en el trazado de su rosca y la estrelló contra la barrera, sin rebotes ni cambios de dirección afortunados.

Ayer, a pesar de que faltó un pelo para adaptar el guión del triunfo ante el Levante, no se pudo marcar un gol decisivo en la última jugada de la primera parte, como aquel día hizo Gabi antes de que el árbitro decretase el descanso. Ayer, el cabezazo de Boutahar tras un globo de Diogo que iba a derecho a las redes, lo sacó sobre la raya Lacen agarrado al poste y no se obtuvo ventaja en los segundos previos al intermedio.

El Real Zaragoza, mejoradísimo en regularidad, atención, constancia y aplicación táctica en el último mes y medio, vive pese a todo cada partido caminando sobre el filo de un cuchillo jamonero de alta precisión. Aguirre está exprimiento al equipo a más no poder. Los lleva con el morro estirado por la brida para que den todo de sí. Solo de este modo se concibe y se explica la reacción experimentada por este justito Real Zaragoza en los últimos 40 días y que ayer, lamentablemente, se vio frenada en un momento en el que otro triunfo habría sido fundamental, tanto por sí mismo, como por tratarse el Racing de un rival directo en la pelea por la permanencia.

Los partidos del mejor Zaragoza de lo que va de temporada están siendo una moneda al aire. Si los detalles y los lances que mayor concentración defensiva u ofensiva requieren se resuelven correctamente, bien por virtudes debidamente aplicadas, bien por golpes de fortuna bien aprovechados, el equipo es capaz de ganar los partidos. Por los pelos, sudando tinta china, pero se ganan. Las hechuras de esta plantilla no dan para más alegrías, para mayores holguras, para resoluciones prematuras y contundentes de los duelos ante el resto de rivales de Primera, incluso los más débiles y semejantes.

Por eso, cuando esos detalles cruciales del juego no se atienden convenientemente y los aldabonazos de la suerte no culminan positivamente para los intereses blanquillos, la victoria, por limitado y accesible que sea el adversario, resulta un imposible. Ayer se volvió a cometer un gravísimo yerro en las marcas en un balón colgado al área (con el agravante de que, esta vez, venía servido a balón parado). Y se concedió un gol inicial que, a un bloque tan al límite de revoluciones y tensión arterial como es este Zaragoza de Aguirre, le sienta siempre fatal y le provoca una dolorosa indigestión durante muchos minutos. Digamos que le suele cambiar el paso de manera contundente. Y, claro está, las limitaciones -asumidas por todos- en el perfil y el diseño del bloque, no permiten apostar con poderío por constantes remontadas. Se hizo ante el Mallorca en la primera victoria del curso y se logró también el otro día en Málaga en el estreno a domicilio. Pero eso va a ser lo extraordinario, nunca lo habitual cuando los rivales marquen antes.

Aguirre lleva varias semanas machacando día a día las cuestiones tácticas en cada una de las once posiciones sobre el campo, las ocupe quien las ocupe. Cada futbolista sale al césped con la lección aprendida y repasada. Sobrerresponsabilizado sobre cuál es su misión en el concierto del colectivo.

Ver moverse a Diogo últimamente es una clara prueba de esto. Tampoco es gratuita la mejoría de Contini o la sobriedad que ha adquirido Jarosik respecto del primer tramo liguero. El juego de Ponzio como pivote único delante de los centrales es el más claro ejemplo de la obsesión de cada futbolista por cumplir con su tarea gregaria durante los 95 minutos de cada fin de semana. El trotar constante del incansable Gabi es otro termómetro sensible. De ahí hacia arriba, Aguirre solo pide las mínimas ayudas defensivas que marca la corrección del fútbol moderno a quienes tienen que inventar, cada uno con sus luces, cuantas más acciones de peligro sean capaces.

Aun con esta actitud, que solo se perdió en Cornellá -con un resultado estrepitoso-, el Real Zaragoza va a tener que sufrir mucho para lograr su objetivo en mayo. Sus partidos, conviene tenerlo claro, son una permanente moneda al aire. Si sale cara, se ganará. Si sale cruz... Lo de ayer fue otro ejemplo.

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