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Blog - Tinta de Hemeroteca

por Mariano García

ZARAGOZA 0-3 VILLARREAL

Tirachinas contra cañones

Un inocente Real Zaragoza cae abatido sin remisión ante un potente, certero y sobrado Villarreal que sentenció en un cuarto de hora.

El árbitro expulsa a Contini en el minuto 63.
Tirachinas contra cañones
E. CASAS/A. NAVARRO

Minuto 3. Lafita termina una jugada personal con un tirito desde la frontal del área que atrapa Diego López sin ninguna dificultad por su suavidad. Minuto 5. Jorge López culmina una combinación (la única del partido) entre Paredes y Sinama-Pongolle con otro débil chut raso que vuelve a detener Diego López como el que agarra una servilleta. Minuto 8. Marcos Senna recibe un rechace de la defensa zaragocista a casi 30 metros del portal de Leo Franco y lanza un obús que entra por la escuadra con una violencia -y una plasticidad- tremenda.

Esas tres acciones, acontecidas de manera consecutiva en los albores del partido de ayer en La Romareda, fueron la muestra fiel de lo que acabaría siendo al final el choque entre aragoneses y levantinos. Una moraleja ubicada por delante de la fábula. Un resumen metafórico puesto como prefacio de un partido enormemente desequilibrado en todos sus términos de principio a fin.

Todo porque el Villarreal pasó como un ciclón por el estadio municipal. En definitiva, nada que no estuviera previsto de antemano, tanto por la enorme calidad de los castelloneneses, acreditada durante todo lo que va de temporada, como por las letales carencias que acarrea sobre sus espaldas el caótico Real Zaragoza construido por Agapito Iglesias, Pedro Herrera y Antonio Prieto en el último mercado de fichajes, allá por los meses de verano.

Al final del lance, que significó un suplicio para los zaragocistas de dentro y fuera del campo, el Submarino Amarillo marcó tres goles. Pero dejó la sensación generalizada de que, si hubiese querido o necesitado, podría haber hecho otros tantos sin dificultad alguna. El suyo fue un dominio aplastante de principio a fin, con un gobierno de la situación propio de un bloque que juega de oído y habita estratos muy superiores a los que, en estos momentos, malvive el desfigurado Zaragoza del debutante Aguirre.

No fue un partido de Primera División. Realmente, sobre el campo solo hubo un equipo de ese nivel, el visitante. El fútbol delató a unos y otros. De cabo a rabo. Los de amarillo tocaban, se movían, controlaban el balón, dibujaban líneas de pase, engendraban apoyos constantes al conductor de la pelota. Digamos que jugaban con naturalidad a esto del balompié. Enfrente, los de blanco y azul, no eran capaces de copiar nada de todo lo citado. Lentitud, ausencia de conceptos colectivos, nula imaginación con el balón en los pies, ni un solo gesto táctico en favor de una ayuda a quien, momentáneamente, recuperaba una pelota. En fin, lo peor. Y, lo más importante, lo citado al principio de esta reseña: de cara a la portería adversaria, los amarillos chutaban con cañones. Los blanquillos, con tirachinas. Hombres contra niños. Adultos contra cadetes. Esa impresión flotante en el ambiente de que, los de Garrido, en el momento que acelerasen un poco sus ansias, iban a aumentar su cuenta de goles; mientras que, los de Aguirre podrían haber estado seis horas intentando batir a Diego López sin encontrar modo o manera de hallar el éxito en su encomienda.

Un cuarto de hora le duró el Zaragoza al Villarreal. En el minuto 17, el partido estaba liquidado como tal. Además de ese obús ya citado de Senna, que abrió el marcador, Cazorla anotó el segundo en una cantada de Leo Franco que se comió un centro-chut del internacional español de manera lacerante, sobre todo para él, que no tiene demasiada suerte cuando juega en La Romareda (ayer volvía después de casi dos meses).

De repente, sin espacio para la réplica blanquilla, el Villarreal tenía sentenciado el choque. Gonzalo había podido marcar de cabeza a la salida de un córner con anterioridad a los dos tantos y, después, el activo Cazorla falló otro par de dianas con todo a favor (una dio en Contini y la otra se le marchó fuera). Olía a repetición de aquel desastre frente al Málaga porque los jugadores locales deambulaban por el campo como almas en pena.

Por fortuna, y como ya sucedió el día del Barcelona, el Villarreal no vino con intención de hacer demasiada sangre de su famélico adversario. Durante muchísimos minutos del duelo, el cerebro del espectador se trasladó a aquel partido ante los culés de hace mes y medio. El Villarreal es, con total seguridad, el equipo que más se aproxima hoy en día al método futbolístico de los barcelonistas y ayer dio una lección de ello.

Con el 0-2 a favor en un abrir y cerrar de ojos, el control del balón fue aplastante por parte de los de Castellón. Gustándose, apabullando a unos rivales zaragocistas que iban de lado a lado como dominguillos persiguiendo balones y rivales sabiendo que las posibilidades de éxito eran escasísimas en cada asalto puntual a lo largo y ancho del campo. Mientras que el 0-3 pudo llegar en varias jugadas en el área de Franco, nunca se vislumbró cercano el 1-2 que metiese al Zaragoza en el partido.

Como el Barça en su día, el Villarreal mató y ató el triunfo con una solvencia magistral encabezada por el poderío técnico de Cani -maduro y con galones-, Cazorla, Nilmar y Rossi, un cuarteto ofensivo de primerísimo nivel. Mientras, Senna y Bruno se merendaban una y otra vez a Gabi, Edmilson, Jorge López y compañía a base de desplazamientos largos, diagonales en todos los sentidos, siempre con la seguridad de encontrar destinatario de confianza. Garrido no puso banderillas negras a los suyos, dosificando fuerzas como hacen todos los equipos que siguen vivos en Europa y en la Copa del Rey. Menos mal.

Tras el descanso, esta vez no hubo reacción racial de los blanquillos. Eso sí se echó en falta respecto de los partidos con Gay. El equipo siguió muerto pese al intermedio. Braulio había suplido ya al lesionado Sinama-Pongolle y Ander Herrera entró por Jorge López al poco de nacer la segunda mitad. Dio igual. Ayer no había resortes capaces de cambiarle las coordenadas de navegación a un superequipo como es el Villarreal.

Y, justo cuando a Aguirre se le ocurrió jugársela a doble o nada por si sonaba la flauta, quitando a Edmilson para dar entrada a otro ariete,-Marco Pérez-, llegó la expulsión del ido Contini y el cuento se acabó se súbito. Ver a Lafita jugar media hora de defensa lateral derecho fue el colofón que mostró lo que es hoy en día el Zaragoza: una nave a la deriva.

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