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COPA DEL REY

Plano y previsible

Lafita sigue con su mirada su remate en plancha que dio el gol al Real Zaragoza
Plano y previsible
JUAN CARLOS ARCOS

De anoche se esperaban varias nuevas buenas acerca del Real Zaragoza. La primera: que el torneo de Copa es la competición por antonomasia del conjunto aragonés, como responde a su historia y mayores éxitos, y que en estas lides se iba a reencontrar consigo mismo. La segunda: que el equipo se había recuperado del aturdimiento colectivo que supuso el paso por el Camp Nou. Pero ni se vio al alegre Zaragoza copero ni aparecieron mejorías de fondo convincentes respecto a lo sucedido en la Ciudad Condal. Ambas cuestiones quedaron pendientes para otro día. El equipo las instaló en un terreno de duda, de titubeo, acaso en una zona de nadie, a la espera de que el fútbol aporte pruebas más concluyentes de hacia dónde se dirige. Marcelino negó que haya alguna crisis. A su juicio, tal sustantivo todavía no describe una realidad. En todo caso, el empate registrado ante el Málaga, como a nadie se le escapa, deja la eliminatoria copera con un sesgo favorable al conjunto andaluz. Se presume que en La Rosaleda contará con más elementos a su favor. Deviene el razonamiento de la lógica más contrastada en situaciones de este tipo. Si el Zaragoza no eleva allí sus vigentes prestaciones, puede dar por sentado que no avanzará más allá de su primera incursión en este torneo.

El tempranero gol de Ángel Lafita pintó de esperanza el encuentro por unos momentos. Entonces dio la impresión de que el conjunto de Marcelino iba a gobernar sobre la situación y sobre sus propias tribulaciones con mando sereno y fuerte, como si los decaimientos anteriores hubieran sido accidentes. Pero eso sólo fue una suposición, una sensación pasajera o un deseo bienintencionado. El discurrir de la contienda no abundó en las primeras virtudes expuestas: velocidad en el manejo del balón, profundidad por la banda de Pennant y remate arriba, donde aparecieron Ewerthon y Lafita, quienes de entrada dieron más presencia y poderío a la vanguardia. El equipo padecía un desequilibrio estructural. En las primeras fases estuvo focalizado, sujeto en unos límites más o menos aceptables. Ayudó a ello el gol anotado, tanto que acusó la escuadra entrenada por López Muñiz. Pero la laguna se extendió conforme avanzó el tiempo y terminó por provocar un daño mayor, de alcance generalizado.

Hecha la excepción de Helenio Herrera, en todos los manuales se lee que en Primera División es asunto prohibido regalar piezas a algún rival. Es una teoría tan relativa como la teoría de la relatividad. Hacerlo supone una temeridad. Cuando se es un recién ascendido a la categoría, los riesgos todavía son mayores. Aumentan exponencialmente. Pero entregas se hicieron frente al conjunto de Pep Guardiola, con las consecuencias sabidas, y regalos se volvieron a efectuar ayer, para provecho del conjunto malacitano, el más débil de Primera, según reza la clasificación. La escasa entidad del rival no los denunció de modo tan llamativo como hace cuatro días. Mas allí estuvieron. Por acometer la lectura en positivo con un caso, tómese a modo de ejemplo la actuación de Javier López Vallejo. El concurso del guardameta navarro evitó perjuicios de calado mayor. Paró y paró. Dijo bien claro quién es y en qué nivel de rendimiento se encuentra. Si La Romareda coreó su nombre no fue por un afán gratuito. El otro lado de la moneda no es preciso destaparlo para verlo. Sus intervenciones revelaban, además, que el control del partido lo había tomado el Málaga y que la creación partía de Apoño y Benachour, que no tenían más que levantar la cabeza para desplazar el balón según conveniencia, en largo o en corto, a la derecha o a la izquierda, en vertical o en horizontal.

Silbado y criticado por La Romareda, Delgado Ferreiro, el colegiado del partido, se convirtió en cierto momento en el mejor defensa aragonés. No vio un claro penalti de Laguardia a Edinho, a quien impidió llegar a un balón que sólo tenía que empujar. El Málaga siguió porfiando por una suerte mejor y la encontró algo más adelante. La mano de Leo Ponzio dentro del área ya no la pudo salvar. La vio y se la advirtió también el linier, después de que el veterano Albert Luque desnudara a Pablo Amo. El balón se fue al punto de los once metros. Apoño halló el modo de superar a López Vallejo. Con temple y frialdad lo engañó. Lo mandó en vuelto al otro poste. Con esa igualdad quedó cerrado el primer acto de la eliminatoria de Copa. Por el contrario, siguen abiertos muchos otros debates.

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