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Marta Frías, la reina del silbato

Marta Frías, con los aperos de trabajo.
Marta Frías, la reina del silbato
carlos moncín

Zaragoza. Lejos queda Mary Wollstonecraft y su obra del siglo XVIII 'Vindicación de los derechos de la mujer'. Por ese tiempo, decenio arriba, decenio abajo, datan el nacimiento del feminismo. Se trataba de sensibilizar con el argumento de que la mujer era oprimida en una sociedad gobernada por el machismo. El movimiento feminista tuvo su origen en Occidente. El avance fue progresivo. En el siglo XX llegó el sufragio universal. En el XXI, Rodríguez Zapatero parió el Ministerio de Igualdad, propiedad ahora alquilada por Bibiana Aído. No procede comparar a Wollstonecraft con Aído. El contraste entre una y otra en el aporte al pensamiento occidental simplemente no ha lugar. La Real Academia de la Lengua, que, además de fijar, limpiar y dar esplendor, plasma con sus actualizaciones la evolución del tiempo, también contempla la palabra árbitra. Del mismo modo que aparecieron las médicas o las jueces, por fin tenemos árbitras. Si de fútbol de categoría nacional hablamos, desde ya mismo Aragón cuenta con una árbitra en el censo del balompié nacional. La reina aragonesa del silbato es Marta Frías.

Cuesta creerlo, pero a la misma chavala que luce una esbelta figura y una preciosa sonrisa la invitan a marcharse a fregar los aficionados de los campos de fútbol de Aragón. No es sencillo ser árbitro, ser juez en un escenario en el que todo el mundo excepto el mismo árbitro es parte. En este ambiente, en este contexto, se ha movido Marta Frías en los últimos años. "No me siento ninguna heroína, pero debo reconocer que le he echado valor. En el fútbol aragonés falta educación, y eso lo sufrimos todos los que luchamos por progresar, porque nuestro fútbol evolucione y mejore. En estos momentos, estoy muy contenta por ser la primera árbitra del Comité Aragonés que alcanza la categoría nacional", se arrancó.

Lamentablemente, en los estratos inferiores del fútbol, el árbitro se contempla como un señor de negro a quien todo el mundo puede poner a parir, pues habitualmente no contesta. En cierto modo, se ve como un ser extraño. Si el árbitro es mujer, mucho más, claro. En verdad, el árbitro no deja de ser un deportista más. "Antes, jugaba al fútbol, pero lo dejé. En 2002, un compañero de trabajo me invitó a presentarme a un cursillo arbitral. En casa, mis padres eran reacios. A mi novio tampoco le gustaba que fuera por los campos y me pusieran verde. Me apunté y al mes ya estaba pitando. Comencé dirigiendo un partido de niños en edad alevín. Muy pronto llegué a la Primera Regional. El siguiente paso fue la Regional Preferente, donde sólo he estado dos temporadas. Ahora, acabo de ascender a Tercera División. Reconozco que he tenido que hacer oídos sordos muchas veces, pero merece la pena", resumió sintéticamente.

La paridad, tan cacareada en estos tiempos, no llega al estamento arbitral. "En Aragón, solo somos siete u ocho árbitras. Ahora acaba de hacer un cursillo otra chica. No es sencillo. Las recompensas son escasas. Económicamente, sólo se ganan 15 euros por pitar un partido de fútbol base. Lo hacemos porque nos gusta, porque nos consideramos y somos deportistas. A veces, sufrimos mucho. Por ejemplo, cuando el año pasado agredieron a mi compañera Mónica Lavilla, una gran árbitra", continuó.

Ahora, cuando se dispone a golpear el picaporte de la elite, Marta intenta mimetirzarse del espíritu que condujo a Cristina Fernández o Anna Cardús a la cima de la Asobal y de la ACB, respectivamente. "En fútbol, mi referente es el árbitro aragonés Carlos Clos. Es muy bueno en todo. Quiero que no suene presuntuoso, pero algún día me gustaría llegar a ser árbitra internacional", concluye la gran transgresora del deporte aragonés.

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