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ANÁLISIS

La orla del desastre

En sus cuatro años como máximo accionista, Agapito Iglesias ha visto marcharse a un presidente, un director general y otro deportivo, seis consejeros y cinco entrenadores. Un nefasto ejercicio de inestabilidad.

La orla del desastre
La orla del desastre

El próximo miércoles se cumplirá el cuarto aniversario de la ascensión de Agapito Iglesias al mando del Real Zaragoza. Una etapa con más sombras que luces en todas las facetas: deportiva, económica y social. Salvo en la primera campaña, la institución ha vivido instalada sobre un volcán enfurecido que se ha cobrado un reguero de víctimas. Presidentes, ejecutivos, consejeros y entrenadores han ardido en esta hoguera a la que Gerhard Poschner ha arrojado el último bidón de gasolina. Abrazar el éxito desde semejante inestabilidad es una quimera.

El portazo dado por el director general todavía retumba en el zaragocismo. Un hecho que debería ser excepcional en un club de fútbol con aspiraciones pero que, lamentablemente, asoma con suicida frecuencia en este Real Zaragoza. Ceses y dimisiones integran el paisaje habitual, como el balón o los goles.

Esta orla del desastre la inauguró Miguel Pardeza, director deportivo que Agapito heredó de Alfonso Soláns Soláns. Tras un ejercicio inicial notable, con la clasificación para la Copa de la UEFA, el onubense abandonó la nave el 21 de mayo de 2008, expiando en solitario las culpas del descenso a Segunda División. Su puesto quedó huérfano hasta que Antonio Prieto fue ascendido en junio de 2009. El destino quiso que, un año después de su marcha, Pardeza fuera 'fichado' por Florentino Pérez para desempeñar idéntico cargo en el Real Madrid.

Sin embargo, el divorcio más estridente lo protagonizó Eduardo Bandrés el 30 de diciembre de 2009. El prestigioso catedrático de Economía Aplicada que abandonó la Consejería de Economía para encabezar el proyecto de gradeza de Agapito Iglesias, dijo basta, hastiado de ejercer de parapeto de una empresa fallida en la que había dejado de creer. Un sueño de niño, alimentado por un zaragocismo militante, que se tornó en una asfixiante pesadilla. Su retorno a las aulas le ha regalado sosiego y paz.

Bandrés marchó de la mano de cinco de los miembros del Consejo de Administración: el vicepresidente Manuel Teruel, los vocales José Luis Melero, Agustín Ubieto y José María Serrano, y el secretario Fernando Zamora. Unos meses antes se había adelantado Juan Fabre.

Agapito apuró los plazos para reconstruir el Consejo con una elección sorprendente: rodearse únicamente de Javier Porquera, director corporativo, y Francisco Checa, secretario general de la entidad.

En el ámbito futbolístico se ha calcado el terremoto. Pedro Herrera y su secretaría técnica permanecen como únicas piedras fijas en el engranaje. El resto ha sufrido los diferentes cambios de dirección del viento desde las alturas. En especial, el banquillo. Seis técnicos han desfilado por esa silla eléctrica instalada en La Romareda. Víctor Fernández fue el primero en la lista de damnificados. Ander Garitano resistió diez días (dos partidos). Javier Irureta huyó despavorido. Manolo Villanova aceptó por amor al escudo una misión abocada al fracaso. Marcelino García Toral guió al colectivo al ascenso a Primera pero cayó víctima de las turbulencias internas. José Aurelio Gay, todavía no confirmado para la próxima temporada, ha sobrevivido admirablemente a las dudas. Puede añadirse el aterrizaje del gallego Ernesto Bello para desplazar de la jefatura de la Ciudad Deportiva y de la cantera a Javier Ruiz de Lazcano, 'Chirri'.

En definitiva, un trasiego infernal y destructivo.

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