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SD Huesca

El Alcoraz supera el debut con nota

Casi 6.500 aficionados apoyaron sin desaliento a los suyos en el primer partido tras las obras. Solo el Rayo pudo borrar la alegría de sentirse de Primera División.

Grada de El Alcoraz durante el partido.
Grada de El Alcoraz durante el partido.
Pablo Segura

La Sociedad Deportiva Huesca y El Alcoraz fueron un solo ser en el estreno de la ciudad en Primera División. En lo bueno y en lo malo. Como el estadio, el equipo de Leo Franco presenta una situación por terminar de definirse. Puede competir con posibilidades de éxito en la máxima categoría pero le faltan cosas. Detalles por pulir en los próximos compromisos. Arreglos aquí y allá, goteras en el corazón y carreras de última hora para que las obras, la del campo y la de la plantilla, lleguen a buen término.

El campo estuvo a punto para albergar una cita esperada durante toda una vida y la afición estuvo muy a la altura. 6.498 almas. Lejos de dejarse llevar por el desánimo, las gradas presentaron siempre batalla a la cruda realidad que les enseñó el Rayo Vallecano. Dos debutantes en la categoría; los madrileños, no tanto. Quizá por ello se condujeron mejor por los terrenos a menudo sin desbrozar que dejó la cálida noche oscense. Sin llegar a pecar de bisoños, los azulgranas sí se sintieron incómodos en un escenario que quizá no contemplaban. La precipitación y las ocasiones marradas se llevaron por delante el atisbo de remontada.

Hay que volver a subrayar el talante de la grada del Alcoraz. La tarde del estreno se mostró muy a la altura, de cinco estrellas Michelin. Soportó con estoicismo las largas colas de acceso, que se sacaron adelante sin inconvenientes de relevancia, y animaron del primer al último resuello de sus futbolistas como si se celebrara el ascenso de nuevo. Como si el Rayo no se hubiera llevado los tres primeros puntos del nuevo campo. Negándose a que la amargura sobrevolase un día precioso. Por ello, en las buenas y en las malas, el calor humano fue el activo más valioso del equipo.

Los aficionados no se rindieron a la evidencia de que los madrileños fueron mejores. Superiores en la primera parte y con el paraguas franjirrojo en la segunda. Agarrados a Raúl de Tomás y a los zambombazos desde fuera del área como el que costó el gol de Imbula a los 28 minutos. El Huesca fue todo corazón, demasiado corazón. La idea futbolística apareció mermada por los problemas físicos que en los días anteriores habían sacudido a Cucho y Gallar.

Quizá achantado por alejarse, a la fuerza, de la idea original que había ofrecido sabrosos réditos en los tres primeros desplazamientos, el Huesca no fue el acostumbrado. Incluso el técnico dejó entrever que quizá se había equivocado con el planteamiento. También, que se trató de una cuestión del acierto goleador que sí se había registrado en las citas de Ipurua y San Mamés. También en el Camp Nou.

No se dejó el Huesca ahogar por los nervios del debut en casa, más herido en su amor propio por no ofrecer a sus aficionados a las primeras de cambio el rendimiento soñado que superado por la presión de dar una buena imagen y agarrar la primera victoria. El Huesca se pareció al de siempre en la fuerza y el empuje y se sintió un habitante privilegiado de la Primera División en el día de la puesta de largo de un campo al que todavía le restan muchas alegrías por celebrar si el equipo se mantiene en estos niveles de amor propio y afina el sentido colectivo del juego.

El estadio, que se seguirá puliendo en las próximas semanas, superó con muy buena nota el examen del primer día. La llegada y salida de los aficionados se desarrolló con normalidad, los servicios funcionaron correctamente y la iluminación abrillantó la Primera División en todo su esplendor. Como el once azulgrana, presenta algunas cuestiones en las que se seguirá trabajando con la tranquilidad de saberse respaldados por la afición. No pudo con ella la decepción de los primeros puntos que volaron del estadio ni se frustró con las oportunidades falladas ni la idea de que la escuadra de Leo Franco sigue buscando la senda recta. Sabe que habrá más tropiezos y que no hay quien pueda con la alegría de jugar en la élite.

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