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Fallece Avelino Chaves, personaje clave en la historia del Real Zaragoza

Futbolista blanquillo en la década de los años 50 del siglo XX, fue pichichi de la liga 54-55 con el Real Zaragoza en Segunda División. Tras retirarse, fue de facto el primer director deportivo del club durante décadas. 

Avelino Chavez
Avelino Chaves
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Avelino Chaves Couto ha muerto. El próximo día 26 de este mes de enero, en apenas unos días, habría cumplido los 90 años, pues nació en enero de 1931. Orensano de Verín, fronterizo con Portugal, primero fue jugador del Real Zaragoza, en la década de los años 50 del siglo XX y, tras afincarse en la capital aragonesa definitivamente, se convirtió en el primer director deportivo de la historia del club (sin ser llamado así jamás, por la inexistencia del cargo hasta la modernidad), una figura imprescindible en la trayectoria de varias décadas del Real Zaragoza en esa faceta de captador de fichajes y arquitecto de plantillas de alto rendimiento.

Chaves fue eje del devenir zaragocista desde 1952 hasta 1996. Su implicación trascendental y, en la mayoría de los casos, decisiva para el buen rendimiento del Real Zaragoza, abarca la enorme horquilla de 44 años por lo tanto. No hay una figura como la suya en los casi 89 años de vida del club, que ha discurrido casi simultáneamente a la del mítico jugador y ejecutivo blanquillo. Y difícilmente, en el futuro, alguien estará en disposición de emular tanto trabajo, tanta tarea de alta relevancia en el día a día de la entidad en distintas facetas profesionales.

Como futbolista, su principal hito particular fue el ser el máximo goleador de la liga, pichichi español, en la temporada 1954-55, en Segunda División, tras anotar 24 goles. Delantero centro del viejo fútbol, también con caída a las bandas por su punta de velocidad, fue un ariete con calidad y mucha potencia física en el área –no era especialmente alto, pero sí fibroso–, militó en el Real Zaragoza entre las campañas 52-53 y la 57-58, seis cursos de los que solo pudo jugar realmente los cuatro primeros. Una grave lesión de rodilla le impidió, pese a sus esfuerzos y los de los médicos de la época, volver a vestirse de corto tras el daño acontecido en la antesala del verano de 1956, cuando Chaves forzó su integridad física en la fase de promocion de ascenso en la que, finalmente, su concurso fue clave para devolver al Real Zaragoza a Primera División. Llevar de nuevo al equipo a la máxima categoría, en donde él lo cogió al ser fichado del Granada, fue objetivo prioritario para él aunque su pierna estuviera en juego. Pese a tener contrato dos temporadas más con el cuadro aragonés, el gallego ya no podría volver a calzarse las botas y dejó el fútbol con apenas 26 años.

Su último partido fue el del ascenso en Mendizorroza en el 56, una de esas fechas emblemáticas en la trayectoria vital del equipo, prolegómenos del afianzamiento del Real Zaragoza en la élite, con la eclosión posterior del equipo de los Magníficos, la construcción de La Romareda y el acceso del club a la nobleza del fútbol español y europeo por méritos propios.

Lo que entonces pareció una tragedia para él y para el Real Zaragoza, su prematura retirada del fútbol activo, acabó siendo el feliz inicio aprontado de una excelente carrera como máximo responsable técnico de la entidad, primero durante más de dos décadas como club y, tras el cambio en el fútbol español en 1991, también en los albores de la Sociedad Anónima Deportiva. Avelino Chaves se vinculó a la arquitectura de las plantillas desde los años 60 (lo contrató Waldo Marco en 1963 con el cargo de asesor técnico) y no dejó de influir en la construcción de los grandes equipos hasta su jubilación, pasada la mitad de los 90, ya con la familia Solans al frente.

Ya tuvo, pues, su influencia en el armazón de los últimos años de los Magníficos. Pero, sobre todo, Chaves se ganó los galones al frente del área deportiva del Real Zaragoza a principios de los 70.

Bajo el rigor de su agenda se armaron los Zaraguayos. Míticas son sus fotografías con Arrúa o Diarte, sus avatares en Paraguay y mil anécdotas de todo tipo para contratar a los sudamericanos, oriundos o no. Él trajo a su paisano Carriega al banquillo, orensano como él –de Allariz– para formar un tándem glorioso, pleno de honradez, solvencia y profesionalidad .

De su mano también giró enseguida el devenir de la modernización del Real Zaragoza a través de entrenadores decisivos como Vujadin Boskov o Leo Beenhakker, en los años que desembocaron en la década de los 80, con futbolistas como Alonso, Señor, Barbas, Valdano, Amarilla, Morgado...un sinfín de aciertos constantes.

Y la guinda que dejó Avelino dentro de su grande, longeva y brillante participación en el día a día del cuadro zaragocista en lo más alto del fútbol español fue la consecución de la Recopa de Europa en 1995, con la Copa del 94 como aperitivo indispensable para que eso sucediera. Entonces, Avelino era ya un respetado sexagenario, un admirado e intocable tótem zaragocista en los despachos. Chaves se convirtió en el padre deportivo del joven Víctor Fernández, entrenador elegido por el club un tiempo antes, al inicio de los 90, con el que conformó un dúo crucial en los banquillos de España y de Europa, pues Avelino ejercía de delegado del equipo y, simultáneamente, de consejero directo de Víctor en la banda de los campos.

Chaves une en la memoria global del zaragocismo sus alegóricas fotos de la llegada de Arrúa a Zaragoza en 1973 o las de 1996, con su gabardina impoluta junto a Víctor Fernández en los estadios de España y del continente europeo. Con él trabajaron, sin chispazos ni roces posibles, otros secretarios técnicos o piezas accesorias en el área deportiva como Rosendo Hernández, Manolo Villanova, Ros Cabeza, Paco Santamaría, Víctor Muñoz o Pedro Herrera.

Este es el adiós a un grande, la sentida despedida a un zaragocista que jamás caerá en el olvido. Su legado es inmenso, dorado, crucial para que el Real Zaragoza alcanzase el cielo tantas veces. Gracias. Descansa en paz, Avelino.

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