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Real Zaragoza

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David Villa, un hércules en La Romareda

El delantero asturiano vivió dos años en el Real Zaragoza, ganó dos títulos, marcó 40 goles y debutó con la selección, sentando los inicios de una carrera histórica en el fútbol español. 

VILLA / PENALTI / REAL ZARAGOZA - REAL SOCIEDAD/ 8-02-04 / FOTO: JUAN CARLOS ARCOS 74AC1695.jpg
Cani y zapater celebran un gol con VIlla en un partido europeo.
JERRY LAMPEN

Dentro de los soportales del mundo del fútbol, se refugia la historia de que a Pep Guardiola, más que los goles y un remate despiadado, de David Villa le sedujo el puñal que escondía cuando el fútbol lo atraía a la banda izquierda. El juego del Guaje solía inflamarse en ese sector, y el legendario entrenador catalán pensó en él en clave táctica mientras diseñaba la luminosa maquinaria colectiva que sublimó en el Barça: no es que quisiera sus goles, quería su inteligencia. Esos movimientos que tanto distinguieron a Villa en su carrera -coger la pelota en la izquierda, endiablarla, volar en diagonal hacia la portería, picar el espacio en profundidad...- comenzaron a gestarse sobre el césped de La Romareda en las dos temporadas en las que joven asturiano sentó las bases de su mito y le dijo al fútbol español quién era y lo que iba a ser.

Anunciada su retirada, el punto final, camino de sus 38 años, en el lejano Japón, la nostalgia nos conduce a esos orígenes de Villa en el Real Zaragoza. Fueron solo dos años, como otros tantos delanteros de su estirpe en La Romareda, de paso breve, impactante y revelador; pero su huella permanece fijada en la memoria de todos. Llegó a Zaragoza después de cumplir su sueño de niño de jugar en el Sporting. Lo hizo en Segunda y, precisamente, en un partido contra los aragoneses, aquí en La Romareda, dejó un gol y una actuación de delantero inquieto, indetectable y furioso que avanzó lo que venía. Pedro Herrera, entonces secretario técnico, vivía enamorado de él. Su olfato esta vez no falló. Tampoco a Miguel Pardeza, director deportivo. Negociaron el traspaso y Villa, de 22 años, por 2,7 millones de euros, sería la promesa goleadora del Real Zaragoza en su regreso a Primera de la mano de Paco Flores en 2003.

Villa había cumplido el sueño de jugar en el Sporting, pero aún le faltaba otro: hacerlo con Juanele, uno de sus ídolos de la infancia. El fútbol quiso pagar esa deuda en Zaragoza y los reunió en la temporada en la que Paco Flores tenía encarcelado el duende travieso de Juanele. Ambos, en cierto modo, eran chicos de pueblo, asturianos, educados en la picardía y la supervivencia. El fútbol de ambos lo decía. Memorable es la celebración, meses después, de la Copa del Rey en Montujic, cuando compartieron minutos bailando sobre la tumba del Real Madrid de los Galácticos y se envolvieron con la azulada bandera de Asturias.

Hasta llegar a ese punto, David Villa debió pisar muchos charcos. Le costó marcar sus primeros goles, y en Zaragoza eso es sinónimo de impaciencia, juicios sumarios y desesperación. También debió gestionar las acusaciones de egoísta con la pelota, cuestión que incluso se infiltró en el vestuario del equipo y generó delicados pulsos con compañeros, como Galletti. Pero Villa, como ha hecho en su carrera, fue venciendo obstáculos y dejando tardes memorables en sus dos temporadas en el Zaragoza. Esa tenacidad le distinguió como un futbolista ultracompetitivo, voluntarioso y hambriento, valores que explican que, prácticamente, durante más de una década fuera constante y regular, pieza clave en sus equipos, en los que en todos ganó: Copa del Rey y Supercopa en el Zaragoza, Copa del Rey en el Valencia, Liga, Champions, Copa, Supercopas, Mundialito de clubes en el Barcelona, otra Liga en el Atlético… Y cómo no: Copa del Mundo y Eurocopa de 2008 con la selección española, de la que es máximo goleador histórico y delantero referencial: el 7 de España. Solo una lesión le apartó de una segunda Eurocopa.

En esa trayectoria perseverante influyeron sus códigos familiares. De su padre, Mel, quien le acompañaba en todos los entrenamientos de la Ciudad Deportiva del Real Zaragoza con su cordial bigote, heredó el denuedo y los sacrificios de los mineros. Había sido picador en el Pozo Mosquitera de Tuilla, su pueblo, cerca de Langreo, donde David comenzó a jugar y donde se rompió un fémur que casi le cuesta una cojera. A Zaragoza, llegó ya casado, con Patricia, su novia de la escuela, de toda la vida.

Siempre, desde esos primeros días en la capital aragonesa, exhibió rabia en su fútbol Villa, configurado a sí mismo como un delantero con todas las letras y todos los prismas, quizá, el más completo de la historia del fútbol español. Mezcló talento, frialdad en el remate, astucia en los movimientos, autosuficiencia en el ataque, velocidad en los tramos cortos, un disparo lejano de mortero, intuición en el área, buen pie en la asociación… ambidiestro, infalible en los penaltis, tirador del faltas, cabeceador de bolsillo… Tenía sangre en la mirada. Por eso, Villa se adaptó a tantos equipos y a tantos estilos, y por eso los equipos, empezando por la selección, debieron comprenderle también a él.

En el Zaragoza, su crecimiento imparable lo fue acercando al escaparate, y el Valencia no dudó en pagar 12 millones de euros por él, su cláusula de rescisión, al finalizar la temporada 2004-2005. Había dejado tardes gloriosas en el conjunto aragonés, como sus cuatro goles al Sevilla, su penalti victorioso en el Camp Nou en los cuartos de final de Copa, su sociedad de demonios con Savio en el perfil izquierdo...

En el Zaragoza marcó 32 goles en liga, 4 en Copa del Rey y 3 en Copa de la UEFA en un total de 92 partidos oficiales. Ganó la Copa del Rey en un conjunto recién ascendido de Primera al Real Madrid y la Supercopa de España al Valencia. Y debutó con la selección: en febrero de 2005, contra San Marino. Sería con esa camiseta roja con la que agrandaría su leyenda hasta el infinito. En el anuncio de su retirada, a 10.000 kilómetros, no ha dudado en recordar al Real Zaragoza. Siempre le ha dedicado cariño y respeto. Nunca, al contrario que otros, renegó de esa escala humilde en una carrera de oro y platino. La honra, como su cercanía y sencillez, siempre fue una de sus firmas. Villa ya es historia, de España y del Real Zaragoza. 

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