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Real Zaragoza

La Romareda, de principio a fin con los suyos

A pesar del varapalo, la afición no bajó los brazos y apoyó en todo momento a sus jugadores.

La Romareda presentó una gran acogida.
La Romareda presentó una gran acogida.
OLIVER DUCH

El público apuró hasta el último momento para acceder a las gradas, pero el estadio acabó presentando un fantástico aspecto. El mejor hasta la fecha en esta campaña. Más de 20.000 espectadores se dieron cita en la que era vista como la primera de las finales hacia el sueño de Primera. Con el sonido del himno comenzaba a respirarse el ambiente de las grandes ocasiones. Bufandas al viento y olla a presión para recibir a los jugadores. Los primeros minutos iban a estar marcados por la intensidad que La Romareda fue capaz de inyectar a sus jugadores.

El zaragocismo creía y con motivos, merced a uno de los mejores arranques de la temporada. Se protestaba cada una de las acciones polémicas del colegiado, que fueron muchas. Era un encuentro de tú a tú en el que los de Popovic encontraban en su afición a su mejor aliado, hasta que llegó el gol. El gol de Mata, tras un fallo de Whalley sentó como un jarro de agua fría en la grada. Los jugadores se encargaban de reclamar el apoyo de los graderios, y este no tardó en llegar, pero de un modo diferente.

La Romareda, helada, trató de recomponerse y hacer lo propio con los blanquillos, pero con la injusticia de trasfondo. El Zaragoza había tenido cuatro o cinco ocasiones muy claras y costaba asumir el duro revés en la primera llegada de los catalanes. La grada jaleó e intentó que todo quedase en un bache. El equipo respondió y se vino arriba en los últimos minutos de la primera mitad. El árbitro concentró gran parte de la rabia contenida, hasta que llegó un segundo golpe. El llamado gol psicológico. 0-2 en un córner al borde del descanso, tímidos aplausos para los jugadores locales y pitada al colegiado.

En el arranque de la segunda mitad, la grada buscó de nuevo transmitir las mismas sensaciones que en el arranque, pero ya nunca más sería lo mismo. No porque la gente no estuviera con el equipo, sino por la crudeza del resultado. Más aún cuando Mata, en un nuevo golpe, instaló, ineludiblemente, el ambiente de despedida. Se arengaba. Se animaba. Pero pocos confiaban en la remontada. Eran gritos de agradecimiento a un esfuerzo y a una primera parte que invitó a soñar. Y en ese tónica se siguió hasta el final, cuando los futbolistas fueron despedidos con la ovación de quien se deja todo sobre el terreno de juego y en lugar de recompensa obtiene un duro castigo. Un 0-3 que da muy pocas opciones de seguir soñando.

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