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DIARIO DEL MUNDIAL

El mejor equipo, el mejor rival, el mejor partido

Del Bosque tenía una arma secreta, Pedro Rodríguez, y su selección bordó el fútbol: culmina una utopía con un partido inolvidable.

VICENTE del Bosque, el hombre tranquilo, no creyó en la profecía del pulpo y decidió aplicar la inteligencia. Había hecho creer a todos que jugaría, de nuevo, Fernando Torres e hizo un cambio estratégico: dio entrada a Pedro Rodríguez, lo colocó entre líneas, y desplazó a Iniesta a su lugar natural en la izquierda. España salió así dispuesta a arrollar.

Alemania cedió terreno, colocó hasta ocho o nueve hombres por detrás del balón y se situó, con sus torres y sus poderosos medios Khedira y Schweinsteiger, a la espera. Como un equipo agazapado que presume que tendrá su momento. España impartió una lección inicial apabullante de dominio, de combinación y control: el balón seguía el dictado de las botas de Xavi. El ataque germánico moría en las botas de Busquets, inmenso una noche más, y el juego se esclarecía una y otra vez por las bandas. Como en él es habitual, Sergio Ramos mostró su poderío en defensa y en ataque. Y Pedrito era como la piedra angular, ese faro móvil que encuentra Xavi, el reposo para el toque de Xabi Alonso, el cómplice que busca Villa. Pedrito era como un imán con su insolencia juvenil: desconoce el pánico o el exceso de responsabilidad. Villa lo buscaba y lo encontraba, porque el canario exhibió tanto desparpajo que los mejores regates fueron los suyos.

El porcentaje de posesión no dejaba lugar a la duda: España era la reina del balón. Lo tenía; si lo cedía un segundo o dos, lo recuperaba de inmediato: tejía su juego más primoroso, y los alemanes -un equipo noble, honesto, que jamás renunció a nada- intentaban contener la precisión, la elegancia, esa caligrafía impecable del tuya-mía que apenas yerra. España jugaba como había soñado Del Bosque. España avasallaba como había temido Joachim Löw, un preparador muy inteligente y humilde que siempre tuvo clara su estrategia: el contragolpe, el envío del balón a Klose y los culebreos de Özil; el jovencísimo zurdo, en uno de sus despliegues con el 'jabulani' cosido a la bota, casi fabrica un penalti.

No es que Alemania se transformase exactamente en un equipo defensivo o amarrón. Su táctica más constante es esa: contiene, cierra espacios, alza el muro, se adueña del balón y se encomienda al contraataque. Así fulminó a Inglaterra y a Argentina. El choque era intenso, nervioso, pero a la vez limpio, deportivo, de dos grandes bloques, cuyas estéticas se revelaban diferentes y acaso antagonistas. Alemania comprobaba que no poseía la calidad individual de los españoles, y estos empezaban a notar el poderío físico de los germanos. Eso sí, ante la paciente inventiva de sus adversarios, Schweinsteiger se encontraba sin argumentos, aunque no languidecía. Siempre halla oxígeno. Es puro corazón.

A España le salía casi todo salvo el gol: encendió el campo de volcanes. Llameaba la inspiración. Y Alemania se estremecía del susto. La segunda parte tuvo veinte minutos absolutamente maravillosos. España entraba por todas partes y lo hacía armoniosamente: con jugadas elaboradas como miniaturas de futbolín, con disparos lejanos, con avances desde las bandas. El equipo alemán parecía fundido, a punto de entregarse. Sin embargo, y de ahí deriva su grandeza y la majestuosidad del partido de anoche, los teutones consiguieron engancharse a la semifinal debido a tres factores: España no había marcado, y todo era posible en una semifinal de signo claramente épico, su carácter ganador y a su condición física.

Después de una exhibición deslumbrante, dio la sensación de que el conjunto de Del Bosque se había desfondado. Los indicios eran levemente alarmantes: Iniesta cedía balones fáciles, Pedrito había perdido frescura y profundidad, Xabi Alonso se había cansado de disparar y disparar sin suerte, Villa parecía exangüe.

En ese instante, cuando las sombras se cernían sobre el conjunto español y Del Bosque no se atrevía con los cambios, Xavi Hernández lanzó un córner desde la izquierda, y ahí, como un toro o como un tigre desmelenado, irrumpió Puyol en tierra de gigantes. Golazo. Si España había resistido los contragolpes, con un Casillas oportuno por arriba y por abajo, que había recobrado sus espléndidos reflejos, el equipo encontró nuevos valladares en Busquets, Piqué y Puyol, que defendieron con seriedad, firmeza y rabia. Pedrito pudo marcar el gol de la tranquilidad, pero quizá se arriesgase en exceso.

Aún así, mientras llegaban las oleadas germánicas, España fabricó nuevas ocasiones. Y con Silva de nuevo en el campo, rehabilitado al fin, listo y técnico, España culminó su sueño y un hito: accede a la final con su mejor juego, ante el mejor rival y en el mejor partido del campeonato hasta ahora. Del Bosque, el caballero inmutable del fútbol, había vuelto a triunfar.

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