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REAL ZARAGOZA

Agapito, a pie de obra

El presidente del Real Zaragoza llegó el primero y se fue el último de la Ciudad Deportiva. En soledad, observó el trabajo del equipo y habló con los jugadores en la caseta.

Agapito, a pie de obra
Agapito, a pie de obra
FOTOS : TONI GALáN/A PHOTO AGENCY

Agapito está que no vive. Ayer lo demostró en la Ciudad Deportiva en un viernes que, por otra parte, era un día ordinario para el equipo, justo antes de un fin de semana sin competición y con dos días de asueto y desconexión total de sus componentes.El empresario soriano está obsesionado con el Real Zaragoza. Absolutamente embebido en la hostil situación que atraviesa como máximo responsable de la SAD. Entregado por completo a la imposible tarea de reconducir el descarrilamiento financiero, deportivo y moral que se atisba desde hace días y que, en el último mes, se le ha venido encima como una ola gigante, como un tsunami imparable.

Por eso, Iglesias no dudó en madrugar y presentarse antes de las 9.30 a desayunar en la cafetería de la Ciudad Deportiva. Allí coincidió con varios jugadores y provocó que corriera como la pólvora su presencia en el entrenamiento. Cuando Gay y sus ayudantes saltaron al césped a las 10.00 para comenzar el suave trabajo de tan secundaria jornada, además de los periodistas más madrugadores, solo había un espectador de excepción tras la verja del pasillo de vestuarios: el presidente y máximo accionista del club, Agapito.

El dirigente miró sin cesar las evoluciones de jugadores y técnicos, con gesto serio, pensativo, cual supervisor implacable de cualquier cadena de montaje. En su cabeza solo parece retumbar un lema: "Real Zaragoza, Real Zaragoza, Real Zaragoza". Agapito está sumergido en su problema, el más grave problema que, seguramente, ha padecido en su vida profesional.

Desde el inicio del ensayo, el doctor Jesús Villanueva y el delegado Juan Morgado pululaban como es costumbre por los extramuros del campo. Agapito los obvió y se fue a una esquina. A las 10.15 llegó Antonio Prieto, el todavía director deportivo de la entidad. Cinco minutos después lo hizo Luis Carlos Cuartero, el relaciones públicas. Ambos hicieron grupo con Villanueva y Morgado. Agapito permaneció solo a 30 metros de la puerta de la caseta. Un saludo a distancia, frío y con buenas dosis de postizo, fue lo único que se cruzó entre el accionista y los demás.

A las 10.50 llegó el único que faltaba: el secretario técnico, Pedro Herrera. El vasco también se sumó al grupo mayoritario pero, enseguida, provocó una aproximación conjunta al sitio donde se hallaba aislado Agapito. Fue curioso observar el desplazamiento al unísono de todos los empleados rumbo a la ubicación de Iglesias. Al llegar a él, se entabló una breve charla que Agapito zanjó en menos de un minuto. Allí dejó a los demás y de-sandó lo andado tiempo antes para volverse a ir a la otra punta. No quería saber nada de nadie y cualquiera de sus habituales consejeros le molestaba. Se lo dejó bien claro con su actitud en un par de momentos de la mañana.

Agapito habló puntualmente con algunos futbolistas cuando se acercaron a su posición fruto del movimiento del balón o de alguna carrera. O, como en el caso de Ander Herrera, cuando el canterano salía de la sala de masajes junto al recuperador Míchel Román. También provocó una llamativa conversación con Gay de lado a lado de los alambres. Pero con Prieto, Herrera y los demás miembros del 'staff' blanquillo, el contacto se limitó a lo justo. Casi nada.

Al finalizar el trabajo, comenzó la disgregación de todo el mundo. Agapito esperó unos minutos y advirtió de su presencia en el vestuario para disertar brevemente a la plantilla. Nada dijo que no estuviera en el guión de una mañana a pie de obra. Pidió compromiso. Instó a que todo el mundo acometa lo que viene con tranquilidad, sin caer en la desesperación. Y otorgó confianza, tanto al cuerpo técnico -reiterando lo dicho en la estruendosa rueda de prensa del miércoles- como al abrumado plantel.

Quizá su discurso fuera ayer lo de menos. Para muchos de los protagonistas de esta película de miedo, los que se visten de corto, lo que más a fuego quedó grabado en su cerebro fue la presencia inmutable de Agapito durante cuatro horas detrás de una portería y en el corredor de las casetas. El soriano, cuando muera, lo quiere hacer con las botas puestas. O como en El Álamo.

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