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José Ángel Zalba, el dirigente que supo ser un galán

Presidió el Real Zaragoza durante once temporadas: modernizó el club, presidió formaciones inolvidables como los Zaraguayos y forjó la Quinta de París

1974. José Ángel Zalba le entrega a Pelé una estatua de la Virgen del Pilar.
1974. José Ángel Zalba le entrega a Pelé una estatua de la Virgen del Pilar.
Burgos/Misis/Heraldo.

El Real Zaragoza deslumbró al país, casi como en los días de gloria de los Magníficos, con el equipo de los Zaraguayos, que fue un invento conjunto de Luis Cid Carriega y de José Ángel Zalba (Biota, Zaragoza, 1942-Zaragoza, 2022). Aquel era un entrenador meticuloso y paternal que veneraba el fútbol de ataque; Zalba era un joven osado, con personalidad, carismático, con madera de actor. Iba siempre impecable, le sentaba de maravilla el traje, más bien gris o claro, por lo regular, y no perdía la sonrisa. Era un hombre seguro de sí mismo y tenía, en este juego complejo donde manda el ingreso del balón en las redes, algo de visionario.

Con sutileza y pasión, entregado y confiado en su encanto, Zalba tomó al equipo en Segunda División en la temporada 1971 y lo abandonaría en Segunda de nuevo en 1977. El gran equipo de Manolo González, Violeta, Planas, García Castany y Arrúa, etc., después de la venta de Diarte, había caído en el foso; eso sí, gracias a la oscura eficacia de Arsenio Iglesias, el 23 de abril de 1978 comenzaba una nueva vida para el club con Gil Lecha de presidente.

Seguramente en su adiós, y cada vez que volvía la vista atrás, José Ángel Zalba siempre se encontraba con una porción de felicidad y con muchas tardes y noches de buen fútbol. Como se ha recordado semanas atrás, con la muerte de Pablo García Castany, quizá el artista más refinado del equipo, aquel Real Zaragoza logró muchos éxitos aunque ningún título. De entrada, se dio un clima de convivencia, de alegría y de ambición. El Real Zaragoza fue tercero en la campaña de 1973-1974, el año de Johan Cruyff; fue segundo en la siguiente, que ganó el Real Madrid; los blanquillos en un partido legendario, del 30 de abril de 1975, golearon a los merengues por 6-1. El club, en 1976, jugó la final de la Copa del Rey ante el Atlético de Madrid: Gárate, de cabeza, impidió que los Zaraguayos triunfasen.

Le gustaba contar que había acompañado a Pelé al Pilar en 1974 y que le había regalado una escultura de plata que, años después, el jugador subastaría. Zalba lo tomó con ternura y quizá con su particular y estruendoso sentido de la ironía

En La Romareda, ese espacio donde el fútbol en los 60, los 70, los 80 y los 90 tenía melodía propia de belleza y fantasía, Zalba lo vivió en carne propia y desde el palco. Allá donde iba, no pasaba inadvertido: ni por la calidad del equipo, que aunaba también talento y nobleza, ni por su propia estampa de galán. Fue atrevido y ambicioso, y por eso hizo lo que hizo. Era uno de esos seres con agudeza, descaro e ingenio que se habían hecho a sí mismos. Poseía capacidad de seducción, amabilidad, cultivaba la empatía y se manejaba como nadie –aprendió poco a poco– en los laberintos del poder y supo situar bien al club en los despachos federativos.

Sus méritos ahí están y son incuestionables. Ocupó puestos no solo en el Zaragoza y en el fútbol español, y tuvo la gallardía de volver a presentarse a presidente, y dirigió cuatro temporadas más el club de su vida. Se fue por la creación de las sociedades anónimas, pero nunca dejó de ser forofo e incluso muy crítico. A él se le debe, entre otras cosas, la contratación de Radomir Antic y la llegada de Víctor Fernández. Se marchó en 1992, pero dejó en el club, en el banquillo y en el ánimo de la afición una semilla de futuro: tras la eliminatoria épica contra el Murcia en 1991, nacería la Quinta de París, que hallaría ante Seaman un lugar en la cumbre con el gol del siglo de Nayim.

Modernizó la institución, fue su dirigente más joven (con 29 años) y creó la Ciudad Deportiva. Asumió, además, proyectos taurinos. Le gustaba contar que había acompañado a Pelé al Pilar en 1974 y que le había regalado una escultura de plata que, años después, el jugador subastaría. Zalba lo tomó con ternura y quizá con su particular y estruendoso sentido de la ironía.

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